Los íconos bizantinos medievales están íntimamente relacionados a la imagen de culto o religiosa de la Iglesia cristiana ortodoxa de un imperio —el bizantino— cuya capital fue Constantinopla o Estambul. Representan a Cristo, la Virgen, los santos y algunos pasajes bíblicos. En su inicio también incluían imágenes de las autoridades civiles como el emperador o la emperatriz, o los donantes de la obra. Recordemos que en el Imperio bizantino el poder religioso y el estatal estaban íntimamente vinculados, no así en Occidente, donde el catolicismo romano apostólico, desde su constitución oficial con Constantino en el año 313, realizó una clara separación de poderes.

Olvidados o soslayados en Occidente, los íconos —obras móviles nunca adheridas a un muro como los mosaicos— fueron altamente valorados desde el Romanticismo europeo a partir del siglo XVIII. Lo exótico, lo desconocido, quizás aquel acento puesto en el misterio al realizar un ícono, recibió la atención y curiosidad durante este período en que comenzaba para Europa una nueva era de viajes. Decenas de viajeros y errantes se desplazaron hacia Oriente, hacia Turquía y también a Egipto. Se establecía como obligatorio del conocimiento integral el Grand Tour. Esto hizo que el ícono bizantino se convirtiera en un apetecido objeto de colección.
Sin embargo, el paso de imagen de culto al de objeto coleccionable significó el arrebato de sus características intrínsecas, la naturaleza de su propio ser. Se había convertido en mera obra artística con un valor relacionado al mercado, a la apetencia de los coleccionistas.
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