Amiquemeimporta 500 mg.
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Amiquemeimporta 500 mg.

Por Milagros Aguirre.

Ilustración: ADN Montalvo E.

Edición 433 – junio 2018.

ojodeagua#433Alguien me recetó esa pastilla. No, gracias. No quiero ni un miligramo de ella, aunque duela. Porque importa. Importa y se siente en la piel el dolor del país cuando duele. Importa la desesperanza y el abandono. Importa y da grima que aún vivan en carpas gentes que lo perdieron todo en el terremoto de abril de 2016; que los niños en San Lorenzo no pidan caramelos o juguetes, sino agua; que el consumo de drogas sea cosa de todos los días en las escuelas y colegios y que los padres tengan que amarrar a sus hijos con cadenas para evitar que se sigan drogando, que se vuelvan zombis y que se lastimen y flagelen. Importa. Y debe importar. Porque la única manera de que las cosas cambien es con una sociedad consciente y activa.

Lamentablemente hay muchos que toman su píldora diaria de amiquemeimporta de 500 mg. Es más cómodo no enterarse y seguir la vida sin detenerse, sin mirar, sin saber. Duele menos. O no duele. Pero una sociedad anestesiada, que no quiere ver ni oír, es vulnerable a cualquier cosa.

El antídoto a la frustración de la política no puede ser la dosis de amiquemeimporta. Eso no se cura. Tampoco se cura el mal del populismo de esa manera. Ni se cura la corrupción. No es suficiente ignorar lo que pasa para que la realidad no exista. No basta con no ver televisión ni redes sociales, no escuchar las noticias, no leer los diarios ni las revistas, para que la realidad mejore.

Importa. Importa el asesinato de Samuel Chambers, un chico que vivía al margen y que eso le costó la vida. Importa el dolor de la madre de David Romo que no encuentra consuelo por la desaparición de su hijo. Importa el secuestro y asesinato de periodistas en la frontera cuando iban a buscar una noticia. Importan los dramas de los abusos sexuales en los colegios. Importan el país y el mundo.

Usted, querido lector, ¿quiere tomar unas píldoras de amiquemeimporta de 500 mg, para evitar el dolor, hacerse el desentendido y dormir tranquilo? ¿O se anima a hacer frente a la realidad y a tomar posiciones, a llorar si le entristece lo que sucede o a gritar por la paz, por la vida, si considera pertinente, aunque todo eso le provoque pesadillas?

Mucha gente camina por ahí con la pastilla bajo la lengua, sin darse cuenta, sin enterarse. A veces siento una sana envidia: no sienten, son inmunes al dolor, a la angustia o al miedo. Pero se pierden de otros sentimientos: el cálido del abrazo solidario, la satisfacción de tender la mano a quien necesita levantarse, la alegría de haber aportado un grano de arena a la construcción colectiva, la emoción de reclamar por una injusticia.

Definitivamente no me tomaré ninguna dosis de amiquemeimporta. Prefiero que me importe, a caminar por la vida, como autómata, desde la indiferencia.

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