Apocalípticos y pasmados
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Apocalípticos y pasmados

pasmados

Por María Fernanda Ampuero

Si están leyendo esto, los mayas no tenían razón o era nomás por joder.

¡Inocentes!

Lo cierto es que aquí estamos, no solo con un nuevo año entre manos, sino con, atención, un mundo que no hizo kabum-y-al-diablo-con-todo.

Empieza el año en el que inauguramos una segunda oportunidad, un bis, una secuela: La humanidad, el regreso. Sí, sí, es como si el creador de todo este circo hubiera dicho: “Bueno ya, está bien, que sigan un poco más estos peleles a ver si esta vez lo hacen mejor”. Uf, nos pasó de año. Amigos, creemos que es 2013, pero es el Año Cero de la era post no apocalipsis, la última oportunidad que tendremos de arreglar este desaguisado antes del verdadero colapso, de la jalada de válvula cósmica.

Para arreglar el mundo se empieza por casa, así que yo comencé a organizar mis cosas, las de adentro y las de afuera, para estar lo mejor preparada para el final porque, aunque suena a enganchabobos lo de la profecía, mayas vemos, corazones no sabemos…

A ver esos incrédulos, ¿y si sí mismo era el Apocalipsis, qué: iban a recibir el fin del mundo odiando al vecino, retuiteando un chiste sobre Lucio, pateando al perro, viendo tetas, sin haber dicho a los queridos que los quieres, comiendo sopa de sobre, criticando a la suegra, mirando el BlackBerry?

No señor, a mí el fin del mundo no me iba a agarrar maluca, tóxica, en deuda. Por eso, por si acaso, dejé de comerme a los animalitos y los cambié por verduras y frutas orgánicas, comencé —a la vejez viruela— a andar en bicicleta, reduje al mínimo los gastos, aumenté la dosis de besos diarios, escribí a todos los amigos que los quiero, decidí hablar solo para decir cosas buenas y también decidí que nada me crisparía: ni el Gobierno ni la crisis ni la corrupción ni el dinero. Porque me olvidaba de decirles: aquí donde escribo esto, en España, el fin del mundo se vive hace años en incómodas cuotas mensuales.

Bien pensado, acabar un año se parece bastante al fin del mundo. Es lo mismo, aunque sin bola de fuego planetaria estrellándose contra la Tierra y gente calcinándose: versión Disney. Cuando termina un año se acaba un mundo chico, comprimido, de 12 meses y en el que tuvimos —y perdimos— muchas oportunidades de empezar a ser la persona que soñamos ser, la mejor versión de nosotros mismos y acabar con la anterior, la pirateada. Pero dejamos pasar los marzos, los septiembres, los ¡chuta ya mismo se acaba el año! Y ese día, el 31 de diciembre, piensas: “carajo, no he hecho nada” y te arrepientes y valoras lo importante, abrazas a los tuyos, lloras y dices que es el humo y decides que ahora sí, ya verán, por mis mismísimas que voy a cambiar:

—¡Este año boto el pucho!

—¡Allá voy gimnasio!

—¡Ni una salchipapaburguerbaconextraquesoalogrande más!

—Por qué nos peleamos ñañita, si yo, qué bestia, cómo te quiero.

Y el primero de enero empieza otra vez el mundo a dar la vuelta, arranca, se reinicia como las computadoras y abre una página en blanco. ¿Será que podemos aprovechar esta vez sí para hacer las cosas un poquito mejor? Digo, lo hemos hecho de forma tan profundamente lamentable que cuán difícil puede ser.

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