Los retratos hiperrealistas de Dominique Salvador sorprenden por los detalles. Esta artista ecuatoriana radicada en Chile sabe que una de las claves de su trabajo es el tiempo, tiempo para lograr que sus cuadros se conviertan en algo más que un clon de las fotografías con las que trabaja.


El hombre del turbante blanco tiene una mirada profunda y algo triste, enigmática. Frunce el ceño y las líneas de expresión de su rostro lo hacen parecer preocupado. No es una fotografía, sino uno de los marroquíes retratados por Dominique. El nivel de detalle es asombroso: el pelo ligeramente ensortijado que se escapa bajo el turbante, los dobleces de la tela que cubren su cabeza, los ojos con el brillo del agua salina que brota de ellos, la cremallera de su chaqueta, la camiseta interior azul, la camisa de cuadros, el pelo apenas naciente que va poblando su barbilla, el bigote, los poros de su nariz, las arrugas de su frente...
El retrato es la pasión artística de Dominique Salvador (Quito, 1983). Pero no cualquier retrato, los suyos son hiperrealistas. A ella no se le escapa ningún detalle cuando pinta: una arruga, un cabello, la textura de la piel y los labios, la mirada, un encaje, una flor bordada en la camisa, la urdimbre de la tela, como si todo lo viera con una lupa.
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