
En la calle Juan Rodríguez, barrio La Mariscal, hay una casa donde el arte habita desde finales de los años 70. Primero fue La Galería y ahora, Punto Rojo. Los dos espacios comparten una historia tejida por mujeres de distintas generaciones.
Las que desataron el nudo y comenzaron a tejer la trama de esta historia fueron Betty Wappenstein y Gogo Anhalzer. En 1977, ellas abrieron La Galería, la sala de exhibición de arte contemporáneo más importante de Quito hasta finales de la década de los 90.
Durante 24 años, en esta galería se exhibió el trabajo de 300 artistas ecuatorianos y extranjeros y se montaron 260 exposiciones. Betty y Gogo abrieron las puertas a personajes consagrados pero también apostaron por artistas jóvenes de la época, como Marcelo Aguirre o Miguel Varea.
En 2023, Ana Wappenstein, nieta de Betty, y Rafo Gallegos, su mejor amigo, decidieron volver a desatar el nudo y seguir urdiendo la historia de esta casa. Esta vez como Punto Rojo, una galería que también funciona como centro cultural y como laboratorio gastronómico.
Punto Rojo
Después del cierre de La Galería, en 2001, por causa de la crisis económica de la época, la casa ubicada en la Juan Rodríguez E8-23 se convirtió en el estudio de arquitectura de Ovidio Wappenstein y así se mantuvo hasta 2018. Durante esos años se realizaron remodelaciones y se habilitaron nuevos espacios, entre ellos una cocina. Así la encontró Ana Wappenstein en 2023, unos meses antes de que se abrieran las puertas de Punto Rojo.
Desde el inicio, ella y Rafo Gallegos habitaron la casa con la idea de que no sea solo una galería sino un espacio de encuentro para personas con distintas aficiones e inquietudes, además de un puente con la historia y la memoria de La Galería. “Queríamos honrar el pasado dando espacio a artistas de larga trayectoria y sumar a los jóvenes de esta generación”.
Lo primero que llama la atención al llegar a Punto Rojo es cruzar la puerta y encontrarse con el logo de La Galería, un cuadrado blanco que enmarca a un círculo rojo, de ahí el nuevo nombre del espacio. Al ingresar, en la primera planta aparecen los cuadros y esculturas que son parte de ‘Jardines Inciertos’, muestra colectiva que estará abierta hasta el 21 de marzo.
Por una escalera de caracol, empotrada a unos pasos de la entrada, se sube al tercer piso -en el segundo funcionan oficinas-, donde se junta el Club del Collage y se realizan las reuniones del Café Filosófico, un espacio para intercambiar ideas sobre temas de actualidad, abierto a cualquier persona y que se organiza el último sábado de cada mes.
En este lugar, un altillo poblado de sofás, mesas y sillas, Ana dibujaba y pintaba con su abuelo Ovidio. Allí, rememorando momentos de su infancia, dice que en Quito siempre hacen falta espacios para que la gente vea y consuma arte; recuerda también las veces que visitó la galería de Ileana Viteri y habla del trabajo hecho por Gabriela Moyano en +Arte.






‘Jardines Inciertos’
Punto Rojo inició su agenda expositiva en noviembre de 2023 con la muestra ‘Flor de combate’, de Will Álava. A esta exposición le siguieron ‘De cerca huele metal mezclado, dicen que huele a planta’, ‘Tenía cada vez menos partes’, ‘Páramos’ y ‘Saltos Cuánticos’. Su primera muestra de 2025 es ‘Jardines Inciertos’, allí se exhiben piezas de las artistas ecuatorianas Shirma Guayasamín, Raffaela Descalzi, Pamela Suasti y Jazmín Buitrón.
Las cuatro exploran las relaciones cotidianas entre humanos y naturaleza a través de distintas técnicas y soportes. Suasti, por ejemplo, exhibe esculturas que trabajó en papel maché; Buitrón, una serie de dibujos de plantas con rasgos humanos; Descalzi, cerámicas sobre concreto con formas florales; y Guayasamín, esculturas de distintas texturas hechas con gasas, que juegan con las sombras que aparecen en el interior de la galería.
Para Wappenstein, recorrer esta muestra es una oportunidad para reflexionar sobre la relación distante y fracturada que hay entre la humanidad y la naturaleza, desde el asombro y la contemplación. “Las obras de esta exposición están aquí en la galería para invitarnos a imaginar esas nuevas formas de coexistencia con la naturaleza y sus propios ritmos”.
En ‘Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal’, el científico italiano Stefano Mancuso sostiene que las plantas son inteligentes. “Es decir, son capaces de captar señales procedentes del entorno, de elaborar la información obtenida y de calcular las soluciones más adecuadas para la supervivencia”. Reflexiones que sirven de colofón para pensar en esas nuevas formas de coexistencia que se exploran en ‘Jardines Inciertos’.

