
En sus años de madurez artística, Jaime Andrade Moscoso decidió experimentar con el hierro. Con este material creó piezas a las que él cariñosamente llamaba ‘juguetes’.
Canicas y piedras
Pregunta de examen. ¿Con qué materiales crearía sus propios juguetes? Es seguro que Jaime Andrade Moscoso (1913-1990) hubiese respondido en un santiamén: con hierro, canicas, papel brillante, cartulinas de colores, lanas, corchos, espejos...
Si se está preguntando cómo se verían esos juguetes, lo invitamos a dar una vuelta por el Centro Cultural Metropolitano (CCM). Allí, como parte de la exposición ‘La modernidad en movimiento’, se exhiben las esculturas de Andrade Moscoso.
Hay piezas que cuelgan del techo y otras que reposan en bases que están en la sala que Susan Rocha y Ana Rosa Valdez, curadoras de la muestra, decidieron llamar ‘Constelaciones’; como la obra que Andrade Moscoso creó en 1980, con láminas de hierro policromado y canicas de vidrio.
No importa qué edad tenga, ver esas canicas incrustadas entre las láminas de hierro de colores lo llevará de vuelta al parque de su infancia o al patio de su escuela. Ahí está usted, ahí estamos nosotros, intentando lo mismo: ganar esa hermosa canica que parece un hobo de colores, que anhelamos llevar a casa como trofeo.

Solo entonces, frente a esas esculturas, se dará cuenta, nos daremos cuenta, que las exploraciones artísticas de Andrade Moscoso activan la memoria; que esos juguetes y objetos que aparecieron en nuestra infancia nunca se fueron del todo y que verlos, no importa en qué contexto, emociona.
Y así como hay canicas, también hay piedras. Hay grandotas, como las de la escultura ‘Chota’ (1979) o ‘Chota II’ (1985) y otras más pequeñas, como las de la serie ‘Composición’. Son piedras que este artista recolectó de ríos de todo el país y que intentó elevarlas al cielo. Rocha cuenta que Andrade Moscoso las llamaba 'estrellas náufragas'.
“Su decisión de experimentar con las piedras de río o con las canicas de vidrio cuando ya era un artista consagrado -agrega Rocha- muestra su afán de volver a reconciliarse con esa capacidad creativa que tenemos cuando somos niños”.
Y de nuevo, ahí está usted, y ahí estamos nosotros viendo esas obras de arte y pensando en qué momento de la vida se perdió esa botella llena de canicas que atesorábamos, así como Frodo Bolsón custodia su amado anillo.
Segundos después, usted, nosotros, entendemos que el arte no siempre es algo lejano e indescifrable sino que también puede sentirse cercano, que es un detonante de añoranzas y recuerdos y que ahora mismo con eso basta.
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Murales
Lo que también se exhibe en ‘La modernidad en movimiento’ son bocetos, fotografías y gigantografías de otra de las pasiones artísticas de Andrade Moscoso, los murales.
Junto a una de esas gigantografías se lee: Mural ‘El esfuerzo’. En una de las esquinas de esta reproducción, aparece un joven mirando con orgullo a su creación. El chico es Jaime Andrade Moscoso a los 19 años y el mural es la pieza con la que se graduó de la Escuela de Bellas Artes, en 1932.
¿Quizás se pregunte por qué un mural y no una escultura o una pintura? La respuesta es sencilla. Por esa época, el muralismo latinoamericano vivía sus años dorados.
El proyecto político-cultural impulsado por José Vasconcelos desde México no solo contagió a sus paisanos, entre ellos David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y Diego Rivera sino a toda una generación de artistas de la región.

Por esos años, la consigna era que no había espacio para "el arte por el arte". En una de las paredes de la muestra, las curadoras decidieron incluir esta frase de Andrade Moscoso:
“El arte por el arte es posible cuando se ha solucionado problemas de organización, cuando hay algo estructurado, cuando épocas anteriores han cumplido un programa. El artista no puede encerrarse en su mundo, sordo a los gritos demasiado claros que demandan la acción efectiva para la liberación del hombre…”.
Y Andrade Moscoso no se encerró en su mundo sino que decidió salir y mostrar su arte en espacios públicos y privados. De ese ejercicio son ‘La Historia de la Humanidad, (Universidad Central); ‘Danzantes’, (Hotel Colón); o el mural del Salón de la Ciudad.

Rocha levanta la voz. Explica que muchos de los murales de Andrade no tienen los cuidados de conservación necesarios y que, en ese contexto, los visitantes de la muestra pueden firmar voluntariamente una petición que busca que el legado de este artista pueda ser visto y disfrutado por las generaciones venideras.
Pero hay más. Si sube al segundo piso del CCM, se encontrará con una sala donde hay esculturas con cuerpos de todos los tamaños y formas entregados al abrazo. Sí, ese gesto cotidiano que muchas veces abriga y sostiene.

