Amantes y esposas de genios

El escritor Stefan Zweig escribió que la genialidad es un fuego capaz de consumir al que lo posee. Sin embargo, esta clase de incendios devastan no solo al genio: mujeres, amantes o esposas se calcinan también. A menudo, la historia ni siquiera recoge sus cenizas. Aquí las recordamos.

Olvido y venganza

La sala del departamento se ve envejecida, como si el desgaste sufrido por sus dueños se hubiese transferido a la estructura. Hay cacharros mal lavados en la cocina y el aroma rancio de la derrota impregna el lugar. En el dormitorio principal, sentada en un sillón, permanece una anciana perdida en la penumbra de su memoria; su nombre es Silvina Ocampo (1903-1993), fue una de las mejores escritoras de Argentina.

De pronto, su esposo, Adolfo Bioy Casares (1914-1999), irrumpe en la habitación echándose a sus pies; la acaricia y la besa; dice palabras dulces y hace reclamos de amor, pero no recibe respuesta. Su mujer se regocija en olvidarlo.

El mutismo parece una venganza más que un síntoma de Alzheimer, pues Bioy infiltra amantes en la casa y cura su dolor con otros amores. No es difícil: es rico, exitoso y el más brillante de los supervivientes de esa tormenta literaria llamada Jorge Luis Borges.

Por años Adolfo y Silvina se comprendieron muy bien, pagándose una infidelidad con otra. Ambos eran bellos y terribles. No obstante, la vejez destruyó su juego.

Silvina, once años mayor que Bioy, empieza a hundirse a partir de 1983, mas, el alzhéimer no es tan veloz como para ahorrarle la noción de su deterioro:

―Envejecer es mirar a la víctima de lejos, con una perspectiva que en lugar de disminuir los detalles los agranda, es no poder olvidar lo que se olvida ―confiesa a través de la boca de uno de sus personajes.
Y las mujeres que siguen a su marido apuñalan su orgullo. Además, él sigue publicando libros y su fama no se agota, mientras ella ya no es capaz de hacer nada y sus escritos se riegan por la casa transformando su literatura en despojos.

De 1990 a 1993 Silvina vive presa dentro de sí misma y en compañía de un par de enfermeras a las que acusa de alcahuetas de su marido durante los instantes de lucidez. Estos sirven solo para la venganza silenciosa en contra de ese hombre al que quiso tanto y quizá se resisten a desaparecer porque el odio, igual que el amor, no sale del cerebro, sino del corazón.

Érase una vez en Hollywood

Spencer Tracy volvió a Estados Unidos después de la Primera Guerra Mundial para convertirse en uno de los más extraordinarios actores de Hollywood. A su genio solo le hizo falta un teatro universitario de Wisconsin para desnudarse ante el mundo.

En 1922, un año después de su debut como actor en la universidad, lo admitieron en la prestigiosa Academia Estadounidense de Arte Dramático de donde, casi enseguida, saltó a Broadway.
Un año después se casó con Louise Treadwell, a quien había conocido en su primera compañía teatral. En junio de 1924 la pareja tuvo a su primer hijo, John.

Sin embargo, con el paso de los meses, Louise empezó a sospechar que el niño tenía problemas auditivos y un médico se lo confirmó, asegurándole que se trataba de una enfermedad congénita incurable.

Desesperada, la mujer ocultó el diagnóstico a Spencer y solo tres meses después se atrevió a confesárselo. La reacción del actor fue implacable consigo mismo y no paró de recriminarse por el desastre, al tiempo que se ahogaba en alcohol.

Louise se dedicó de lleno a John: empezó a educarlo tan bien que hizo que aprendiese a leer los labios y a decir sus primeras palabras a los tres años.

En el verano de 1930 Spencer Tracy se mudó a Hollywood para filmar su primera película. Louise lo siguió. Aunque el matrimonio no daba para más, tuvieron una segunda hija en 1932, pero se separaron antes de que la bebé cumpliese un año.

De todas maneras, como en un remolino, las idas y vueltas se sucedieron hasta 1940, fecha en la que Tracy se mudó definitivamente a vivir en hoteles, dejando su rancho de California para los niños y la esposa. El divorcio jamás se formalizó.

Entonces, Louise se enfocó en ayudar a su hijo y a otros niños con sordera, mientras recaudaba fondos para tratamientos alternativos. Dio conferencias en algunas universidades y, finalmente, pudo fundar una clínica especializada.

Spencer Tracy siguió filmando películas, amando actrices y hundiéndose en la amargura, aunque sin romper con su familia. Cuando lo invitaron a la clínica para agradecerle por sus donaciones, dijo:
—Ustedes me honran porque soy un actor de cine, una estrella en términos hollywoodenses. Bueno, nada de eso puede aproximarse un poco a lo hecho por Louise en favor de los niños con discapacidad auditiva y sus padres.

Tracy murió en 1967. La actriz Katharine Hepburn, con quien mantenía una relación desde los años cuarenta, encontró su cadáver junto a los trozos de una taza y un plato; unos minutos antes había ido a prepararse un té en la cocina, pero le sobrevino el infarto. Por respeto a Louise y a sus hijos, la actriz no fue al cementerio, prefirió llorarlo en silencio.

De Rusia con amor

Cuando Gala (1894-1982) conoció al pintor Salvador Dalí en el Cadaqués de 1929 llevaba a cuestas un matrimonio de doce años con el poeta Paul Éluard. Por otra parte, Dalí aún no sabía qué era la fama y su experiencia acerca del amor se limitaba a un escarceo platónico con el poeta Federico García Lorca.
Al principio, Gala no sintió la menor atracción por Dalí. Su pelo engominado y el aire de pequeñoburgués le parecían ridículos pero, tras un paseo por la playa, comprendió que estaba frente a un dragón.

El círculo de los surrealistas, acostumbrado a los intercambios de parejas, los tríos y la soledad en medio de las multitudes, no se sorprendió al ver a Éluard regresar solo a París. Dalí le había arrebatado a su rusa sin otra arma que unas carcajadas.

El joven pintor se rindió a ella convirtiéndose en su aprendiz amoroso y artístico. Gala no dibujaba ni hacía rimas, pero su carácter era pura poesía; fue una musa suprema porque no solo era capaz de inspirar, sino de sugerirle las mejores exposiciones y de convertirse en agente y empresaria. Él creaba el caos, ella hacía que tuviese sentido.

Viajaron a Estados Unidos huyendo de la Segunda Guerra Mundial y, allí, Gala buscó otras pieles, pues su fuego no podía apagarse ni siquiera con Dalí.

En 1948 decidieron volver a España y él se puso a crear a ritmo imparable: de ese tiempo son los cuadros con relojes que se desparraman, pero también varios anuncios publicitarios y espectáculos televisivos.

Su matrimonio civil de 1934 recibió finalmente la bendición de un cura en 1958, mas la flamante esposa ya estaba agotada y quiso delegar sus funciones de mánager en varias secretarias. De todas maneras, el pintor le regaló un castillo medieval en Púbol para que pudiese descansar, y ella, de inmediato, impuso la costumbre de exigirle tarjetas de invitación antes de sus visitas.

En 1980 ambos consumieron un cóctel de fármacos, desesperados por su deterioro físico y mental. Pese a sobrevivir, el daño fue irreparable: la enfermedad de Parkinson que sufría Dalí se aceleró hasta el punto de impedirle trabajar, y Gala, senil, cayó fulminada por la influenza el 10 de junio de 1982.
Los libros de historia solo registran las gestas grandiosas, pero pasan por alto que todo árbol necesita la firmeza de su raíz para no caerse. Esta, en el caso de los humanos, no es otra que el amor y la paciencia de cientos de mujeres a las que el pudor ridículo de los cronistas ha ocultado bajo un velo y entre cuatro paredes.

Te podría interesar:

¿Te resultó interesante este contenido?
Comparte este artículo
WhatsApp
Facebook
Twitter
LinkedIn
Email

Más artículos de la edición actual

Recibe contenido exclusivo de Revista Mundo Diners en tu correo