Coincidiendo con el centenario de la muerte del arquitecto catalán Antoni Gaudí, en junio pasado, se inauguró la torre central de su obra cumbre, la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona. Ese prodigio arquitectónico lleva más de 140 años elevándose como un bosque de piedra donde ninguna columna se repite y donde cada forma se inspira en la geometría de la naturaleza.
Es el mismo Gaudí quien sigue dirigiendo las obras desde la tumba. Antiguos dibujos y fotografías de sus maquetas funiculares —muchas de las cuales fueron destruidas durante la guerra civil española— sirven de brújula para que un equipo de arquitectos, ingenieros y escultores descifren sus intenciones y las culminen, si todo va como se espera, en 2036. Aunque el tiempo no era un problema para él, pues su cliente —es decir, Dios— no tenía prisa.
En una de las biografías más rigurosas de Gaudí publicadas hasta la fecha, el hispanista neerlandés Gijs van Hensbergen cuenta que su personalidad poco convencional y su extrema religiosidad fueron blanco de una crítica mordaz de otros grandes de la época que acabó salpicando su legado: Picasso previno a la gente en su contra; Unamuno calificó su obra de “arte borracho”; Dalí etiquetó su arquitectura como vulgar, indigesta y blanda, aunque después acabaría reivindicándola.
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