
Juan Carlos de la Hoz ha vivido al menos tres vidas: médico, tecnócrata y pintor. Esta última etapa parece englobar a las otras porque su obra se alimenta de los cambios de profesión y domicilio, de las transformaciones del planeta y de los humanos, pero sobre todo de la necesidad de no quedarse estancado.
Juan Carlos de la Hoz convirtió una casa antigua del barrio La Floresta en B33 Galería. Antes, en ese mismo sitio hubo la redacción de una revista y luego un estudio de tatuajes. Ya no queda rastro de ninguno. Las paredes ahora están repletas de cuadros del artista que, a menudo, rebasan las dos dimensiones, como si la pintura fuese a salir del lienzo y atrapar al visitante
El artista explica que su obra transmite sensaciones más que imágenes concretas. En ella, aparecen los ciclos de renovación de la Tierra, los mismos que pueden pasar de un terremoto a la creación de un paisaje. Y es que su pintura, como su vida, está marcada por el cambio.
El movimiento constante

Juan Carlos de la Hoz nació en Barranquilla y su padre era un hombre apasionado por el arte. Por eso, en su casa abundaban los libros sobre esa materia, los mismos que lo inspiraron a coger el pincel. Sin embargo, en la universidad optó por la carrera de medicina, alejándose de la pintura durante dos décadas.
Al terminar los estudios, casi no ejerció como médico; las oportunidades laborales llegaron del sector público, coordinando recursos y personas. Uno de sus primeros empleos fue a principios de los años noventa, durante la epidemia de cólera en las costas de Colombia. Entonces, se percató de que, a través de la gestión, podía producir un impacto positivo mayor que en un consultorio.
Unos años después, ingresó al Banco Interamericano de Desarrollo, institución que lo llevaría a vivir en México, Brasil, Barbados y Ecuador. Pero se sentía incompleto. La necesidad de hacer arte había resurgido y los mares y montañas que encontraba en sus viajes se transformaron en material creativo.
Tuvo entonces una doble vida: por un lado, se dedicó a pintar y, por otro, a los proyectos relacionados con salud, desarrollo social, energía renovable y conservación ambiental. Precisamente, mientras cumplía esas funciones en Ecuador vio la casa de La Floresta, en las calles Valladolid y Francisco Galavis, que habría de convertirse en B33 Galería.
Ya retirado del trabajo, tomó aquel lugar apenas estuvo desocupado y lo dividió en dos áreas: una para la exhibición de sus obras y otra, que incluye un estudio y una habitación, para una futura residencia de artistas. La idea, explica De la Hoz, es que creadores de tierras lejanas vengan a Ecuador, se instalen por unos meses y conozcan a sus colegas locales, pues para él la clave de todo -arte, medicina, desarrollo de los países- está en la colaboración y el aprendizaje mutuo.
Juan de la Hoz y el arte telúrico






De la Hoz admite que su pintura es empírica. Y es que sus cuadros no responden a una formación tradicional, nacen más bien de la experiencia acumulada durante años de cambio constante entre oficios y países. Sus obras son abstractas, transmiten sensaciones y rara vez se enfocan en imágenes concretas.
Así, la serie preparada durante la pandemia de la covid se compone de figuras circulares -como gotas y fluidos derramados-, mientras que en otra predominan el amarillo y el negro porque una capa de ceniza de esos colores cubrió su hogar en Barbados tras la erupción de 2021 del volcán La Soufrière en la isla San Vicente.
Sin embargo, una idea permea la mayoría de sus cuadros: el movimiento. Por ejemplo, en uno de ellos las líneas negras sobre el fondo rojo reflejan la vertiginosidad de las patadas en la danza marcial de la capoeira. Sin embargo, el planeta, sus movimientos telúricos y sus transformaciones periódicas son temas recurrentes en su trabajo pictórico.
Títulos como “Seismic Change”, “Magma”, “Polarización” dan una idea de la atracción del artista por la potencia telúrica. Aunque esta, en realidad, es un reflejo de lo que ocurre en la vida: “cada cuatro o cinco años uno tiene que renacer -dice el pintor-. Y cambiar de profesión o país es como un sismo: dejas amistades, cierras una casa y vuelves a empezar…”
De la Hoz parece entender que ese desplazamiento no es una aventura romántica y sí una fractura autoinfligida, pero imprescindible para el avance. Sus cuadros hablan de adaptación, resiliencia y de que no hay estabilidad porque el universo siempre muta.
Y aquel apego a los cambios lo ha llevado a convertir en arte elementos industriales como la tinta de impresoras o los polvos para teñir ropa. Los resultados sobre lienzo y papel son texturas vidriosas, ásperas o grumosas que hacen de la pintura una experiencia cercana a lo táctil y no solo visual.
En Ecuador, con una tradición artística moderna marcada por el muralismo y la figuración social, el arte abstracto sorprende. A De la Hoz suelen preguntarle el significado de sus cuadros y su respuesta siempre es la misma: "¿qué te dicen ellos a ti?” Su arte obliga al autoanálisis y a la contemplación; en cambio, el creador está allí como un catalizador de emociones, empeñado en recordarnos que todos fuimos, al menos una vez, un volcán.

