Un proyecto familiar busca proteger e incentivar el trabajo en apicultura con las abejas meliponas, indispensables para mantener una de las extensiones de manglar más vastas del planeta.
Hija y madre de apicultor, Elma Guadalupe Cab Hochín, de 51 años, bajita y pizpireta, nunca se interesó por las abejas. “De pequeña me daban mucho miedo, una vez me picaron y nunca más quise acompañar a mi padre”, dice ataviada con su traje protector mientras levanta despacio la tapa de una de sus colmenas de abejas europeas o apis mellifera ubicada en una pequeña franja de arena entre mangles al norte de isla Arena, un área natural protegida, situada al norte del estado mexicano de Campeche.
Dos veces por semana Elma abandona por unas horas la fonda que regenta en la pequeña localidad de menos de mil habitantes, muy popular por su comida casera y que constituye el principal ingreso familiar, para desplazarse en barca hasta este rincón de isla Arena. Allá la esperan Mario, su marido, que siente pánico por las abejas; Humberto, su hijo menor, que no se quita la gorra de béisbol ni para ponerse el sombrero de apicultor, y Juan, un vecino, que de vez en cuando les echa una mano atendiendo a las abejas.
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