Barroquema es uno de los talleres de cerámica más antiguos de Quito. Por aquí han pasado varias generaciones de artistas locales y personas interesadas en aprender sobre este arte. Desde hace un par de años trabajan con residencias para artistas internacionales.
Juana Lloré es una mujer de tez trigueña y, al verla, es imposible quitar la mirada de sus manos. Son unas manos pequeñas, macizas y blanquísimas. Ese blanco de nevado andino que baña sus manos es producto de la arcilla que todos los días moldea con amor y fuego.
Mientras Juana cuenta la historia del taller —que ella y su esposo Marco Ullauri abrieron en Tumbaco hace más de 40 años y del que también son parte sus hijas Sofía y Elisa—, sus manos blancas, blanquísimas, trazan formas de esculturas, cuencos y jarros sobre el aire.

Más que un taller de cerámica
Son las diez de la mañana de un miércoles de septiembre de 2026. En el sector de la Cerámica, en el valle de Tumbaco (nororiente de Quito), el sol de un verano que parece eterno calienta con fuerza calles y cuerpos. El terreno donde funciona Barroquema está lleno de árboles de aguacate y guaba. También está poblado de esculturas y hornos.
En medio de este paisaje selvático hay un puñado de muebles y mesas de madera donde reposan decenas de piezas de cerámica de todos los tamaños y formas. En medio de vasos, tazas y esculturas con siluetas humanas aparecen piezas curiosas como el torso de un perro, un pequeño pulpo, la réplica de una silla manteña o cabezas sin ojos ni boca.

Sofía Ullauri, encargada de las residencias artísticas, está sentada cerca de una de las mesas. Su madre y un puñado de mujeres moldean nuevas piezas mientras ella cuenta que Barroquema es un taller con un aire alquímico, porque aquí no solo se crean esculturas u objetos utilitarios, sino que también se elaboran fórmulas y se trabaja con el fuego.
"Una de las claves del trabajo en nuestro taller es la investigación. Acá creamos todo desde cero, desde los hornos hasta las fórmulas que usamos en la arcilla o en los esmaltes". Sofía también habla de su hermana Elisa, que vive en Marsella (Francia) y quien ha ayudado a conceptualizar las ideas y proyectos que se han implementado en Barroquema.
A unos pasos de Sofía está Génova Alvarado, una artista venezolana radicada en Brasil que está en la segunda semana de su residencia artística en el taller. Mientras cuenta cómo llegó a Barroquema para perfeccionar algunas técnicas, sus manos blancas, blanquísimas como las de Juana, moldean una arcilla que en unos días se convertirá en un pequeño puff.

Que parezca que las manos sonríen
Esta historia pudo empezar mucho antes, pero convengamos en que comenzó en Cuenca cuando Juana Lloré era una niña y junto a sus padres caminaba por La Convención del 45, un barrio lleno de alfarerías, o cuando recorrían la única fábrica de vajillas que por entonces había en la ciudad. Juana aún no intuía —no podía saber— que la arcilla moldearía su vida.
Lo que vino después fue la generosidad de Voltaire Maldonado, quien abrió las puertas de su taller de cerámica para que Juana, como toda adolescente, jugara y experimentara. Después de unos años llegaron los estudios en la Facultad de Artes de la Universidad Central y en Talavera de la Reina (España), donde afinó la técnica y pulió la creatividad.

De regreso a Tumbaco, Juana y Marco, quien asegura que a Barroquema se llega por necesidad, curiosidad y hasta por accidente, armaron un pequeño taller y apareció el primer horno —ahora tienen siete—. "Marco —cuenta Juana— siempre fue hábil con las manos, armaba máquinas y experimentaba con fórmulas. Roda la vida ha sido alguien muy creativo".
Después de más de 40 años en el oficio, Juana es consciente de que es una de las mujeres que abrió el camino para las generaciones de artistas que hoy se dedican a la cerámica. "Cuando era joven regresé a Cuenca y fui a los talleres de los alfareros para aprender el manejo del torno y me sacaron diciendo que ese no era un oficio para mujeres".
Lo que no sabían esos alfareros era que pocas décadas más tarde mujeres como Juana Lloré no solo aprenderían a manejar el torno, sino que reivindicarían el oficio y lo elevarían al estatus de arte. "Me gusta trabajar con la arcilla porque es un material que te permite crear una pieza que, al mismo tiempo, puede ser artística y usada en la vida cotidiana".

