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Lo que nunca hubiéramos querido ver

por María Fernanda Ampuero

Exhibición Lo oculto.
Edvard Munch, “Atardecer”, 1888. Fotografías Cortesía de Thyssen-Bornemisza.

Con piezas de sus colecciones, el Museo Thyssen-Bornemisza, de Madrid, montó la exhibición Lo oculto. Son pinturas de grandes maestros, con detalles extraños, demoníacos, espiritistas, misteriosos que despiertan el miedo a lo otro.

“Los destinos humanos son como los planetas. Como una estrella que aparece en la oscuridad y se encuentra con otra estrella: reluce un instante para luego volver a desvanecerse en la oscuridad, así se encuentran un hombre y una mujer, se deslizan el uno hacia el otro, brillan en un amor, llamean y desaparecen cada uno por su lado. Solo unos pocos se encuentran en una gran llamarada en la que ambos pueden unirse plenamente”, dice Edvard Munch, uno de los convocados a esta exposición.

Dos cuadros destacan en la promoción de Lo oculto del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. El primero es “La piedad” de José de Ribera, un Cristo después de la crucifixión que guarda un secreto que pone la piel de gallina. De hecho, una vez que lo ves no puedes dejar de verlo, tanto en la pintura como en tu cabeza.

Un vigilante del museo descubrió por casualidad que, muy escondido en el santo sudario, aparecía un pequeño ojo, uno solo, mirando de forma maliciosa al espectador. No es muy difícil imaginar que ese ojo pertenece al demonio, el que nunca duerme.

El historiador de arte Rafael Ruiz cita a Tomás de Kempis, monje y escritor alemán: “¿Y qué pinta ahí un ojo diabólico? En la tradición católica, entre la crucifixión y la resurrección, el alma de Cristo viaja al inframundo para liberar a las almas justas cautivas allí desde Adán y Eva. El apócrifo Evangelio de Nicodemo describe el terror de Satán cuando le anuncian que Jesucristo llega al infierno y cómo Jesús finalmente lo encadena y lo arroja al abismo y al fuego eterno”.

Exhibición Lo oculto.
Alberto Durero, “Jesús entre los doctores”, 1506.

Y luego confiesa: “Llamadme loco, pero ese ojo no me quita ojo desde entonces. Y mientras lo contemplaba, crucé los dedos. Por si acaso. ¿No decían que no se debía mirar de frente para no hechizar al inocente visitante?”.

El demonio es una figura recurrente en las artes visuales. Aparece, por ejemplo, escondido entre los doctores del “Jesús entre los doctores” de Alberto Durero. En el cuadro, varios de los que rodean a Jesús tienen la cara o las manos deformadas y, al fondo, un ¿hombre? de ojos brillantes, perversos y cara rojiza mira a Jesús y al resto de los “médicos”; está escondido en una esquina, espiando, acechando.

El otro es el bellísimo “Mujer ante el espejo” de Paul Delvaux, cuadro que se ha relacionado con el “Edipo y la esfinge” de Ingres. En el caso de la mujer duplicada de Delvaux, no es Edipo quien pregunta a la esfinge, sino una mujer casi hipnotizada ante su propia imagen: ¿la esfinge cuestionándose a sí misma?

Según el curador Guillermo Solana, la exposición consiste en llamar la atención en detalles escondidos. “Es una exposición donde hay algo que ver y mucho que leer para ver de otra manera. No es un intento de convertir a nadie a las artes oscuras, sino una invitación para ver el arte de una manera menos rutinaria y más imaginativa”.

Los adeptos de lo oculto

Dividida en siete secciones: Alquimia, Astrología, Demonología, Espiritismo, Teosofía, Chamanismo y Sueños, oráculos y premoniciones, las 59 obras que forman parte de esta exposición también lo son de la colección del Thyssen y, sin embargo, qué poco destacan entre la enorme oferta del museo madrileño.

En cambio, ahí, enfrentadas las piezas unas a otras, la fantasía se desboca. No es solo ojos demoníacos o una esfinge duplicada, la delicada —y acertada— selección, que recorre toda la historia de la pintura occidental desde el Renacimiento hasta el siglo XX, junta a Dalí con Durero, a Bacon con Picasso y a Chagall con O’Keeffe o Miró, bajo la premisa de que todos ellos buscaron —por medio de lo onírico, lo pagano, lo mágico, lo astrológico, las sectas o lo demoniaco— un amparo para su creatividad enloquecida.

Joan Miró, por ejemplo, afirmó: “Creo en las fuerzas que nos conducen oscuramente. Creo en la astrología. Soy un tauro con ascendente escorpio. Por eso, en muchos de mis cuadros se ven bolas, círculos, que evocan mis planetas regentes”.

Como escribe el curador Solana: “Los adeptos de lo oculto profesan la creencia en unos superpoderes latentes en el ser humano que deberían desplegarse para conducirnos a una metamorfosis o transmutación espiritual”.

Sin duda, los artistas reunidos en Lo oculto compartían obsesión con lo que no se ve, con lo sugerido, con el símbolo. Así, por ejemplo, “Atardecer” de Edvard Munch es uno de los experimentos más interesantes de toda la exposición. Uno al lado del otro, el cuadro original y, al lado, su versión en rayos X. Escalofriante es la única palabra que viene a la mente.

En el original aparece la hermana de Munch sola, en primer plano, mirando hacia delante. En su versión radiografiada, la otra hermana del pintor, espectral, de blanco, casi flotando, camina hacia ella con las manos cruzadas en la espalda.

Según se explica en el catálogo de la exposición que, por cierto, también está reproducido en las paredes: “La familia de Munch estuvo muy próxima al espiritismo, bajo la influencia del pastor y médium E. F. B. Horn. Cuando el joven Munch se fue a vivir a Kristiania frecuentaba la Biblioteca Pública Científica, un centro espiritista dirigido por otro pastor (…) que organizaba séances (sesiones) y tomaba fotografías de espíritus”.

“En 1902 Munch comenzó una serie de fotos en las que utiliza técnicas y trucos poco ortodoxos, como mover la cámara o la pose durante la exposición, pasar un papel ante la cámara o usar la doble exposición (frecuente en la fotografía espiritista). Mediante estos recursos, algunos retratados se vuelven transparentes como fantasmas. En esta pintura sucede algo similar: la figura de una hermana de Munch, Laura, sentada y mirando al horizonte, convive con los restos de la figura borrada de su otra hermana, Inger, de pie en el centro del cuadro, bien visible en la radiografía”.

La desesperada huida

Exhibición Lo oculto.
Balthus, “La partida de naipes”, 1948-1950.

Por el mismo camino oscuro avanza “The Picnic” de Willard L. Metcalf, un pintor famoso por evocar el espiritismo norteamericano. El pintor creció en una familia que conciliaba su protestantismo con sesiones espiritistas. En el cuadro lo del pícnic queda en un segundo plano. Lo importante es una figura femenina transparente que se confunde con la vegetación —la absorbe— y parece flotar en el aire. ¿Una aparición? ¿Un fantasma? ¿Un ectoplasma?

En palabras del curador Solana: “Las ciencias ocultas, excluidas o perseguidas durante siglos, encontraron en las artes visuales el terreno ideal para transmitir sus mensajes cifrados”.

Ya arrancado el siglo XX, una obra llama la atención por su contemporaneidad. “Metrópolis” de George Grosz. Se explica de ella: “Pintada en plena Gran Guerra, que el artista pasó entre el frente y el hospital psiquiátrico hasta ser finalmente licenciado del ejército, esta ciudad nocturna y apocalíptica, inspirada en Berlín y Nueva York, es una versión moderna de los infiernos de El Bosco y ‘El triunfo de la muerte’ de Pieter Brueghel. En medio de la multitud que corre frenética, distinguimos un coche fúnebre y varias figuras de cadáveres putrefactos y esqueletos endemoniados”.

Efectivamente, es desasosegante a más no poder. Sin embargo, a estas alturas, ¿qué no lo es de la exposición? La pintura de Grosz es una especie de fotograma de la serie de zombis The Walking Dead en rojo vino —¿o rojo sangre?—, donde vivos y muertos se confunden, huyen, corren, en las laberínticas intersecciones de las calles, bajo los edificios impávidos de una gran ciudad.

Ante este cuadro, sus colores, las desesperadas huidas, los no muertos, cabe preguntarse: ¿nos hemos inventado algo o lo que hace el cine y la literatura es tratar de reproducir los espantos ya plasmados en la historia del arte?

Damos palos de ciego pero, a veces, solo a veces, un ojo se abre y nos muestra, perverso, lo que nunca hubiéramos querido ver.

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Autor

Acerca de María Fernanda Ampuero

(Guayaquil, 1976). Escritora y periodista. Su último libro es Sacrificios Humanos (Páginas de Espuma, 2021).
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