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Está pegao          

por Rafael Méndez Meneses

Estamos a una cuadra de una Unidad de Policía Comunitaria en el centro del puerto principal y CarolinaQuil pega unas figuras de Mitsuki, personaje que funciona como su avatar y suele realizar todo tipo de actividades cotidianas o de fantasía, desde aeróbicos a caminatas espaciales. En la pared hay también pósteres que cuestionan a la sociedad y hablan del punk y de rebelarse contra el sistema. Ella hace paste up, un arte efímero, en Guayaquil, una ciudad de lo efímero.

Carolina tiene prisa y parece que está en una especie de trance porque no responde ni habla. Solo pega en silencio, con movimientos que parecen de esgrima. Casi de inmediato se estacionan frente a nosotros una camioneta y una moto del municipio. Pitan y nos miran con cara de malotes, pero los ignoramos. Se quedan observando todo.

Solo entonces me percato de que en el edificio de enfrente hay alguien observando desde la ventana. No se puede ver quién es. Solo se atisba su silueta tras la cortina. Cuando termina de pegar, Carolina me dice que no se había percatado de la presencia de los municipales. Agarra sus cosas y camina de prisa, aprovechando que el semáforo está en rojo.

Arte paste up
Fotografía: Amaury Martínez

Una de las características más distintivas de Guayaquil es su cambio permanente, los pequeños detalles de la ciudad que desaparecen para dar lugar a algo nuevo. Hay algo de efímero en el paisaje, a pesar de que la ciudad es siempre la misma. Edificios que desaparecen poco a poco por las lluvias, negocios que cerraron después de décadas, y espacios fantasmas como la esquina de almacenes Briz Sánchez en ciudadela La Alborada, que se niegan a despegarse de la memoria y siguen como referentes geográficos a pesar de que no existen desde hace muchos años.

Estamos tan acostumbrados a los pequeños cambios, que difícilmente nos percatamos de otros más leves. En los postes, paredes, bordillos y señalética, de improviso aparecen stickers y afiches cuya función no es anunciar un evento u oportunidad de negocio. Son arte.

El paste up no requiere la validación de las galerías y museos para destacarse. Las imágenes con textos breves empiezan a competir poco a poco con los grafitis y con el gris. Se dibuja en un soporte, usualmente papel bond, y se pega después en una superficie. Los lugares ideales son paredes, pasos a desnivel, puentes, postes, cristales, siempre en lugares de alto tráfico, de preferencia peatonal. En cualquier lugar donde se pueda dejar una huellita de arte.

Carolina es una de las pocas mujeres que se dedican a esto en Guayaquil. Es diseñadora gráfica en el día y artista en la noche. Empezó en 2018 con la pegada de stickers y un año después también se inició en el paste up con formatos de mayor tamaño. Además de su personaje Mitsuki, tiene una serie de dibujos abstractos que combinan personas, animales y plantas para hacer del surrealismo y la sicodelia su marca personal.

Caminamos hacia el malecón. El patrullero y la moto se quedan atrás. Tal vez nos tomaron fotos para algún informe. No lo sabemos. Alguien nos sigue viendo desde las cámaras de seguridad, y de eso no tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas. Pasamos por un muro grafiteado y CarolinaQuil aprovecha para dejar su huella. Embadurna de goma la pared y el papel y, mientras termina, analiza los otros espacios disponibles para poner algo más, respetando siempre la obra que alguien dejó antes que ella.

Se trata de un acto rápido, casi de prestidigitación. Lo hace todo con una prisa que hace pensar en ese espíritu tan punk de hacer algo que se va contra el sistema, contra la norma. O tal vez simplemente se acostumbró a correr desde los tiempos de confinamiento. Ella cuenta que salir en pandemia fue más complicado porque obviamente había que escoger horas específicas y, como estábamos encerrados, era de pegar y correr.

Ahora digamos que es más tranquilo en el sentido de la “libertad”. En pandemia era más desahogo por el encierro. “Pegar en la calle es como dejar huellas o pistas para encontrar a alguien”, comenta al paso mientras pone pegamento sobre el papel.

Al fondo, a sus espaldas, está la calle Panamá, un lugar que se ha renovado hasta el infinito. De los puentes sobre el manglar pasó a ser zona de secado de cacao, barrio semiabandonado y ahora zona rosa. Todavía quedan vestigios de lo que fue antes, en paredes, casas, palmeras y museos que resaltan entre los edificios nuevos como costras de papel que resisten a la lluvia y al viento.

En contraparte la ciudad se renueva como los spots. Sea por los incendios, la destrucción de patrimonio o simplemente por el progreso económico individual, siempre hay un edificio nuevo para ver. Hay barrios, como Urdesa, cuyas fachadas cambiaron radicalmente encima de la infraestructura original cuando el barrio se volvió comercial.

Avanzamos a la estación de la Aerovía, ubicada en la esquina de lo que antes fue una piscina pública y antes de eso fue aduana, y antes fue tal vez una cantina sobre palos de mangle, y antes, solo manglar. Allí, en la base del poste de la Aerovía, hay decenas de afiches y stickers. Es uno de los spots favoritos de CarolinaQuil.

Mira hacia la estación por si hay algún guardia de seguridad, abre su carpeta, saca varios dibujos y los pega con goma. Siempre con prisa. “Cuando empecé a pegar salíamos entre dos personas, éramos superconstantes como hasta ahora, y eso nos llevó a conocer y descubrir más personas que lo hacían”, dice. Ahora están organizados en un colectivo, el Colectivo de Guayaquil, que todavía no tiene nombre.

Son chicos de entre diecinueve y 34 años, casi todos hombres, estudiantes y profesionales vinculados a las artes y el diseño gráfico, que se reúnen entre jueves y domingo en algún spot propuesto y llevan su arte.

En cuanto al formato, casi siempre ahorran costos usando imágenes en blanco y negro, cuyos tamaños van del A3 al A5 y deben combinar cuando quieren algo más grande. Pero también hay dibujos chiquititos de tiburones, cómics y frases antisistema que no se pueden ver claramente desde un vehículo con el semáforo en verde. Son para transeúntes.

Cuando salen a pegar son los vecinos del barrio los que a veces llaman a la policía, pero no hay razón para arrestar a personas que intentan embellecer la ciudad, mucho menos en estos tiempos, en que la prioridad debe ser la lucha contra la delincuencia. Las ordenanzas prohíben grafitear, pero no mencionan al paste up, excepto en propaganda electoral. Cuando se les acercan los policías, los chicos simplemente dicen que están haciendo un proyecto de la Universidad de las Artes y ya con eso los dejan en paz.

“Le tengo más miedo a la gente que nos ve, a los vecinos, porque la policía se queda tranquila. Nos han dicho de todo… que lo que hacemos es del diablo y cosas así”, explica la artista. Si prohibieran su actividad, tendrían que prohibir todo tipo de pósteres, pero en nuestra ciudad todavía está arraigado su uso como estrategia publicitaria. Por ahora, aprovechan esa zona gris en las ordenanzas que les permite seguir en lo suyo sin temor a las persecuciones.

El Colectivo no es el único. Las salidas no siempre son en grupo. Cuando Carolina pegó su primer sticker cerca de su casa, ya había otros pegados por allí. Mucho de lo que se ve en las calles no fue hecho por los integrantes de su Colectivo y no tienen idea de quién es el artista. Solo conocen su obra. Tal vez la ventaja sea que no se pelean.

No hay los celos artísticos que se dan en la poesía o el grafiti y todavía no llega nadie a vandalizar sus obras o taparlas con algo nuevo para buscar polémica. Todavía hay muchos spots libres en la ciudad y sería chévere que hubiera más para que cada quien deje allí su estética particular.

Desde 2018 hay más gente que reconoce el trabajo de CarolinaQuil y ya hay quien le compra sus diseños en ferias y mercaditos. El plan no es hacerse millonaria con sus ilustraciones, pero sí le agrada saber que hay gente dispuesta a pagar por algo a lo que le ha puesto tanto esfuerzo y dedicación.

Gente que por un momento dejó del lado el celular y se dedicó a ver la ciudad, aprehenderla. No les interesa tanto estar en un espacio institucionalizado y mediado por curadores porque el público al que llegan no es tan numeroso como el que tienen en una calle, donde hay más libertad. Quieren llevar su visión del mundo a las calles y así quieren estar, aunque no dure, porque la lluvia, el viento y la contaminación causan estragos en poco tiempo.

arte paste up: mitsuki

La fama no les llama la atención. Tampoco la validación de la academia o de la crítica de arte contemporáneo, y mucho menos el debate sobre el valor artístico de su trabajo. Lo que sí les gusta es la idea de quedarse en la memoria de alguien más, de haber contribuido a que alguien se detuviera un par de minutos para tomarse fotos en un lugar bacán que ellos crearon.

Mientras registramos la pegada fuera de la estación de la Aerovía, un grupo de adolescentes que estaba por tomar la Metrovía se acerca y algunos de ellos empiezan a tomarse selfis delante del spot. Ignoran que la autora de algunas de esas obras está allí. Simplemente les gustaron los dibujos y quieren llevarse un recuerdo.

Puede que alguno de ellos se decida a hacer sus propios dibujos y se lance después a la aventura. O tal vez sea el policía que perseguirá a las nuevas generaciones de artistas de la calle. O tal vez sea parte de esa mayoría que por un segundo se desentiende de su celular y encuentra algo que le hace sonreír en una pared céntrica.

El arte del paste up dura lo que dura en la calle y eso es lo bacán de la ciudad. Un día sales y encuentras una cosa y al otro día encuentras otra, dice Carolina mientras chequea la obra que alguien más dejó hace tiempo y que ya empieza a ponerse amarillenta, descascararse, perder color. Eso, suponiendo que no llueva. Ese es el espíritu de lo que es Guayaquil.

El cambio permanente en una ciudad que pasó de casas interconectadas por puentecitos precarios sobre el manglar, a una ciudad que se interconecta a través de la aerovía con el otro lado del río. Y allí, en las columnas que sostienen esa aerovía, CarolinaQuil y sus panas dejan su huella, su arte, sus ideas plasmadas en la brevedad para que sean admiradas al paso por los transeúntes.

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Acerca de Rafael Méndez Meneses

Ha publicado varios libros de poesía y microrrelato. También escribe, dirige y produce documentales. Llevaba casi una década sin escribir para esta revista.
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