
¿Y si le contara que una capilla construida solo con tejas y materiales reciclados ganó uno de los premios más relevantes de la arquitectura panamericana? Sí. Suena improbable, pero sucedió en Taquil, Loja.
Esta es la historia de cómo dos arquitectos desafiaron la lógica, una comunidad rural trabajó con sus manos y la intuición mantuvo en pie una obra que incluso los ingenieros creían imposible.
Una capilla en el viento
Freddy Bonilla, arquitecto y fotógrafo, recibió el encargo del sacerdote Víctor Yanangómez para diseñar una capilla en el cementerio de Taquil. “La comunidad quería cuatro paredes y un techo tradicional” recuerda con gesto reflexivo y mirada inquieta. Pero algo lo hizo dudar. “Si el paisaje aquí se abre en todas direcciones, ¿por qué encerrar la arquitectura en una caja?”, pensó. Y así propuso una capilla abierta.
El cementerio se encuentra en la cumbre de una montaña, un mirador donde el viento que sopla con vigor genera una intensa corriente de aire, lo que envuelve el paisaje en un movimiento constante. Pero, más allá de su belleza panorámica, el lugar presentaba desafíos estructurales.
Ante el reto, Bonilla decidió invitar a Iván Jiménez, arquitecto y activista con sensibilidad por el uso de materiales naturales. Exploraron soluciones. Jiménez tenía claro que la forma debía responder al entorno: “Si tenemos algo curvo, en lugar de resistir el viento, lo acariciamos”, decía, imaginando una estructura que no se opusiera al viento, sino que lo guiara con suavidad.

La primera misión fue elegir los materiales y crear la maqueta. Bonilla pensó en usar láminas como escamas de barro, inspirado por la arquitectura de la Basílica del Voto Nacional e influenciado por la tradición ceramista del cercano pueblo de Cera; pero la comunidad rechazó la idea. “Eso es de Cera, nosotros queremos algo propio”, decían con convicción, casi con ira. Así se manifestó la necesidad de encontrar un material que hablara de la identidad del lugar, de su historia.
Jiménez observó con atención el paisaje rural, el material de las casas, la madera, las piedras, las tejas porosas que se arrinconaban como desecho. Ahí fue cuando propuso usar la teja. "Los materiales no valen por cuánto cuestan, sino por la huella y la memoria que traen consigo", reflexionó. Durante generaciones, la teja había protegido los techos de Taquil, pero fue reemplazada por el zinc, símbolo de modernidad, de progreso. ¿Por qué no devolverle su lugar en la comunidad usándolas en la capilla?
Para adaptarse a la fuerza del viento, los arquitectos diseñaron la capilla como dos manos abiertas en señal de elogio al cielo. En la base, las tejas se colocarían una sobre otra para brindar estabilidad. Más arriba, se incorporarían tubos para enfrentarlas y crear aberturas, lo que permitiría que el viento las atraviese.
Los muros, perforados con decenas de agujeros semejante a un tamiz, seguirían la curva tractriz, ese principio matemático que dirige el viento sin generar turbulencias. Finalmente, una abertura en el techo dejaría entrar luz cenital, consolidando así la forma de la capilla abierta.

¡La minga!
La obra se construyó con minga, ese acto en donde cada mano suma. Para Freddy, esa era la mejor opción: “Construir en minga es hacer con entusiasmo, no con precisión”. Con un presupuesto inicial de solo 5.000 dólares, la comunidad debía ser parte del proceso.
Trabajaron en invierno. Hizo mucho frío y se movieron pese al lodo. Mientras una familia cocinaba para los trabajadores, otra se ponía las botas de caucho y se arremangaba los puños. Cada persona aportó, aunque no tuviera conocimientos técnicos. Iván, con pensamiento artístico, veía en eso una huella: “La belleza de esta capilla reside en su fealdad, en su imperfección hecha a mano”.
Levantar la construcción entre la intuición y la minga, no fue fácil. El sacerdote, el primero que había visto la maqueta y entendido su concepto, guiaba a las familias y animaba a la fe. Pero la comunidad dudaba de la estabilidad de la capilla, y hasta los ingenieros consultados sugerían que no funcionaría. ¿Dónde se ha visto que se construya solo con teja? La lógica constructiva tradicional dicta colocarlas en la cubierta, pero la propuesta era usarlas en los dos únicos muros.
A veces, Freddy temía. Iván, atormentado por sueños en los que la capilla se caía, disipaba el miedo con lectura e investigación. La maqueta se mantenía firme. Aunque la posibilidad del error amenazaba, los arquitectos confiaban en su intuición. Y, al final de las misas, alentaban a la gente.
La capilla ya erguida se veía extraña y monótona. Por eso, para alegrar su superficie, se sumaron a la minga los escultores lojanos Boris Salinas y Bayardo Cuenca. Salinas trabajó con materiales reciclados del lugar: rastros de botellas, piedras y ollas viejas. Para la explanada que rodea la capilla extrajeron piedras gigantes del río cercano. “La idea era que la energía de las piedras intervenga”, cuenta el artista. Él enseñó a usar la técnica del mosaico a la comunidad, mientras que Cuenca donó la escultura de un ave que representaría al Espíritu Santo.
Al final, se usaron aproximadamente 9.000 tejas. Vista de cerca, la obra es imponente, mide 6 metros de largo y 6 de alto, reduciéndose al final a un ancho de 1.20 metros. No hay puertas ni ventanas: es una capilla abierta, un refugio sin muros que dialoga con el viento, las montañas y la comunidad.



El premio de la Bienal
Lo que comenzó como un experimento arquitectónico terminó captando la atención de la Bienal Panamericana de Arquitectura de Quito en 2024 (BAQ). En el concurso participaron 752 proyectos de 22 países. Fue una disputa ardua, pero la capilla de teja obtuvo el premio en la categoría de Arquitectura Mínima. Sin duda, un hito histórico para Loja.
Para Bonilla, el premio fue una confirmación de que estaban en el camino correcto, pero también una responsabilidad: "Ganar la Bienal te convierte en un referente, te ven diferente y te observan más, así que hay que responder con calidad". Más allá del galardón, ambos arquitectos coinciden en que lo esencial es seguir construyendo con conciencia y propósito.
Hoy, la Capilla de Teja es el paradigma de una búsqueda intuitiva e inteligente. No solo desafió la gravedad y la tradición, sino que entregó a la comunidad un sentido de pertenencia. Más que la historia de una obra premiada, este es un encuentro con la extraña belleza de lo feo, y quizá, el recordatorio de que hay que trabajar con muchísima fe, en equipo. Y sí, soñar a contracorriente.

