Ancón de mis petróleos
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Ancón de mis petróleos

San José de Ancón muy brevemente sería: parroquia rural y patrimonio. Pionera en sistemas inteligentes. Productora del primer barril de petróleo en 1911. Terruño del futbolista Alberto Spencer Herrera. Definida en el diccionario como “ensenada pequeña en que se puede fondear”. Cedida a administración estatal en 1976.

Adentrarse es ver monte elevado, casas derruidas y otras recién encementadas; silbido de aves mezclado con golpes de balancines que aún buscan petróleo. El zapato entra en la tierra fangosa y, ¡zas!, el contorno se hace lodo, pesado, lento. Tal como se percibe la vida tras el paso de Anglo Ecuadorian Oilfields.

La Anglo es casi siempre hablar de los “gringos”. Aunque en realidad sus fundadores fueron ingleses. Recordarlos es evocar a la nostalgia:

“Nosotros pudimos vivir la época de oro. Teníamos cine, piscina, tren”.

Pedro Teófilo Domínguez, 68 años. Más conocido como Perico de Ancón, sello que lleva en su carro y obras que pinta. Aún vive en Ancón.

“Te llegaba el pan todos los días a las 17:00 a tu casa”.

María del Pilar Vera Pozo, 61 años. Dejó Ancón a los quince años para irse a la parroquia Muey. Vive en Guayaquil.

“El combustible que hacía funcionar al Ecuador era de Ancón”.

Jimmy Morgner Quirola, 43 años. Anhela crear un ciclopaseo.

“Ancón era como un país chiquito donde los gringos nos tenían muy bien”.

Lilian Lindao Mateo, 55 años. Vive en Ancón.

La huella de Anglo

El asentamiento de la Anglo en el país fue un proceso que partió de la iniciativa del expresidente Gabriel García Moreno en 1870. Supo que había petróleo e invirtió en expediciones científicas en las que llegó a contratar al alemán Theodor Wolf.

Wolf recorrió el territorio con gran interés. Centró su atención en el origen del copey —como se conocía al petróleo— en la península. Fragmentos de esa aproximación los recoge Jenny Estrada en su libro Ancón, 100 años en la historia petrolera del Ecuador:

“… ahora las capas explotables se hallan en el terreno cuaternario, en ellas se presentan muelas y huesos de mastodontes y otros mamíferos de la época cuaternaria”.

Los restos fósiles fueron decisivos para hallar tanta riqueza. Wolf describió la sustancia como “perfectamente líquida, de un color verde oscuro en la luz refleja y pardo en la luz transmitida”. Esas características, aunque enunciadas en el siglo XIX, siguen intactas.

Jimmy Morgner guarda lo que asegura es “la sangre de Ancón”, es decir, algo de petróleo. Trae el líquido viscoso y pide que lo toque. Se siente como cualquier aceite. Su olor es de un lubricante común. Gotea sobre mi cuaderno y la mancha se expande, se impregna como grasa. Mi libreta de apuntes ahora esconde oro negro.

La casa de los Morgner Quirola a simple vista podría parecer deshabitada. Está en el barrio inglés. Adentro hay una brisa que alza las cortinas delgaditas. Desde afuera Jimmy resalta algo en su cocina: la tubería oxidada por donde llega el gas.

“Es un pozo direccional hacia el mar y ese pozo nos provee de gas natural”, explica Jimmy sobre cómo una gran llave amarilla a nivel del suelo le suministra este servicio.

La cantidad exacta de quiénes se benefician no la tiene ni el Gobierno Autónomo Descentralizado (GAD) parroquial. Elsy Suárez es presidenta ahí y asegura que son poquísimos distribuidos entre los barrios Inglés y Central.

En cuanto a la seguridad de esta conexión subterránea Suárez indica que Pacifpetrol se encarga. Sobre la permanencia del servicio cuenta que “se les pretendía cerrar, pero se medió para que la tubería continúe”. El tiempo que dure es incierto.

¿Y la “Ciudad Modelo”?

Esto que hoy se cuenta como un privilegio fue parte de las ayudas que la Anglo daba. Todos recibían gas por tubería. A nadie le faltaba electricidad. El agua evacuada por los servicios higiénicos provenía del mar, mientras que la de consumo era desalinizada en una planta. La vida se sentía próspera.

No fue gratuito que Ancón recibiera el sobrenombre de Ciudad Modelo.

Sobre la Av. Queen Elizabeth está el Club Ancón. Insignia de la vida social y factor diferenciador entre ingleses y nacionales. La edificación de los años veinte fue completa: salón de actos, pista de baile, bar, comedor, piscina de agua de mar y canchas de tenis. Eso fue lo que hubo y ya no hay.

De 1925 a 1928, la Anglo exportó 152 704,28 toneladas de petróleo crudo a Inglaterra, Canadá y Estados Unidos. Ya en 1955 se alcanzó el máximo potencial con diez mil barriles diarios. El apogeo se vaticinaba inagotable.

La recesión del 76 continúa

La curva de crecimiento bajó en 1967. De acuerdo con una reseña de Petroecuador, la Anglo proclamó en ese año que “los yacimientos de la península estaban casi agotados”.

Tras la salida de Anglo (1976) —que lo hizo tras el fin de la concesión de cincuenta años— vino la Corporación Estatal Petrolera Ecuatoriana (CEPE), que se instaló en Ancón hasta 1994. En ese período cambió de nombre. Desde 1989 CEPE pasó a ser la empresa estatal Petróleos del Ecuador, Petroecuador.

El bajo volumen de producción motivó la retirada de este brazo estatal. En su reemplazo quedó la Escuela Politécnica del Litoral (Espol), que a su vez se asoció con la Compañía General de Combustibles (CGC). Esta relación duró hasta el año 2000.

La industria petrolera en Ancón se debilitó. Para el nuevo milenio la capacidad máxima era de mil barriles de petróleo por día.

Iniciado 2002 la participación de la CGC fue adquirida por Petróleos del Pacífico S. A. Pacifpetrol. Pasaron nueve años para que esta compañía del grupo empresarial Petrogas, de origen mexicano, firmara contrato con el Estado ecuatoriano.

Según la página de la Superintendencia de Compañías, Valores y Seguros (Supercias), Pacifpetrol logró en 2020 ingresos totales por más de cinco millones de dólares.

Pero esos dólares no los percibe la comunidad. Desde el GAD afirman lo contrario.

Elsy Suárez, como la principal de esa entidad, dice que hay al menos dos grandes obras en camino: la primera es la regeneración de lugares como los barrios Manabí, Unión, Inglés, el hospital básico y la playa Acapulco. La Prefectura pondrá dos millones de dólares para su ejecución. Luego está la renovación del alcantarillado, ese estudio va al 80 % y lo trabaja la Alcaldía. ¿El año en que esto se haga realidad? Quizás 2022.

La iglesia de San José de Ancón data de 1956. Hay proyectos para recuperar su estructura, pero hasta la fecha no ha sido intervenida.

El patrimonio que nunca fue

Para la arquitecta Tanya Donoso Mogollón el que un lugar sea declarado Patrimonio es un gran paso. Lo difícil “es el desarrollo de un marco legal” apropiado. Mucho más “cuando la agenda económica del país no contempla proyectos que impulsen la conservación y utilización de espacios patrimoniales”.

Para muestra está el Club Los Andes donde se inició Alberto Spencer. El lugar se mantiene activo con una exposición sobre el futbolista. Al fondo, un escenario inutilizado y, sobre el piso de madera, heces de palomas.

Perico de Ancón dice que el haber logrado la declaración de Patrimonio no les aseguró ningún impulso extra.

Alberto Spencer. Ancón, Santa Elena, 1937.

“La iglesia tiene más de ocho años en trámite y todavía no arreglan”, insiste Perico. Perdió la cuenta de la cantidad de oficios enviados al Instituto Nacional de Patrimonio Cultural (INPC). “Que es propiedad privada y no pueden intervenir”, nos dicen.

Es un domingo en pandemia con misa. A manera de susurros se oyen cantos. La casa de Perico está en la Av. El Petrolero, barrio Central.

La arquitectura se conserva como los ingleses la dejaron: pilares cortos como base y sobre ellos paredes ligeras a base de un entramado de caña y quincha, sellada con barro que genera una frescura natural que no pide favores al aire acondicionado.

La especialista Tanya Donoso considera que, aunque se busca siempre preservar elementos característicos, hay que “tener claro que las necesidades de nuevos espacios dentro de la vivienda pueden surgir”.

Eso pasó con la vivienda de Lilian Lindao. Su padre fue tractorista y la Anglo le concedió una casa en el barrio Guayaquil. Como fue renovada, no recibió la ayuda estatal de 2013. Consistió en una inversión de 150 mil dólares para rehabilitar veintiséis casas. Pero la mayoría ya están descascaradas en sus fachadas, rotas.

“Me enseñé aquí, vivo aquí y no me pienso ir de aquí”, dice Lilian. Ella tiene memorias de los viernes de sanidad cuando las casas eran inspeccionadas de cabo a rabo.

Internamente había una alerta que todos reconocían: el pito del andino y del pavero. Dos carros que se turnaban para recoger las viandas de los trabajadores en la rotonda, el redondel donde ahora en letras grandes se lee ANCÓN.

Con esas letras de fondo, Pilar Vera se sacó una foto en su última visita. Hablamos por teléfono y su voz se quiebra recordando el día en que se marchó. “Me llevé dos pomas de agua dulce pensando que me iba a alcanzar para bañarme, para tomar. Lloraba en el camino porque sabía que no íbamos a volver”.

Su padre fue el panadero de la Anglo, lo que resultó un placer inconfesable porque en casa llegaron a probar lo más exclusivo. Placeres que no retornan y son parte del patrimonio no documentado en los 78 kilómetros cuadrados de Ancón.

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