¿Qué ocurre cuando el misterio del mundo precolombino y la inmensidad del cosmos convergen sobre el lienzo? El artista ecuatoriano Enriquestuardo Álvarez ensaya varias respuestas en Wak’a kuna, su nueva exposición pictórica, alojada en el Centro Cultural Metropolitano (CCM).
Volver la mirada hacia el mundo precolombino es un ejercicio constante en la carrera artística de Enriquestuardo Álvarez (Salcedo, 1958). Así lo demostró en Ecos del Dorado (Galería Sara Palacios, 2018) y en Dorado, la exposición itinerante que hoy recorre Estados Unidos.
En estos proyectos, el artista trae de vuelta el pasado para dialogue con la contemporaneidad, confrontando vestigios antiguos con los rostros del presente. Ahora, en Wak’a kuna, Álvarez da un giro interesante: busca descubrir qué sucede cuando esas mismas imágenes se conectan con el cosmos y la naturaleza.






Wak’a kuna: conexiones cósmicas
A Enriquestuardo Álvarez le gusta visitar el Museo Nacional del Ecuador y el Museo Casa del Alabado. Su debilidad son las salas en las que se exhiben piezas precolombinas de las culturas Jama-Coaque, La Tolita y Manteño-Huancavilca. Las mira con atención y toma fotografías. De vuelta en su taller observa las imágenes y las traslada a sus lienzos.
Sin embargo, los vestigios arqueológicos que habitan los cuadros de Wak’a kuna están lejos de ser réplicas inertes. En la pintura que da la bienvenida a la exposición, por ejemplo, solo aparece un fragmento: una cabeza craquelada —surcada por finas grietas doradas— que parece flotar en la infinidad del cosmos.
Más adelante, el recorrido revela una figura a la que Álvarez incorporó un corazón lleno de venas y arterias, mientras que en otras pinturas asoman huacas, sellos y petroglifos que emergen entre volcanes, montañas y árboles. En varias de estas obras los sellos precolombinos se repiten como si fueran el icónico código binario de la película Matrix.
En esta serie, Álvarez también abre las puertas al mundo onírico y poético, pero sin desviar la mirada de la crítica social. Una de sus obras confronta una problemática que sigue impune en pleno siglo XXI: el saqueo de tumbas ancestrales, un mercado ilegal donde las piezas pasan de las manos de los huaqueros a las vitrinas de coleccionistas privados.
Más sobre Enriquestuardo Álvarez
Nació en Salcedo, Cotopaxi, en 1958.
Es arquitecto y tiene una maestría en Artes Visuales por la Universidad Nacional Autónoma de México.
Ha participado en varias bienales internacionales de arte y ha expuesto en centros de Europa, Asia (incluidos China y Japón) y Estados Unidos y Latinoamérica.
La muestra Wak’a kunas: conexiones cósmicas se exhibe en la Sala 5 del Centro Cultural Metropolitano (García Moreno y Espejo) hasta agosto de 2026. La entrada tiene acceso libre.
De las wak’as a la belleza del caos
Dentro de la cosmovisión andina, wak’a (o huaca) es una palabra usada para designar lugares donde se concentra la energía vital y protectora de la naturaleza y de las deidades. Por eso no es extraño que mientras se recorre esta muestra se encuentren referencias a sitios sagrados, como las Pirámides de Cochasquí o al sitio arqueológico de Tulipe.
En las pinturas de Álvarez, las wak’as funcionan como puentes entre lo terrenal y lo cósmico. También son la conexión física entre el pasado y el presente. “Para mí son el elemento —explica el artista— que permite conectar a esas vidas que crearon las piezas precolombinas, y que han sido olvidadas por el paso del tiempo, con el presente, con las nuevas generaciones”.
Del otro lado está el cosmos, ese universo caótico que, a ojos del pintor, está lleno de belleza. En esta muestra, bajo la curaduría de María Fernanda Ugalde, el universo aparece craquelado, imitando la textura de las vasijas de barro. Se trata de un guiño a la fragilidad de la condición humana en esta tercera década del siglo XXI.
Estas obras, dominadas por una paleta de tonos ocres, consolidan el diálogo que Álvarez ha mantenido, a lo largo de su trayectoria, en torno a la búsqueda de la esencia del ser y los conflictos del mestizaje, un concepto que ya ha inmortalizado en Quito a través de proyectos icónicos como el mural Mujeres Libertarias, ubicado en el sector de El Trébol.

