De no ser por la timidez, Servio Zapata no sería pintor. El artista, nacido en Zaruma hace 55 años, atribuye a ese rasgo de su personalidad el oficio. A través de la pintura y el dibujo logra comunicarse con otras personas y así ha sido desde que era un niño callado al que le gustaba más el silencio de la biblioteca que la algarabía de jugar a la pelota o andar en bicicleta.
Además de tímido, era muy inocente, de los que se creían todo lo que decían en la televisión. Una vez, mirando un programa que se llamaba Viaje al fondo del mar, escuchó que se iba a acabar la Tierra. Se asomó a la ventana para ver con atención lo que suponía que no vería nunca más: los árboles que se mecían con el viento, los matices de verde, alguna hoja de color ocre que resaltaba entre tanto verde, las ramas, los troncos, la calma. Para que no se escapara de su memoria ningún detalle de ese paisaje, lo pintó. Y ahí empezó su historia con la pintura.
En la familia no había artistas salvo una tía artesana que tocaba el piano y la guitarra. Su madre era profesora, tuvo solo un hermano y nunca conoció a su padre. Pasaba mucho con su abuela pues su mamá trabajaba. Tal vez por eso el niño tímido encontraba refugio en la biblioteca, donde se sentía feliz no solo por el silencio y por las historias que podía encontrar en los libros, sino también porque había libros que no usaban palabras, sino colores y formas. Las ilustraciones resumían el relato y para él eso era como un acto de magia.
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