El arte milenario del mate burilado resiste los caprichos del tiempo. Y lo hace abrigado por las manos de artesanos como Sixto Seguil Dorregaray, que dedican sus días a transformar calabazas en relatos.
En 1946 el arqueólogo estadounidense Junius B. Bird encontró dos extrañas piezas en el valle de Chicama, en la costa norte del Perú. No eran de cerámica, sino calabazas talladas con tal precisión que parecían esculpidas en piedra. Lo más asombroso: estaban intactas luego de 4500 años y sus formas se parecían a la cerámica de la cultura Valdivia, en el actual Ecuador.
Hoy, estos objetos, “El mate de las caras” y “El mate de los felinos”, descansan en museos de Perú y Estados Unidos, y son los más antiguos representantes del arte del mate burilado. Se trata de una tradición artística que nació siendo la vajilla de los Andes; los antecesores de los incas los cortaban por la mitad, como cuencos en los que servían sus alimentos y bebidas.
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