Antonio Berni: el artista camaleón
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Antonio Berni: el artista camaleón

Por Daniela Merino Traversari

 

El contexto social donde se desarrolla un artista es fundamental para entender su creación. Ese espacio donde crece, como ser humano, primero, y luego como creador, se manifiesta en su obra, indiscutible e inevitablemente. Los vientos políticos, sociales y económicos del mundo externo traspasan los filtros de la piel y el intelecto para mezclarse con lo propio y generar un producto nuevo. Eso se ve muy claro en la obra de Antonio Berni, uno de esos grandes creadores argentinos del siglo XX, rescatado en el último par de años gracias a los esfuerzos del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) y el The Museum of Fine Arts, Houston (MFHA) y la gran curadora Mari Carmen Ramírez.

La manifestación del contexto social en los trabajos de Berni es producto de una sensibilidad profunda con su gente, con la historia de su país y del resto del mundo. Una narrativa pictórica muy innovadora para su época, que incluye, por ejemplo, la creación de personajes populares como Juanito Laguna y Ramona Montiel, más la invención de la técnica del xilocollage y la reutilización de materiales recogidos del entorno, arman una propuesta muy vanguardista, hasta de matices cinematográficos, generando historias que avanzan en el tiempo y conjugan, exitosamente, elementos tan diversos como los del surrealismo, realismo social, el neoexpresionismo y el pop.

 

Del surrealismo al realismo social

Berni nació en Rosario, en 1905, en el seno de una familia humilde y sencilla, donde el padre era sastre y la madre ama de casa. Allí desarrolló la sensibilidad suficiente para reflejar una realidad distinta de su país, la otra cara, la que muchos intelectuales y artistas preferían evadir. Y fue un camaleón, capaz de transformar su obra en diferentes estilos, sin que estas dejaran de mostrar su huella. En los años veinte, viajó a Europa, becado por el gobierno provincial. En París se relacionó con el poeta Luis Aragón, quien lo introdujo en la aventura surrealista. Luego, una gran muestra de Giorgo de Chirico lo deslumbró de tal manera que marcó un punto de inflexión en la carrera del maestro argentino. La metodología de De Chirico nada tenía que ver con el automatismo psíquico de los surrealistas más “ortodoxos” (si se pueden llamar así); esa manera de yuxtaponer objetos era más bien un proceder consciente y deliberado.

Berni sigue esta línea, en la que la razón descubre y celebra las inconsistencias, paradojas y absurdos de la realidad. El tiempo congelado, esos espacios oníricos que asocian arbitrariamente elementos incongruentes, un cierto humor negro, marcan sus pinturas de esa época, señalando un momento de intensa exploración, pero que guiará, a través de un hilo sutil, el rumbo de su obra hasta el día de su muerte. El aire surrealista estará siempre presente, hasta la creación de la narrativa con Juanito Laguna y Ramona Montiel.

Durante los años treinta, de crisis y revolución, Berni aborda en grandes lienzos el tema de la miseria humana y el maltrato social, alineándose con las grandiosas imágenes del muralismo mexicano y fundiéndose también con un estilo fotoperiodístico que había practicado. Es imposible no relacionar a los personajes de Manifestación y Desocupados con los rostros dolidos de la obra de Orozco o Siqueiros. Así inaugura su etapa del realismo social, que nos habla de contenidos más que de propuestas formales como los demás “ismos” de aquella época.

“El artista está obligado a vivir con los ojos abiertos. En la década del treinta, la dictadura, la desocupación, el hambre y las ollas populares creaban una tremenda realidad que rompía los ojos”, recordará después el artista. Además, el auge del nazismo y el fascismo italiano afectaban profundamente al pintor.

 

Protagonista: Juanito Laguna

La profunda visión de Berni no solo que refleja un mundo, sino que lo reconstruye para incrustarse en el colectivo imaginario porteño. El diario La Nación, con motivo de la última apertura de la retrospectiva de Berni en el Malba, cuenta que, a principios de los años setenta, un agente de policía, que cumplía tareas de rutina en el espacio donde iba a exhibirse la obra, se acercó al ya entonces reconocido maestro y le sugirió algo para el niño de sus obras: “¡Maestro!, cuando Juanito cumpla los dieciocho, avise. ¡A ver si lo salvamos de la colimba!” O sea, del servicio militar. Broma o no, lo cierto es que Juanito era un personaje conocido y se esperaba que siguiera creciendo y generando nuevas historias.

Porque había una vez un niño que se llamaba Juanito Laguna. Juanito era pobre y vivía en un barrio en las afueras de Buenos Aires. Su padre era un obrero de la industria metalúrgica y su madre, ama de casa. Juanito iba a la escuela y ahí aprendió a leer. Como los demás niños, también festejaba las Navidades. Le gustaba cazar mariposas y remontar cometas. También hacía travesuras: un día se tiró a nadar en una laguna con su perro. Le gustaba mirar las estrellas y una vez vio pasar a un cometa, cuyo tripulante lo saludó. Era Yuri Gagarin, el astronauta ruso lanzado al espacio en abril de 1961.

Juanito hace su debut internacional en la Bienal de Venecia del año siguiente, en la que Berni obtiene el gran premio por su técnica de grabado. Es el primer argentino en la historia que consigue este galardón.

Juanito está inspirado en cientos de niños con los que creció el artista, jugando libremente en la calle. Como declara el propio Berni: “Es un chico pobre pero no un pobre chico. No es un vencido por las circunstancias sino un ser lleno de vida y esperanza, que supera su miseria circunstancial porque intuye vivir en un mundo cargado de porvenir”.

Como latinoamericanos es imposible no relacionarnos con él. Está ahí, en nuestros barrios marginales, jugando en las esquinas. Es el arquetipo de una realidad argentina y nuestra. Quizá la diferencia entre el Juanito real y el Juanito de Berni sea que este último nos muestra una imagen más alentadora, que también está determinada por los materiales que el artista ha ido recolectando a lo largo del tiempo: tachos, maderas, tapitas, tornillos, clavos, latas y un incontable número de materiales de deshecho bastante atípicos.

Si estos cuadros están tan repletos de realidad es gracias al uso de estos materiales y su ensamblaje. Es esta realidad matérica la que permite que el límite entre el espacio artístico y la vida de Juanito en la calle se difuminen. Como diría el experto en Berni, y excurador del Malba, Marcelo Pacheco: “El uso del collage y del ensamblado puso aún más en juego el problema de ‘lo real real’ y fortaleció las conexiones subyacentes de la actividad social que se oculta en el mundo concreto de los objetos”.

Antonio Berni, al trasplantar esos materiales encontrados en el entorno, da una nueva vida a su obra. El artista resignifica estos elementos dotándolos de un nuevo sentido. De esta manera, tuerce drásticamente el trayecto del realismo, innovando profundamente los límites de la pintura en los años sesenta. Desde aquí, desde estas historias contadas entre metales, maderas y latas oxidadas, Berni criticará al mundo sin ningún temor con la monumentalidad de sus obras y la poderosa textura de todos sus materiales, con un enorme compromiso social e interior.

 

Y con ustedes… ¡Ramona Montiel!

“Ella es el símbolo de otra realidad social cargada de miseria, ya no en el exclusivo plano material, como en el caso de Juanito, sino también en el otro, en el del espíritu, con sus desequilibrios neuróticos propios de una mujer de su condición social, atrapada por la telaraña de la sociedad de consumo —afirma el creador—. Ya no son las latitas y las maderas del rezago de los cuadros con el tema de Juanito, sino los vestidos de utilería, las falsas piedras preciosas y el brillo de los metales bañados en oro”.

Ramona Montiel es una y varias mujeres. Son la misma, pero son todas distintas. Ramona es una obrera, una estríper, una costurera, una prostituta. Es un personaje de arrabal, surgido de la letra de un tango, algo así como una Milonguita, pero también con una pizca de Marilyn Monroe, diría Berni. Vive en condiciones de miseria, al igual que Juanito, pero más que materiales, espirituales. A través de los años, Ramona pasa por distintos acompañantes de su influyente círculo social: un militar, un marino, un guía espiritual, un conde, un embajador, y luego, con la ayuda de un obispo, se convierte en una mujer de la burguesía. Vive en el corazón de la gran urbe: Buenos Aires. A través de Ramona, el artista penetra diferentes aspectos de las presiones históricas que recaen sobre la mujer, al igual que la influencia que ejerce la televisión y la publicidad en la construcción de una identidad femenina.

Berni comenzó a desarrollarla mientras vivía y trabajaba en París, después de 1962. Hurgó en los mercados de pulgas parisinos buscando materiales para la construcción de su nuevo personaje: viejos vestidos de lentejuelas, encajes, sedas, oropeles, pasamanerías y demás prendas con que se vestían las mujeres de La Belle Époque. Ramona era una inspiración directa del cabaret francés y su figura principal: la corista.

Ramona se convirtió en protagonista de una serie de innovadores grabados, en los que Berni inventó y experimentó con la técnica del xilocollage relieve a profundidad y de maneras muy provocadoras. Él mismo lo explica: “Se llaman así en primer lugar por el sistema de copia a la prensa semejante a xilografía; lo del collage, por usar en la matriz formas hechas, pegadas o moldeadas al negativo; lo de relieve está referido al volumen obtenido, en algunos casos de hasta cinco o más centímetros de espesor, enriquecido a la vez por el entintado de la plancha, del que se impregna el papel gracias a la presión recibida a su paso por la prensa”.

En resumen, Juanito Laguna y Ramona Montiel fueron las creaciones más importantes de este gran artista argentino.

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