Gruesas líneas rojas, blancas y negras dan forma sutil a dos cuerpos entrelazados, desnudos, fundidos en un abrazo. Parecen cuerpos en movimiento, reposando uno sobre otro. O tal vez son solo líneas que se mueven y que parecen danzar gracias al efecto de la luz y del patrón. En otro lienzo una serie de cuadrados, también rojos y blancos, da forma a dos cúpulas de iglesias, tal vez las cúpulas de la catedral de Quito por la figura inacabada de lo que será un gallo de hierro sobre una de ellas. Es la más reciente obra de Claudio Arzani (Chile, 1958), menos conocida que sus trabajos anteriores, inspirados en la arquitectura: puertas, patios, casas, balcones, calles empedradas. ¿Lo que hace ahora es nuevo? ¿Cómo ha dado ese giro su paleta?
La verdad es que es todo un proceso, visible desde sus inicios, pero que ahora ha emergido con más fuerza. Él lo llama “cinetismo constructivista”, piensa que es la mejor forma de etiquetar su obra actual. Algo de eso ya apareció en los años noventa, en cuadros como “El velo”, “El nacimiento del Fénix” o “Las manos”, donde gruesas líneas azules y blancas se contorneaban poblando los lienzos.

O tal vez siempre estuvo ahí: en los pisos con patrones cuadriculados de sus dibujos de arquitectura, en los dibujos en plumilla que hacía de los relatos de Herman Hesse cuando terminaba de leer alguno de sus libros, en los pasillos con patrones en sus obras de casas antiguas e incluso en sus grabados.
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