
Ricardo Dávila es un pintor cuencano cuya obra está inspirada sobre todo en los paisajes del Ecuador. En mayo de 2025 la llevará a Europa con el empeño de mostrar que aún hay una esperanza para la humanidad si es que vuelve los ojos al arte y a la naturaleza.
Ricardo Dávila llegó desde Cuenca a Quito al finalizar la década de los sesenta. Entonces, era un adolescente y lo primero que le impresionó en la capital ecuatoriana fue su prima. Era perfecta y tuvo que convertirla en pintura. Parientes y amigos quedaron maravillados al ver que, como en un truco mágico, él transformaba la carne en tinta.
Han pasado 56 años y el artista, a punto de embarcarse en una gira por Estocolmo y Roma, recuerda con humor más que con nostalgia el episodio, consciente, eso sí, de que todas esas experiencias, así como la tierra en la que vive son fuentes para su trabajo.
El pintor que iba a ser arquitecto

Ricardo Dávila nació en 1955 y estaba destinado a repetir la carrera de su padre en el Ejército. Fue un alumno excelente en la escuela, sin embargo, su inclinación era el dibujo, por eso las carátulas de sus cuadernos retrataban a los próceres de la Independencia con gran detalle y color. El instinto del artista apareció allí, entre mapas de Geografía e ilustraciones de Ciencias Naturales.
La madre y los hijos en plena adolescencia se mudaron a Quito mientras el padre permanecía en Azuay. Lejos de él, Dávila desarrolló su creatividad pintando con mayor frecuencia.
Luego del colegio, le ofrecieron una beca para estudiar Arquitectura en el Brasil, la misma que no obtuvo el aval paterno y el joven tuvo que conformarse con hacer la carrera en Quito. En aquel tiempo, no había escuchado nada sobre escuelas de arte, así que se entregó al diseño de edificios audaces para la época por sus formas cilíndricas o combadas.
De todas maneras, el cemento no era su pasión, sentía que esas grandes ciudades norteamericanas de los libros de estudio iban en contra de la naturaleza humana, eliminando su espíritu salvaje. Así que buscó refugio en el campo y en la pintura, una vocación que ni la universidad pudo frenar.
La tabla de salvación

“A veces veo al mundo como un mar agitado, sin fronteras, siempre en caos. La pintura es el pedazo de madera que queda flotando después del naufragio y al que yo me agarro para salvarme”, explica Dávila.
Él canaliza su energía a través de sus trazos y prefiere aislarse en su casa de Amaguaña -que también es taller y museo- porque el ruido y el esmog no le permiten trabajar. Por sus giras artísticas ha visitado Lima, Caracas, Valparaíso, Washington, Miami, Seúl y Ginebra, no obstante, siempre vuelve a su tierra. La naturaleza ecuatoriana es el origen de su pintura.
Combinando óleo y acrílico hace que las hojas, la nieve o el agua sobresalgan del cuadro, de modo que parece posible tocarlas. Por allí están Galápagos, los Andes, la selva amazónica, el propio Amaguaña y, a veces, hasta alguna región distante de América que visitó en otro tiempo.
A pesar de que su producción principal es el paisajismo, en la casa-museo-taller también hay espacio para las mujeres desnudas que saltan al óleo desde los recuerdos de Dávila y los autorretratos que, lejos de la vanidad, son fotografías de sus estados de ánimo:
Tuve una infancia muy difícil. Éramos niños de mediados del siglo pasado, donde el ‘bullying’ era normal. No había televisión en casa, así que jugaba al fútbol en la calle, había peleas, problemas del hogar. La violencia nos nutría. Todo eso está dentro de mí, pero gracias al arte he podido transformarlo en algo bueno: en amor a través de la creatividad
El ‘Ecuador mágico’ de Ricardo Dávila

‘Ecuador mágico’ es el nombre de una muestra de 25 obras que Ricardo Dávila expondrá en la sede de la Embajada ecuatoriana en Estocolmo y en Roma en una sala aún por confirmar.
En la exposición aparecen paisajes de Galápagos, Mashpi, Amaguaña, el Cotopaxi o la Amazonia, pero no solo enfocándose en su belleza, sino también los efectos del cambio climático. Por eso, una de las obras corresponde a una montaña donde la nieve casi ha desaparecido para dar paso a la tierra amarilla.
De todas maneras, las olas rompiendo contra las rocas o los ríos fluyendo entre la vegetación predominan. Dávila explica: “En este mundo tan convulso y contaminado una pintura romántica como la mía, tan silvestre, creo que ayuda a revalorizar a nuestro planeta porque no muestra la belleza cursi de un pastel: la pinté desde el equilibrio, desde esos rincones que no ha dañado el hombre”.
El artista viajará por Europa del 15 de mayo al 15 de junio. La colección que lo acompaña incluye un retrato de la princesa Victoria de Suecia donde se la puede ver de pie entre una atmósfera púrpura y al lado de plantas con flores rojas y amarillas. “Ojalá pueda llegar a ella y que la conmueva, ese el objetivo de cualquier artista: emocionar”, concluye con una sonrisa.

