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Mundo Diners al día

AQ: una feria que une al arte en Quito

por José Luis Barrera

Feria de Arte AQ.
La AQ tuvo tres ediciones antes de 2025: 2015, 2016 y 2024. Los esfuerzos apuntan a poner al país en el circuito internacional de ferias de arte. Foto: Freddy Coello.
TIEMPO DE LECTURA 7 MINUTOS

AQ Arte Feria 2025 reunió a 159 artistas plásticos y visuales en la capital. Hoy, le invitamos a conocer algunos de ellos, sus propuestas no rechazan la tradición de siglos, sino que la utilizan para decodificar los tiempos contemporáneos.

Agosto cerró con la cuarta edición de la AQ Arte Feria. En esta ocasión, la sede fue el Centro de Convenciones Metropolitano por cuatro días -del 28 al 31- y hubo alrededor de 30 participantes más que en 2024 para un total de 89 estands. Según Rodrigo Viera, el director general, aquello es una prueba de la confianza y del interés que genera el evento entre creadores y coleccionistas.

Fuera de la venta y la promoción de obras, a la AQ quizá debería vérsela como un puente que conecta a los artistas. Esto es necesario, explica Viera, porque el arte es un oficio casi monástico y estos eventos permiten conocer y alimentarse con la experiencia de colegas de edades y estilos distintos.

Mantenerse vigentes sin perder la esencia

Rodrigo Viera nos recibe en su estand. Nos habla de la Feria y su papel en una época que parece dominada por la tecnología. A él no le preocupa esta última y sonríe recordando que la inteligencia artificial ha dibujado más de una vez humanos con seis dedos en cada mano...

Son diez años desde la primera edición de la AQ Arte Feria, ¿cuáles son los cambios más importantes desde entonces?

Hemos crecido sobre todo en la cantidad de artistas y, por supuesto, en las técnicas, los estilos y las tendencias. Hay una brecha en nuestro país entre el arte moderno -el anterior- y el arte contemporáneo. Es normal: el arte evoluciona y más con la irrupción de la tecnología. Las posibilidades que esta abre a nivel creativo y de promoción son enormes y los creadores jóvenes no dudan en aplicarlas. Esa situación nos ha impulsado a buscar curadores entendidos en el tema y a abrir las convocatorias para obras audiovisuales o interdisciplinarias.

Viera rodrigo
Rodrigo Viera es artista visual, pero también gestor cultural. Foto: cortesía.

Entonces ¿la tecnología no es una amenaza para los artistas, sino una herramienta útil?

Durante la pandemia, los artistas comprendimos que las redes sociales son necesarias para acercarse al público y promocionarse. Incluso los mayores, los consagrados, que suelen ser reacios, se han visto obligados a buscar gente que los apoye.

Claro, en el caso de los jóvenes es distinto: muchos son, a un tiempo, artistas e ‘influencers’. Por ejemplo, Franz del Castillo, quien es parte de la AQ, hizo una pintura para romper el récord Guinness del dibujo más grande del planeta. Trabajó con un equipo de al menos diez personas que incluía filmadores y gente especializada en comunicación. Hoy, sube videos varias veces al día, la gente lo conoce y lo sigue. Es un cambio innegable.

¿No hay riesgo de que la circulación vertiginosa de productos culturales derive en lo banal?

Es necesario entender que, más allá de la circulación de imágenes o videos, el artista debe buscar su permanencia trabajando con imaginación, algo que no tiene la máquina porque aquella surge del corazón, la mente y la experiencia que otorga el quehacer diario. La tecnología es una herramienta, una ayuda, pero no debe quitarle espacio a la creatividad del artista.

¿Cuál es el papel de la AQ en esa búsqueda de permanencia?

Las ferias sirven para poner en contacto artistas con especialidades diversas. Son lugares donde los que son expertos en el manejo de herramientas tecnológicas pueden guiar a sus colegas que no los son y, al mismo tiempo, recibir de ellos ese conocimiento que solo da la experiencia.

Además, creo que nuestros esfuerzos de sistematización, en los que presionamos a los participantes para que se preparen en ventas, manejo de redes sociales, páginas web, son un aporte para ayudarlos a mantenerse vigentes, pero sin perder su esencia.

La tradición y el exilio

Juan Ormaza posando con sus pinturas y esculturas de bronce.
El artista ecuatoriano Juan Ormaza (1959) fue, por años, profesor de la Universidad Central; varios de los participantes de la Feria fueron sus alumnos.

Juan Ormaza permanecía en un estand con dos corazones y dos cráneos de bronce sobre una mesa. Él es ecuatoriano, aunque esas piezas son de las pocas que tiene en el país porque buena parte de su obra escultórica se encuentra en Estados Unidos, donde se instaló hace tiempo.

Sin embargo, además del metal, trabaja en pintura y estaba rodeado de cuadros, destacando tres sobre los emigrantes latinoamericanos en Norteamérica.

Uno es como un retrato de Stephen Miller, el ideólogo tras la separación de hijos y padres que llegaron sin visa a los Estados Unidos. Su frente contiene una estructura metálica, un laberinto en lugar de cerebro. El segundo está dominado por la oscuridad: se ven balsas y mariposas quemadas, metáfora de un futuro consumido. Y en el último, el protagonista es el primer niño separado de sus padres por el Servicio de Inmigración estadounidense. Su figura es diminuta y está a punto de diluirse entre brumas blanquiazules.  

Pero la serie no es una crítica coyuntural más, sino que apunta a la desnaturalización del humano: la movilidad es consustancial a los seres vivos que van de un lado al otro por instinto o necesidad de comida. “Solo a los humanos se nos ocurren las fronteras”, concluye Ormaza.

El arte en la ciencia

Dispersos en tres estands están cuatro ilustradores cuyo tema es la naturaleza. Todos tienen en común su inspiración en Humboldt y otros viajeros del siglo XIX que iban por las Américas, boceto en mano, dibujando plantas y animales.

Juan Manuel Carrión, por ejemplo, es ornitólogo, documentalista e ilustrador científico. Hace cuarenta años publicó un libro dedicado a las aves de Quito y decidió ilustrarlo, seguro de que ni siquiera la fotografía puede reemplazar el detalle y la calidad de un dibujo al estilo antiguo.

Mientras habla de su trabajo, 101 pájaros parecen listos para escaparse de uno de sus paneles. En él, dice Carrión, pretendía ilustrar una frase del padre Juan de Velasco en La historia natural del Reino de Quito: “la multitud prodigiosa de aves que hay en el Reino bastaría para mostrarlo lleno de habitadores, aunque faltasen las demás clases de seres vivientes”.

El biólogo Alfredo Salazar , por otra parte, plasma a los animales del Ecuador en láminas, tazas, bolsos... Parte de la idea de que el arte no solo debe estar en las galerías, sino en los objetos de uso cotidiano, sobre todo en el caso de la ilustración científica porque, así, la gente que vive en las ciudades puede acercarse a la naturaleza y aprender a quererla.  

Esta es la misma idea de María Fernanda Casares y Jenny Ordóñez. Ambas compartían una exhibición enfocada en las plantas. “Muchas personas preguntan por el nombre de alguna flor que ven en las láminas y, cuando se lo decimos, recuerdan que lo escucharon en boca de sus abuelos hace mucho tiempo”.

El trabajo de ambas consiste en rescatar las plantas olvidadas por la gente de las grandes ciudades. Es un oficio que exige días enteros de observación, además de la revisión de archivos y libros de botánica, pero las artistas no tienen duda de que vale el esfuerzo, pues inspira a su público a volver la mirada a los jardines y parques con curiosidad y hasta afecto.

Jugando con la memoria

Venus de Valdivia, parte de la obra de arte de Noé Mayorga.
Noé Mayorga está interesado en el conocimiento ancestral y en la forma de llevarlo a las generaciones contemporáneas.

Lego es una compañía danesa que fabrica bloques de construcción para personas de 4 a 99 años. Acompañando a las piezas rectangulares siempre hay hombrecillos de piel amarilla con cascos de astronauta, yelmos medievales o hasta sombreros de mago. Noé Mayorga los extrajo de ese mundo de juguetes y los instaló en el imaginario latinoamericano.

El artista explica que su trabajo consiste en apropiarse de un código cultural de origen danés y reinterpretarlo con referentes locales. “La modernidad, dice, suele empujarnos a rechazar las tradiciones, así que la estrategia es ‘hackear’ el sistema y recuperarlas a través del Lego”. En su estand lucían varias Venus de Valdivia, ‘El Carajo’ de Joaquín Pinto o ‘La india de Zámbiza’ de Víctor Mideros, pero con rostros cilíndricos y torsos de trapecio.

Andrés Rodríguez posa con sus obras de arte.
La obra de Andrés Rodríguez está enfocada en los rostros de su propia infancia y en las relaciones familiares.

Fuera de las culturales, hubo también apropiaciones de la memoria. Tal es el caso de la serie ‘Todos mis monstruos’ del colombiano Andrés Rodríguez. Para hacerla, él recicló telas y lana, mezclándolas con óleo y acrílico y, con esos elementos, nos invita a un viaje por su pasado -aunque podría ser el de cualquiera-. Allí están los recuerdos de su infancia, los seres que amó y las criaturas de sus pesadillas.

Zurcir y pintar es el lenguaje que utiliza el artista para hablar, entre otras cosas, del silencio que les imponen los adultos a los niños al subestimarlos por su edad o de esos juegos truncados por la desesperación de trabajar cuando se vive al borde de la miseria. A simple vista, ‘Todos mis monstruos’ está impregnada solo de dolor. Mas, no es cierto, también hay nostalgia, pues esos miedos que acumulamos durante años son inevitables y nos configuran como seres humanos.

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