Amelia
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Amelia

Huilo Ruales

Desde que yo recuerdo mi vida carecía de piso, de allí que andaba siempre con la sensación de estar cruzando una interminable tarabita. Debe ser por ello que tendía a agarrarme fuertemente de la chica de turno, más que nada para no caerme. Otra era la situación cuando el amor, o más bien dicho el deslumbramiento, me embestía directo al pecho. Así debe ser la muerte de los santos, me decía casi arrodillado ante el milagro. Así debe ser de grandioso el infierno, me decía tiritando de existencia ante el hechizo. Tres veces me ocurrió tal prodigio. Tres creaturas que llegaron realmente a salvarme o a hundirme, que en ese caso resultaba lo mismo. La Renata, piel de pétalo y lengua azulina, que me ocurrió a los diecisiete años, cuando topada por el mal ya se iba de este mundo. A los veinte, la Gitana Loca que después de haber velado su sueño drogo y sin ofrecerme siquiera su nombre se me esfumó como un maldito número de magia. Y aquella lolita que apareció de la nada entre un herrumbroso ángel de alas mutiladas y una tumba recién abierta, en el cementerio de El Batán.

No recuerdo qué flamante difunto nos había convocado a integrar esa multitud enlutada. Lo que nítidamente recuerdo es que delante de la fosa recién abierta, sosteniendo de pie a un anciano que parecía el muerto siguiente, estaba, impoluta y radiante, aquella muchacha. Naturalmente, no estaba concernida con la ceremonia del sepelio. Más bien ella veía con evidente envidia a un trío de niños que correteaban felices por entre los cipreses y las tumbas. Tendría unos trece o catorce años. Estaba vestida con una especie de kimono negro sobre mallas lilas y tenía los ojos chispeantes y el corte de pelo y el aire de la Audrey Tautou en la película Amélie. Además, tenía el cuello largo y los huesos estirados de futura gimnasta o bailarina. En suma, tenía, palpitante, el futuro de la mujer por la cual vine al mundo. Cómo expresar aquello que sentí cuando, al concluir el sepelio, conduciendo del brazo al anciano la vi enfilar por el sendero de piedra entre los árboles hacia la salida. Basta, quizá, con decir que mientras seguía sus pasos me sentí, por primera y última vez en la vida, algo así como un pederasta.

En ese entonces yo tenía veintiún años y, aparte de universitario camino al fracaso, no era otra cosa en la vida que un lector ya irremediable. Se dice que la fortuna en el amor consiste en hallar en millones de monedas aquella que a uno le corresponde. Pues, al parecer, ese pimpollo, esa lolita, era mi moneda de oro. Silencioso y brillando hasta cegarme, me llegó, así de sopetón, el entontecimiento. Desde luego había que esperar dos cosas: una, que por lo menos le brotaran limones para no sentir una desazón semejante a la de Humbert-Humbert en la Lolita de Nabokov, y, dos, que yo para ella resulte, aunque fuera de cobre, su moneda. Durante tres años me convertí en algo así como un detective sin impermeable, a fin de sobrevolar debidamente su estallido de mujer. No vaya a ser que algún buitre de su edad se me adelante, me dije.

Una guerra contra buitres ajenos y arpías de su familia, y no se diga contra el tiempo, me significó conquistarle y para siempre preservarla. Sobre aquellas escaramuzas legendarias, cuento a nuestros nietos en una sobremesa dominguera, mientras ella cabecea delante de la televisión.

Ilustración: Miguel Andrade
Edición 456-Mayo 2020

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