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‘Carajo’, una exposición como un grito de rabia 

por Andrea Rojas Vásquez

Muñoz
El artista cuencano Diego Muñoz, en el Museo Pumapungo. Foto: cortesía.
TIEMPO DE LECTURA 4 MINUTOS

En ‘Carajo’, el artista cuencano Diego Muñoz se retrata, y a través del color intenso, da cuerpo a las heridas y tensiones del Ecuador. Sus obras, que oscilan entre formas de lo fantástico y la exuberancia de la naturaleza, componen un retrato colectivo que es, a la vez, un grito de rabia.

Hay quienes, al mirarse a sí mismos, descubren también el rostro de los otros. Así sucede en ‘Carajo’, la exposición de Diego Muñoz (Cuenca, 1980), en el Museo Pumapungo de Cuenca, donde permanecerá abierta hasta el 28 de mayo. El título evoca tanto la furia como el impulso vital: un grito de advertencia, un latigazo contra el silencio.

'Carajo'

La muestra reúne veinte obras creadas en óleo y acrílico sobre lienzo, cubiertas con una resina que acentúa los colores fosforescentes. En estas piezas, la estridencia no embellece: hiere. Los tonos vivos tensan el gesto entre lo festivo y lo trágico, revelando un universo donde la vitalidad y la tristeza coexisten.

Sobre paredes oscuras, los cuadros alternan entre formatos grandes y pequeños. En ellos, cuerpos indígenas flotan entre nubes rosadas; una anciana de mirada melancólica sostiene una corona de ajos; una embarcación precaria surca un cielo en el que resplandece, como un guiño mordaz, el logo de Repsol; un cerdo antropomorfo bebe jugo junto a un Cristo diminuto. Cada escena entrelaza lo onírico con la profusión de la naturaleza, la identidad popular con una provocación sutil. 

carajo
'Llanto sobre llanto', de Diego Muñoz: Foto: cortesía.

El trazo de Muñoz es grueso, visceral. No busca la simetría ni la prolijidad técnica, sino una expresividad cruda que estalla en líneas verticales y figuras absorbidas por la vegetación. Emilio Seraquive, artista lojano, observa: “lo que él pinta tiene coherencia con sus conceptos, utiliza el arte naif y la gráfica popular para construir imágenes cotidianas”.

Entre las piezas más memorables figuran 'Cabezas enterradas', donde rostros mestizos e indígenas emergen del suelo bajo un cielo de flores suspendidas; y 'Bola de sueño', donde un hombre duerme rodeado de esferas neón, como si el sueño fuese una evaporación multicromática.

‘Carajo’ no representa la cultura popular como un decorado ornamental: la encarna. Al pintar a los otros -los indígenas, los cuerpos anónimos, los rostros curtidos-, Diego Muñoz siente que también se retrata a sí mismo. Su obra no pretende embellecer la identidad colectiva, sino fundirse con ella en un gesto íntimo. Como afirma Estíbaliz Vélez, docente y artista lojana, “simbólicamente su obra tiene tintes de realismo social e incluso de denuncia”.

Diego Muñoz

Desde niño, Diego Muñoz encontró en el arte una guarida. En su infancia, marcada por la migración de su padre, el dibujo surgió como una conversación silenciosa: “Dibujaba en secreto”, era su modo callado de dialogar con el mundo a través de imágenes intensas. En cuarto año de primaria, Diego irradiaba ya un halo de melancolía. Su madre, consciente de su inclinación artística, veía en su talento algo que crecía como una planta silvestre: silenciosa e irreverente.

Su adolescencia y juventud fueron etapas de búsqueda voraz, no para encontrar respuestas, sino para vivir. "No busco, vivo", resume, sintetizando su pulsión creadora. A través de técnicas híbridas -hilos, lentejuelas, lonas, maderas recicladas-, Muñoz tejía un universo estético entrelazado con símbolos indígenas y la necesidad de hablar desde su identidad.

Aunque inicialmente exploró los estudios de cine, ingresó luego a la Facultad de Artes de la Universidad de Cuenca. En esos años, realizó sus primeras exposiciones; hasta hoy ha concretado ocho muestras individuales. Sin embargo, su trayectoria no ha estado exenta de silencios. El cierre forzado de su galería comunitaria Yuyay, a causa de la pandemia, sumado a un ecosistema artístico que -denuncia- favorece lo foráneo y margina a los creadores locales, lo llevó a un año de parálisis creativa: "quería dormir todo el día para olvidarme o no vivir”.

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'Cabezas enterradas', de Diego Muñoz'. Foto: cortesía.

Fue precisamente ese estado el que detonó su regreso. ‘Carajo’ nació como una forma de sacudirse: “Me dije carajo, levántate y empecé a pintar de nuevo”. Así se gestó una serie de obras que son tanto el autorretrato de un estado depresivo como un retrato indirecto de un Ecuador complejo. Muñoz tardó tres años en reunir las piezas de esta exposición. Cada cuadro concentra meses de trabajo minucioso.

Presentar ‘Carajo’ tampoco fue sencillo. Diego esperó un año para exhibirla en Cuenca. “Ha sido difícil abrirse camino, pero es fundamental mostrar mi trabajo en mi ciudad”. Julio César Abad Vidal, historiador español y curador de la muestra, explica que si en obras anteriores como 'Cromo de Héroe' predominaban el sarcasmo y la crítica ácida, en Carajo el tono es otro. Aquí hay compasión, piedad, abrazo. “Es una muestra donde el dolor ya no se esconde en la ironía, sino que se asume”.

Aunque la obra impacta por su fuerza expresiva, no todos encuentran novedad en la propuesta. Elena Heredia, artista y educadora quiteña, comenta: “no siento que tenga innovación técnica ni conceptual. Referentes en su estética son la Artefactoría -el colectivo guayaquileño de los 80- y Eduardo Kingman”.

Con más de veinte años de trayectoria, Diego permanece leal a su instinto artístico. Su trabajo no busca complacer: interpela. En palabras del propio autor: “No pinto para decorar una sala, pinto porque me pasa algo”. Después de Cuenca, ‘Carajo’ viajará a Quito y Riobamba, y más adelante buscará espacios internacionales. Pero lo que importa no es la itinerancia: es el gesto. El acto de pintar cuando todo alrededor empuja al silencio. De gritar ¡carajo! -con color, con trazo, con cuerpo- y sostener el aliento.

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Acerca de Andrea Rojas Vásquez

Escritora, Tcnlga. Agroindustrial y gestora cultural. Premio Nacional de Poesía Ileana Espinel Cedeño (2021). Autora de la plaquette Ay mi conejito era tan picarón en ritmo de raro adagio (Y punto, Loja, 2018), Matar a un conejo (El Quirófano, Guayaquil, 2020), Llévame a casa, por favor. (Libero Editorial, España, 2022) y Furia (Editorial Ruido Blanco, Quito, 2023). Actualmente estudia Lengua y Literatura en la UTPL y es freelance en trabajos editoriales. Ama a: una sábila bebé, una Almendra del Mar y un Gatito Bigotes.
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