Apocalipse Now
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Apocalipse Now

Por Huilo Ruales.

Ilustración: Miguel Andrade.

A partir del terremoto, la gente perdió la cabeza. Apiñada y de rodillas imploraba perdón con las manos al cielo o a cuatro patas; abrién­dose paso por la densa polvareda, buscaba hi­jos, madres, amores y hasta muebles y artefactos propios o ajenos. Los señores decentes que no habían optado por el éxodo andaban patisu­cios, barbados y hambrientos, como jamás. Las mujeres habituadas al carmín y las bambalinas parecían fugitivas de los manicomios con sus ro­pas andrajosas y pelos revueltos y terrosos. So­lamente los niños, en medio de los escombros, encontraron inusitados juegos bélicos y terrores nunca experimentados.

La cordura, el sentido común, la poca empatía antes existente, hasta la compasión, desaparecieron en las ruinas de los Kitos In­fiernos. No se diga cuando semanas más tarde, soltando un gemido propio del mismo averno, la tierra tembló nuevamente. Entonces, sí, brotó el delirio de la sobrevivencia. El miedo voraz que volvió a todo bípedo desconocido un enemigo al que debía eliminarse.

Nada más, o mucho más, se podría co­mentar, aparte de aludir a ciertos brochazos de estupidez y heroísmo. Por ejemplo, el des­comunal esfuerzo de un grupo de escuálidos patriotas que, al encontrar decapitado en media calle al mariscal Antonio José de Sucre, se afanaron en soldar al cuerpo su cabeza para después encaramarlo sobre el descomunal caballo en su pedestal. O la naturalidad con la que brotó en el pestilente portal de Santo Domingo una cama general, la más grande del mundo. Al lado de los que morían desangrados

o con la peste que trajo el terremoto, otros fo­llaban con la lengua colgada, como perros. Los músicos ciegos, que en el sismo habían perdido sus familias pero habían salvado sus instrumen­tos, tocaban sin descanso canciones de amor y desamparo. Las putas, generosas, regalaban polvos a veces venéreos. El aguardiente y el mertiolate circulaba con la misma intensidad. Y el cielo hedía a mortecina y esperma de bajo mundo.

En cambio, los desvalidos que fueron más cautos se guarecieron en las derruidas iglesias, en los palacios destrozados, incluido Caronde­let que apestaba a establo, creosota y mirra; en las iglesias coloniales, de cúpulas desfondadas y cristos y santos descoyuntados esparcidos por el suelo. Mientras que en las calles, aparte de los perros esqueléticos y las ratas cada vez más grandes, pululaba una creciente romería de zombis provenientes del sur y de los valles ale­daños cuyo destino era el reino del Quito Norte.

Hasta que, precedido de rumores diabóli­cos, empezó el trabajo nocturno de los Para­digmas. A garrote limpio, embarcaron en sus camiones grises a mendigos, putas, locos, campesinos, maricas, yonquis, teatreros y poe­tas que se habían adueñado de las calles y los parques públicos. Bastaron pocas noches para que aquella fauna fuera evacuada al gran ver­tedero natural, al fondo de la Amazonía. Allí se borraron para siempre la mayoría de depreda­dos. Unos, gracias al apetito de los pumas, las ponzoñas, las serpientes, la inclemencia de la misma naturaleza. Otros, porque se les torció el destino gracias a la memoria enredada, el sabio desobligo, el encanto de la desnudez. En cambio, los obstinados, los kamikazes, sin alas y los pies reventados, volvieron a los Kitos In­fiernos, a morir luchando y cerca de sus muer­tos. O, como declamaba un vate forrado de fango amazónico, porque el sentido de la vida y de la muerte estaba en la desolación y los escombros.

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