
¿La falsificación es un arte o una piedra en el zapato de los artistas? La respuesta depende, como en casi todo, del interpelado, sin embargo, incluso en el lado oscuro de la cultura hay brillo. ¿No lo cree? Pues le contamos unas historias que quizá hagan tambalear sus convicciones…
En noviembre del año pasado -sí, ya hablamos así del 2024- la policía italiana desactivó una red de falsificación que operaba en toda Europa. Entre las instituciones que colaboraron con los Carabinieri y la fiscal Teresa Camelio había expertos en la obra de Banksy, quien era uno de los blancos predilectos.
De todas maneras, no era el único: Monet, Van Gogh, Dalí, Mondrian, Francis Bacon, Chagall… Los nombres de artistas de los siglos XIX y XX se desparramaban por páginas de expedientes destinadas a oscurecer las subastas de ayer y hoy.
Y es que las mentes maestras tras la operación de piratería se enfocaron en cubrir sus espaldas organizando exposiciones -con catálogos- en lugares de gran prestigio del mundillo artístico como Venecia, Mestre o Cortona.
Al final, 38 sospechosos cayeron en manos de la policía. Entre los cargos, aparte de falsificación, se incluyeron manejo de bienes robados, venta ilegal de obras de arte y estafa. Los policías incautaron 2100 piezas que podrían alcanzar los 215 millones de dólares en el mercado, además de poner al descubierto al menos seis talleres dedicados a la falsificación en la Toscana y otras partes de Europa.
En cualquier caso, este no es el primer capítulo de una historia de copistas que incluso han llevado su crimen al nivel de la perfección para producir obras y los detalles necesarios para hacerlas pasar por reales.
Un nazi que hacía copias
El arqueólogo argentino Daniel Schávelzon conoció a ‘Kurth’ en un hospital, pero no le prestó demasiada atención hasta verlo de nuevo años después en un geriátrico. Allí, como si nada, él le confesó haber pertenecido a las juventudes hitlerianas y que, una vez terminada la guerra, llegó a la Argentina y se hizo falsificador.
Aprendió el oficio en Buenos Aires en un taller clandestino, donde le enseñaron que aquello era un trabajo como cualquier otro. No un delito. Y, pronto, se independizó y produjo toda clase de objetos desde arte hasta estampillas, muebles, monedas y documentos. Por supuesto, la ‘colección’ incluía los certificados y fotos que permitiesen sustentar la autenticidad de las otras piezas.
“Es un trabajo honrado”, le dijo a Schávelzon cuando su mente envejecida empezaba a navegar por el río del olvido. Y el arqueólogo le grabó además de llenar los vacíos con datos de la prensa y, así, convertirlos en un libro. No era fácil: Kurth, para protegerse, quemaba archivos y evidencias.
Él no era un falsificador en busca de riqueza y lujos. No, lo suyo era el silencio y, por eso, se enfocaba en obras de arte que no llamasen demasiado la atención como las de Norah Borges, Xul Solar, Juan Batlle Planas…
Su oficio le duró cincuenta años y fue tan exitoso que, según le dijo al arqueólogo poco antes de morir, su mayor logro fue que una de sus piezas fuese certificada como verdadera por el artista falsificado.
Arte precolombino ‘made in’ siglo XX

En julio de 1974 la policía mexicana arrestó a un grupo de traficantes de antigüedades entre los que estaba un tal Brígido Lara. El crimen podía costarle varios años de prisión, así que dijo estar listo para demostrar que las piezas incautadas eran imitaciones hechas por él mismo. Pidió entonces arcilla y, efectivamente, la devolvió transformada en varias figurinas. Un experto, sin saber el origen, las declaró auténticas y del siglo IV.
El supuesto traficante puso en un predicamento a la Justicia, pues había sido arrestado por contrabandear antigüedades cuando, en realidad, se trataba de un falsificador que aprendió el oficio mientras trabajaba en un museo del país.
Sus obras llegaron a la Colección Morton D. May, al Museo Metropolitano de Arte de Nueva York y al Museo de Historia Natural del Condado de Los Ángeles, donde presentaron una gran exposición llamada ‘Arte del antiguo Veracruz’. En total, según Brígido Lara, circuló por el mundo alrededor de 40 mil piezas de cerámica precolombina.
Tras su liberación en 1975, lo contrataron en el Museo de Antropología de Xalapa por sus habilidades como restaurador, además de su buen ojo para reconocer lo que él mismo había hecho antes: buenas falsificaciones.
Un gran socio de los criminales

Un día, el húngaro Elmyr de Hory -a quien sus padres en realidad habían llamado Hoffmann Elemér- hizo un dibujo tan extraordinario que una amiga suya lo confundió con un Picasso y le propuso comprárselo. Él, en la miseria, desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial no le desmintió acerca del autor de la obra y se la vendió.
Aquel fue el arranque de una carrera en la que llegaría a vender alrededor de mil falsificaciones de Picasso, Matisse, entre otros. México, Ginebra, Ibiza, el copista se paseó por el mundo asociándose con toda clase de criminales que le ayudasen a circular sus obras.
En cualquier caso, su carrera declinó luego de discutir en público con un par de estafadores que eran sus socios. El escándalo despertó las sospechas del multimillonario Algur Hurtle Meadows, quien les había comprado un gran número de piezas y, por lo mismo, solicitó asesoramiento de un experto. Este descubriría que 44 cuadros en su poder no eran originales.
El 11 de diciembre de 1976, Elmyr de Hory que decía ser hijo de aristócratas se suicidó en Ibiza después de que le notificasen que iba a ser extraditado para juzgarlo por su historial de falsificaciones.
Tres años antes, Orson Welles lo había llevado al cine en F for Fake, un documental donde el cineasta afirma que la historia que contará es real, pero su expresión parece ponerlo en duda sobre todo porque admite que la película incluye trucos y falsificación. Al final, parece decir, aun en la mentira hay algo de cierto.

