La artista abandona el metal para trabajar con material reciclado, fibras naturales, retazos de tela, resinas y transparencias. Shirma Guayasamín hace móviles de enormes proporciones pero con liviandad y transparencia.
El taller de Shirma Guayasamín (Quito, 1957) es un peculiar laboratorio: hojas y flores secas, tallos, ramas, retazos de tela y de yute, fibras naturales y artificiales, gelatinas, acrílicos, resina epoxi, engrudo. En su departamento de grandes ventanas se ve el Pichincha, las casas y luces que han ido trepando silenciosamente por la montaña e irrumpiendo en el verde esponjoso de lo que queda de bosque. Ese paisaje se ha reflejado en algunas de sus últimas obras, sobre todo en una muestra que llevó el nombre de Cúmulo y que se exhibió en la galería +Arte.
Esa obra, tejida con fibras, marcó de alguna manera una ruptura en su propuesta creativa: Shirma Guayasamín cambió el metal con el que trabajaba sus esculturas por fibras textiles y vegetales. “En este camino, me valgo de un lenguaje propio. Con materiales encontrados, reciclados o adquiridos, creo paisajes inéditos donde la materia orgánica e inorgánica se unen”. Lo explica mientras revisamos tejidos y nudos en los que trabaja, así como piezas pequeñitas con las que experimenta pues está abandonando materiales tóxicos (plásticos y resinas) para encontrar soportes más amigables con el medioambiente, como las gelatinas o la pega.
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