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Alzar la voz

por Ana Cristina Franco Varea



Edición 460

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Ilustración: Luis Eduardo Toapanta

Dije mi primera palabra a los nueve meses de haber nacido y desde ahí ya no paré. Amaba las palabras y no perdía la oportunidad de hablar. Pero hablaba bajito. Los profesores y las tías me decían: “¿Qué es que dice, mijita?”, “Más alto, por favor”, “Hablará durito”. El volumen de mi voz está asociado a mi autoestima, y creo que gran parte del autoestima está relacionada al género. Lo digo en serio. Es más difícil hablar siendo mujer.

Mientras por el mundo y, por lo general, los hombres hablan a pierna suelta, expresan sus ideas con orgullo, diciendo lo que quieran en las posiciones que quieran (no todos, es cierto), para las mujeres es más difícil, mucho más difícil, decir lo que pensamos. Esto no tiene que ver con hablar mucho o poco. Hablamos “como loras”, y también es cierto. Pero cuando ese discurso rebasa lo cotidiano, es más difícil hacerse notar. No recuerdo quién dijo que no importa el tiempo ni el espacio ni qué tan “empoderada” sea una mujer, mientras esté en un grupo de hombres, siempre se sentirá algo intimidada.

Además de bajito, hablo rapidísimo. Es como si mi mente fuera más rápida que mi boca, como si temiera que mis palabras no lograran pescar la abstracción. Debo adelantarme a las ideas, atraparlas con el lenguaje antes de que se vayan volando como peces en el aire. Pero la velocidad de mis palabras también responde a otro factor: es como si sintiera (o supiera) que tengo poco tiempo para hablar. Mejor dicho: que la gente no tiene tiempo para escuchar(me). Que debo aprovechar mi turno. Y esto otra vez tiene que ver con lo ya antes mencionado.

A menudo me invitan a reuniones creativas (siempre encabezadas por hombres) a dar mi opinión. “Necesitamos una mujer”, “Queremos una visión femenina”, “Buscamos la mirada de una chica”. “El mundo ahora es de las peladas”, dicen, como para estar acorde con el movimiento #MeToo, como si tener a una mujer en el equipo fuera un elemento exótico y necesario, o quizá debido a una cierta culpa, o para luego no ser tachados de machistas o, quién sabe, hasta escrachados en redes.

O tal vez (algunas veces, me consta, así ha ocurrido) la necesidad de tener a una mujer en el equipo es auténtica. De cualquier manera, varias veces me ha pasado que al asistir a estas reuniones para dar “mi punto de vista de chica”, nadie me escucha. Al parecer, la sola presencia femenina les basta. Es decir, sienten que ya han hecho su parte. Cada vez que trato de dar mi opinión, se van dando, una a una, las formas más rebuscadas de manterrupting, bropiating, mansplaining, manspreading.

Estos términos (de los cuales lo único que me choca es que sean anglo) son parte del léxico feminista que intenta explicar formas invisibles de machismo. Manterrupting es cuando un hombre interrumpe a una mujer (pasa mucho, en serio). Mansplaining, cuando un hombre le explica algo a una mujer, pero como a shunsha. Bropiating, cuando un hombre se apropia de una idea de una mujer.

Y manspreading cuando un hombre ocupa el espacio físico de manera algo invasiva. Ya sé que suena rebuscado. Pero en serio, ¿cuándo una chica en una reunión formal se siente con el derecho de sentarse a sus anchas? Ya sé que dirán que deberíamos hacerlo. Lo sé. Pero ese no es el punto, el punto es que no nos sentimos con el derecho.

A veces me siento en un eterno y prolongado manterrupting. Y muchas veces no solo el man, también siento que me interrumpen mujeres, niños, ancianos. Por otro lado, no los culpo. ¿Querer hablar todo el tiempo no es un acto vanidoso y de mal gusto? Y ahí es cuando entiendo por qué escribo.

Escribo porque no puedo alzar la voz (pero sí las palabras, mis palabras), porque tengo que decir un montón de cosas que a nadie le interesa escuchar, porque no puedo andar por la vida diciendo: “Señor, buenos días, deme una funda de pan, ¿qué piensa usted de las luciérnagas o del mito del eterno retorno?”

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Acerca de Ana Cristina Franco Varea

Guionista, realizadora audiovisual, escritora y actriz. En abril del 2023 publicó “Diario Blanco”, libro de No-Ficción. Actuó y dirigió, “Queremos Tanto a Helena”, el primer mediometraje que conforma la película “Los Canallas” por la que obtuvo el Premio Colibrí a Mejor Actriz y el Cenit de Bronce a Mejor Película. Es directora y guionista de “El invento de la Soledad”, cortometraje de ficción (2022)
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