Cristina Salas ha convertido el páramo, los cóndores y la biodiversidad ecuatoriana en ejes centrales de su arte. Su formación internacional y la maternidad han enriquecido una práctica que integra tejido, mosaico e instalaciones públicas.
Desde niña supo que quería pintar. Donde iba pedía un lápiz. Las clases de arte eran el lugar favorito de Cristina Salas (Quito, 1985), una alternativa al tipo de vida que no deseaba. Nació en Puembo, cuando todavía no llegaba la ciudad al campo. Creció entre animales, árboles y caminatas largas. Esa infancia —gatos, perros, incluso un tigrillo— no es solo un recuerdo entrañable: es la raíz de una obra que hoy dialoga con los páramos andinos, los cóndores, los tapires, los zorros, los osos, las ranas y las plantas nativas.
Su vida ha transcurrido entre Quito, Florencia, París, España y Nueva York. Ha trabajado con fibras, mosaico, cerámica y objetos encontrados. Ha desarrollado instalaciones efímeras con plantas vivas y murales públicos de gran formato. Le encanta el color porque la conecta con sentimientos positivos como la alegría: el rosado, por ejemplo, la conecta con una energía femenina que le motiva a seguir adelante. “Vivimos tiempos en los que es difícil hablar sobre el medioambiente, nos da miedo y frustración, y los colores me permiten contar historias sobre él, que nos vinculan con una idea de ternura sobre la ecología”, dice.
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