Natalia Espinosa (Quito, 1976), artista visual, conoce la arcilla desde pequeña. Su taller, Perro de Loza, está ubicado en La Floresta, el barrio de Quito que se identifica como lugar para los artistas, el cine, la música, la artesanía y la comida. La casa, que también es tienda, es su lugar de trabajo. Es ahí donde el barro toma formas curiosas. Se vuelve, por ejemplo, tasas en forma de pepa de cacao, peces, piñas, vasijas, platos y otras piezas únicas.


Natalia es hija de Dolores Andrade, una conocida escultora y ceramista, y hay cosas que se heredan, que están en los genes o en la nostalgia. La artista recuerda la infancia en el taller de su madre, pero, confiesa, que en ese entonces no le gustaba mucho, tenía otros intereses. Salió de casa a los diecisiete, con una beca a Canadá. “Nos mimaban mucho en ese colegio de arte y los estudiantes podíamos pedir cualquier tipo de material… Ahí me entró la nostalgia y pedí un poco de arcilla roja”. Entonces, se dio cuenta que extrañaba la casa, así que se volvió a conectar con ella e hizo suyo el oficio y la intuición de ceramista.
Luego de varios intentos de estudios formales —en la Universidad Central, en la Católica, en la Católica de Chile— en las que no se sintió cómoda, fue a la academia de diseño y arte Gerrit Rietveld de Ámsterdam. Se quedó cuatro años, pasando de la escultura a los objetos cotidianos, jugando, haciendo objetos utilitarios y obras personales, decorativas. Al volver decidió abrir su taller.
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