Arroyo: el hombre que mató a Duchamp
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Arroyo: el hombre que mató a Duchamp

Por María Fernanda Ampuero

Fotos cortesía del pintor

Uno de los asesinos de Duchamp mira a la cámara desde un sofá que se adivina claro, a pesar del blanco y negro de la imagen, que se adivina cómodo y ojalá así sea porque va a estar sentado durante un interrogatorio larguísimo, impensable en estos tiempos de tuit. Habla. No come. No fuma. No camina. Habla.

—Yo he sido una persona con mucha suerte. Algunos amigos, cuando me oyen decir que he tenido mucha suerte, me corrigen: “No, no, Eduardo, por favor, es que tú tienes talento”. No, lo que yo he tenido es suerte.

Uno de los que tiró el cadáver de Duchamp desnudo por una escalera lleva traje y corbata oscura sobre camisa blanca: recuerda a un personaje de Tarantino.

—A mí me interesaba mucho dar combate contra la abstracción. Yo iba buscando gente que hiciera pintura figurativa, porque todo el mundo pintaba abstracto. Y esos eran los antagonistas, los enemigos.

Uno de los que redujo a piltrafa el cuerpo anciano del inventor del readymade, ya mayor él también, se desnuda en un documental impresionante, de un día entero de duración:Exposición Individual, 24 horas con Eduardo Arroyo.

—Me gustaría que me enterraran sentado, con un féretro como el del cuadro de Magritte, Madame Recamier, que es un ataúd articulado, de una persona que está sentada. ¿Para qué? Para ver la montaña con un periscopio.

En la pantalla

He quedado con Alberto Anaut, periodista y autor de la titánica entrevista al creador más importante de la figuración narrativa española, Premio Nacional de Artes Plásticas 1982. La conversación de Anaut con Arroyo ocupa 300 páginas en un libro y seis discos en DVD. El resultado de esa delirante idea es un inconmensurable testimonio oral en el que no solo se hace una historia del arte, sino también una historia del siglo XX. Arroyo, el hombre, vivió los sucesos que, desde la Segunda Guerra Mundial, transformaron Europa en la Europa que conocemos hoy.

Arroyo, el artista, configuró desde su exilio voluntario en Francia un nuevo panorama en una pintura que, hasta él y otros figurativos como él, estaba dominada por Duchamp y todos los que se montaban, circenses, en su rueda de bicicleta. Por eso Arroyo, junto a Gilles Aillaud y Antonio Recalcati, lo mataron: por “venir a traer toda esa tontería que estamos viviendo ahora, por producir esa caricatura que es el arte actualmente”.

—El cuadro (Vivir y dejar morir o el fin trágico de Marcel Duchamp) es simple —suena el torrente de la voz de Arroyo—. Es un pequeño cómic donde Marcel Duchamp sube las escaleras de su casa para ir a su estudio y ahí se encuentra a tres gánsteres, tres torturadores, que empiezan a interrogarle, que empiezan a pedirle cuentas de lo que ha hecho, y siempre a causa de sus obras. Le responsabilizamos de lo que ha hecho en el arte. Vuelan bofetadas, hay escenas duras en el cuadro, escenas prácticamente de torturas.

En la pantalla no se ve el “pequeño cómic”; es más, podría no existir. Hay que imaginarlo, seguir la voz del artista que escribe antes de pintar, que pinta narrativa. Arroyo cuentacuentos. Sí, este apasionado lector y también escritor (“un pintor que escribe”) es lo que hace en su pintura: contar historias. Lo explica mejor Julia Rico, especialista en arte contemporáneo y en la obra del artista.

—Eduardo Arroyo es un contador de historias, es un escritor de relatos pictóricos llenos de colores fuertes y planos, de figuras recortadas con un punto de vista satírico e iconoclasta. En él la palabra será sustituida por pintura y su perfil fresco, dinámico e irónico hará que desarrolle una pintura ágil y figurativa con códigos cercanos al arte pop. Este artista, que se siente comprometido con su tiempo histórico y con las circunstancias de su época, cuestionará las vanguardias artísticas por ser prolongación de la cultura dominante y desmitificará a sus protagonistas.

 

En el Reina Sofía

Después de estar años en el sótano del Museo Reina Sofía de Madrid, Vivir y dejar morir o el fin trágico de Marcel Duchamp por fin, 44 años después de ser pintado, está expuesto al público junto a Los cuatro dictadores y España te mira, otros cuadros míticos del artista madrileño.

Alberto Anaut, que quizás sepa más de Arroyo que el propio Arroyo, me prueba durante nuestra charla:

—¿Fuiste ya al Reina Sofía a ver la obra de Eduardo?

—Este… La vi en Internet y…

Mira el reloj:

—Ahora mismo puedes ir.

El puedes de Anaut suena idéntico a un debes. Tengo una hora hasta que el museo cierre.

Eduardo Arroyo: voy con la mente fija. Ni caso a Picasso ni así a Dalí ni una mirada a Miró ni bye a Man Ray. Arroyo está en la sala 428. Tras atravesar corriendo como una bestia desalmada lo más del arte del siglo XX, llego. Lo que se ve en la insulsa pantalla de la computadora no puede compararse a estar frente a esa tortura colorista, crudelísima fotonovela pop: el abuelo artístico de Reservoir Dogs de Tarantino. Los pensamientos pasan del “pobre Duchamp” al “te lo mereces por sacar el urinal del baño y ponerlo en el museo, por abrir esa puerta ancha-ancha al arte contemporáneo y a (por mencionar uno) Demien Hirst y su tiburón disecado en una pecera”.

Duchamp en calzoncillos, desparramado, y creo que castrado, es la última imagen de la serie.

A su derecha más: Los dictadores (Franco, Mussolini, Hitler y Salazar), cuatro cuadros tremendos, viscerales —nunca mejor dicho—, que fueron muy polémicos en su día y que no se habían podido exhibir —sin cubrir las banderas que los identifican— hasta hace muy poco. Con todo su horror intacto, con esos corazones podridos de ideologías, tienen una actualidad nauseabunda. Un ligero mareo me acompaña durante el resto de la noche.

 

En El Prado

Hoy Eduardo Arroyo ya no es el chico que pega a surrealistas en cuadros. Terno amarillo tostado, camisa clara, el señor en el que se ha convertido Eduardo Arroyo está sentado, mano sobre mano, bajo un letrero con su nombre, y el director del museo, Miguel Zugaza, conversa sobre El cordero místico, la exposición que se inaugura.

La pregunta de rigor, obvia hasta la vergüenza: si Arroyo es un pintor contemporáneo, modernísimo, ¿por qué está aquí al lado de Velázquez, El Bosco o Rubens? Porque ha hecho una “traducción”, explica Zugaza, de El cordero místico de Van Eyck, y El Prado, como ha ocurrido con otros grandísimos pintores vivos que han “conversado” con los clásicos (Francis Bacon, Richard Hamilton), lo ha invitado a exponerla bajo su increíble techo.

Un honor enorme que Arroyo acepta con algo que —tontamente— se podría llamar timidez, pero que en realidad se llama humildad. El artista gigante habla como si fuese un muchacho que borronea cuadernos. Habla el muchacho con voz de mayor:

—Francamente, hombre, me doy cuenta de la importancia, me doy cuenta con qué interés El Prado ha mostrado este trabajo mío. Se ve rápidamente cuando se entra a la sala todo el aporte, digamos, enorme del museo con respecto a este trabajo. Me llena de una gran satisfacción.

En El cordero místico de Arroyo —a diferencia del original, el Políptico de la adoración del cordero místico (Hubert y Jan Van Eyck, 1432) y a diferencia de las demás obras de Arroyo— no hay color. Negro sobre blanco, línea sobre cartulina. Con el recuerdo fresquísimo de sus cuadros en el Reina Sofía, le pregunto por qué esa especie de depuración del óleo abigarrado y delirantemente colorista al ascetismo del lápiz.

—Bueno, lo que usted ha visto en el Reina Sofía son obras de juventud, de 1963, y lo del Prado es de 2008, entonces es lógica la diferencia. La evolución de un artista es tan enorme que muchas veces uno no se da cuenta de si es el mismo. La traducción que yo he querido hacer de El cordero místico la he querido hacer en dibujo. Este cuadro está considerado por historiadores del arte como la primera gran pintura al óleo, ¿no?, prácticamente como la invención del óleo y, si yo hubiera interpretado El cordero místico como interpreté La ronda de noche (Rembrandt), pues tendría mucho colorido, lo que pasa es que yo lo que he querido hacer en este caso es hacer el contrario: ese invento del óleo pasarlo al lápiz.

Al teléfono

Sé cosas que ustedes no saben. Sé, por ejemplo, que Eduardo Arroyo está obsesionado con las moscas, moscas grandes, amarillentas y barrigonas, moscas que sobrevolaban a Franco, que eran Franco, moscas que obligaban a exiliarse (“me he pasado toda mi vida buscando moscas en los museos”, “la vida sería muy aburrida sin moscas”) y sé también que uno de los libros que, para Arroyo, deberían reemplazar —o al menos coexistir— con la Biblia en los veladores de los hoteles es Rojo y negro de Stendhal.

Sé que su relación con sus cuadros es mala.

—Son cuadros que he pintado y tampoco lo puedo negar, pero no tengo relación con mis cuadros, no vivo con ellos, no hay ningún cuadro mío en mis diferentes casas ni en mis estudios. Están vueltos contra la pared o empaquetados… Para mí la relación intensa es la que vivo con una obra mientras la estoy haciendo, desde que la empiezo hasta que la termino. Es una relación obsesiva, complicada, difícil, traumática, angustiosa… Pero en el momento que yo firmo el cuadro en el centro, abajo, y por detrás, en ese momento no me pertenece en absoluto.

Sé, además, que contesta él mismo el teléfono porque no “soporta no saber quién llama y para qué”. Marco su número, suena tres veces y lo escucho decir: “¿Hola?” Está ocupado en unas esculturas, el gran artista está trabajando, pero no dice: “Llámeme luego”. Eduardo Arroyo, cuyas pinturas se han expuesto, en los museos más importantes de España, en el Guggenheim de Nueva York y en el George Pompidou de París, contesta él mismo el teléfono.

Tengo una última pregunta, resumen del eduardoarroyismo tenaz de los últimos días, de las conversaciones con gente familiarizada con su obra: artistas, periodistas, galeristas, críticos y aficionados. La pregunta es: “¿Qué se siente que la gente diga que uno es el pintor español vivo más importante, luego de la muerte de Antoni Tàpies en febrero?”

Arroyo ríe, ríe y tose y vuelve a reír, una risa sorprendente y gráfica, una risa tal que parece que la grabadora misma se estuviera riendo. Una última tos y cambia de tema:

—¿La revista es mensual o quincenal? ¿Me mandará un ejemplar? Mi dirección es… ¿Y es nada más de arte o de actualidad?

Respondo aplicadamente… Repito la pregunta.

—Mire usted, francamente, yo siempre me he quedado muy perplejo con respecto a las clasificaciones y le voy a decir más: me divierte mucho lo que me acaba usted de decir porque la revista de El Mundo publica cada año una lista y antes me ponían entre las 25 figuras más importantes del arte en España y hace cuatro años que no aparezco. Quiere decir que mucha gente ha votado a 25 personas delante de mí, o sea que, vamos no, no me puedo creer eso. No me creo lo de El Mundo ni tampoco me creo lo que dicen sus amigos muy amables. Ya hablando en serio: creo que esto no es una clasificación deportiva. No es una cosa que yo tome muy en serio y en consecuencia no es una cosa que me preocupe mucho. Aparte que es más fácil medir un salto de altura, que se mide en centímetros, que medir una cosa que no es medible.

El hombre que mató a Duchamp se queda en silencio. Un silencio que conocemos bien los que hacemos hablar a la gente, un silencio que no admite más preguntas, solo despedidas.

—Gracias. No le quito más tiempo.

—No hay de qué. Hasta luego.

Y yo creo y él cree, pero sobre todo yo creo, que hemos terminado.

—¿Oiga? —interrumpe justo cuando voy a aplastar la tecla roja—, no se va a olvidar usted de mandarme la revista.

—No lo olvidaré —prometo. Y cuelgo.

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Recuadro

Contra los dictadores

Nacido en Madrid, en 1937, en plena guerra civil, este artista con formación periodística ha sido figura clave en el desarrollo de un arte español con compromiso político. Su obra no se difundió en España hasta la transición democrática, por su postura crítica ante la dictadura militar de Franco. Vivió 20 años en Francia y pintó cuadros como Los cuatro dictadores (1963) y Francisco Franco, centinela de occidente (1970). Conocido sobre todo como pintor, ha desarrollado interesantes proyectos a través del grabado, la escultura, el dibujo, la escenografía y la escritura.

Muchas obras de Arroyo se caracterizan por la ausencia de profundidad espacial y el aplanamiento de la perspectiva. En lo que respecta a las temáticas, ridiculiza y reinterpreta, en muchos de sus trabajos, los tópicos españoles: ejemplo de ello es el lienzoCaballero español (1970), en el que el protagonista posa con un vestido de noche. Otros cuadros reconocidos son Carmen Amaya fríe sardinas en el Waldorf Astoria (1988), El camarote de los hermanos marxistas (1991), y El paraíso de las moscas o el último suspiro de W. Benjamin a Port-Bou (1999).

 

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