
De entrada le contamos que para responder esta pregunta tiene 111 opciones. Ese es el número de obras que María Fernanda Cartagena, Juan Lorenzo Barragán y Rafael Barriga seleccionaron para armar el libro 111 íconos del arte del Ecuador, publicado por Dinediciones.
En un ejercicio lúdico, Cartagena, Barragán y Barriga eligieron, para esta nota, un puñado de íconos y nosotros sumamos tres. Los seleccionados por Mundo Diners responden a tres motivaciones: memoria, asombro e historia. Lo interesante es que cada lector puede armar su lista de obras icónicas del arte del Ecuador y reflexionar sobre las razones de su selección. Nosotros, le contamos las nuestras.
Luz Elena, la memoria
Después de la desaparición de Carlos Santiago y Pedro Andrés Restrepo Arismendi, sus padres, Luz Elena y Pedro -fallecidos ambos, ella el 4 de julio de 1994, él, el pasado 24 de diciembre de 2024- dedicaron su vida a buscarlos, a exigir justicia y reparación. Lo hicieron con tanto ahínco y devoción, que su lucha y el rostro de sus hijos se impregnaron en la memoria de varias generaciones.
Durante años, Luz Elena llegaba hasta la Plaza Grande para gritarle al Gobierno de turno que le devuelva a sus hijos. En esos plantones aparecía con fotografías y pancartas, en una de esas se leía: “Por nuestros niños hasta la vida”; la imagen fue capturada por la fotógrafa Dolores Ochoa y convertida en esténcil por la artista Pilar Flores.
Después del arresto, desaparición y asesinato de Nehemías Arboleda, Steven Medina e Ismael y Josué Arroyo, la obra de Flores no solo debería contarse como uno de los íconos del arte ecuatoriano sino convertirse en una imagen viral en teléfonos y paredes, para que nunca olvidemos, para que nadie olvide que: “Por nuestros niños hasta la vida”.
Dualismo, el asombro

¿Qué es lo primero que viene a su mente cuando alguien le habla de arte precolombino? Si su respuesta son las Venus de Valdivia, no se preocupe; las imágenes de estas figurinas han sido reproducidas tantas veces y en tantos espacios -desde láminas escolares hasta ferias de artesanías- que es inevitable que sean nuestro referente del arte prehispánico.
Quizás por esa misma razón, la sorpresa y el asombro aumenta cuando uno se encuentra con piezas como la botella de 14 cm de diámetro elaborada por la cultura Mayo-Chinchipe, en cuyo interior fueron halladas trazas de cacao que, según los expertos, son la prueba más antigua de la domesticación humana de la especie Theobroma cacao.
La pieza elaborada hace más de 2 000 años, revestida con conchas marinas y que en su anverso y reverso tiene tallados rostros que parecen humanos, es una obra de arte, pero sobre todo una de las tantas miles de pruebas físicas que muestran el nivel de desarrollo que tuvieron las culturas ancestrales asentadas en esta parte del mundo.
Naturgemalde, la historia

Alexander von Humboldt, sí, el mismo que dijo que los ecuatorianos somos seres raros y únicos porque dormimos tranquilos en medio de crujientes volcanes y que vivimos pobres en medio de incomparables riquezas y nos alegramos con música triste es el autor de una de las imágenes más icónicas que aparecieron en los libros de ciencia del siglo XIX.
En tiempos donde no existían redes sociales ni imágenes virales, Alexander von Humboldt logró que el Chimborazo sea conocido en el mundo decimonónico. Lo hizo a través del Naturgemalde, grabado de 84 x 54 cm, en el que representa cortes de este volcán con pisos climáticos y ecosistemas botánicos. La imagen fue publicada en Ensayo sobre la geografía de las plantas (1805).
Lo interesante de este grabado es que ha entrado en diálogo con el arte contemporáneo y con la cultura popular. En los últimos años, ha aparecido en galerías, museos y hasta en restaurantes, como elemento decorativo. Muchos dicen que Naturgemalde es la prueba del espíritu ecologista que desarrolló Humboldt después de su paso por estas tierras.
Las obras icónicas de los autores del libro
Felación en Jama

Aunque fue creada hace por lo menos 1 500 años, esta pieza tiene una actualidad singular. En la cultura Jama Coaque, donde no imperaba una sexualidad binaria, existían los enchaquirados: servidores sexuales de personas de poder. Ellos mismos poseían privilegios y poder. Hasta hoy, en esas zonas del país, las personas queer se autodenominan enchaquirados.
Tiwintza Mon Amour

Esta instalación de Manuela Ribadeneira presenta una maqueta que reproduce, a escala 1:1000, el kilómetro cuadrado que fue el “trofeo de guerra” (o el “premio consuelo”) tras la firma de la paz con Perú. Pocas obras artísticas han dicho tanto, con un gesto tan simple, sobre las décadas de incertidumbre y lo absurdo que resultaron tanto el conflicto como su resolución.
Una estétika del disimulo

Este dibujo a tinta forma parte de una extensa serie gráfica del enfant terrible por excelencia del arte moderno ecuatoriano. Miguel Varea supo desafiar al establishment de su época con sus mordaces ironías políticas y sociales plasmadas en estos comentarios visuales. Fue particularmente en el ámbito cultural, donde más hizo mella con su ironía.
Fandango

Este mural, que engalana el anterrefectorio del Carmen de la Asunción, en Cuenca, representa una paradoja: por un lado, parece advertir a las monjas sobre los riesgos que corren los pecadores al participar de tales licencias; por otro, parecería invitarlas sutilmente a experimentarlas. La dialéctica perdición virtud quedó plasmada con humor y maestría por un anónimo pintor morlaco del siglo XVIII.

