Álvaro Manzano: El director de orquesta debe ser un dictador

Álvaro Manzano.
Fotografías: Jorge Vinueza.

Diez días antes de su viaje a Costa Rica, adonde fue como director titular de la orquesta sinfónica de ese país, Álvaro Manzano ocupaba todavía su oficina en el Teatro Sucre. Su apariencia, que denota cierta fragilidad, su corta estatura y cuerpo delgado, contrastan con su temperamento indoblegable y una voluntad de hierro.

¿Cómo fue tu infancia, Álvaro?

Nací en Ambato, en 1955. Recuerdo mi infancia como una etapa feliz, despreocupada.

¿Cuántos hermanos?

Un hermano, una hermana y yo, que soy el último. Además, tenemos una media hermana, hija de mi padre antes de su matrimonio.

¿Qué hacía tu padre?

Con dos de sus hermanos puso una pequeña industria de artículos de caucho, en la misma época en que en Ambato se estableció la fábrica Venus. Después, lamentablemente, se separaron.

¿La situación económica de tu familia era cómoda?

Cómoda, pero sin riquezas. Teníamos una casa grande, en el barrio de La Merced. La casa tenía un jardín anterior con una enorme parra de uvas.

¿Y tu madre?

Mi papá la conoció en Pasto, cuando, por esas cuestiones del caucho, vivió en Colombia mucho tiempo.

¿Dónde estudiaste la primaria?

En el Instituto León Becerra, de Ambato.

¿Buen estudiante?

Bastante descuidado. No me distinguí en nada. Pero vivía de otras cosas. Hacíamos frecuentes viajes a distintas ciudades de Colombia, a visitar a familiares de mi madre. Cuando estábamos aquí, no había fin de semana en que mi papá no nos llevara a alguna parte. Él tenía siempre carros de segunda mano que se dañaban a medio camino, lo cual era parte de la aventura.

¿Y tus juegos?

Cogía botellas, las llenaba con una cantidad distinta de agua y las colgaba en el patio de atrás de la casa. Al golpearlas, cada una producía un sonido diferente. Ese fue un descubrimiento que me divertía. Además, con los amigos del barrio, para terror de nuestras mamás, nos robábamos las tapas de las ollas, con ellas formábamos una banda y dábamos una vuelta a la manzana. Yo encabezaba el desfile marcando el compás con un palo. Pienso que esos eran incipientes rasgos de mi posterior vocación musical.

¿Qué materia era tu preferida?

La clase de canto, en que aprendíamos himnos y cosas así. Me gustaba mucho cantar. No sé si tenía buena voz, pero cantaba.

¿Qué pasó cuando fuiste a la secundaria?

Quería salir de la ciudad y por eso fui a un colegio de agricultura que quedaba en el campo, el Luis A. Martínez. Quería estar rodeado de árboles y sobre todo de animales, porque mi ambición era ser veterinario. Llegué a asistir en operaciones de hernias a los chanchos. Pero, al mismo tiempo, comenzó a inquietarme la música.

¿Qué desencadenó ese gusto?

El canto. Como vivía en una parroquia pequeña, durante la misa de los domingos acompañaba a cantar. Luego, como vi que el sacristán tocaba un pequeño organito, comencé a sacar ahí melodías y reemplazar esporádicamente en ese oficio al sacristán. Entonces un cura de ahí, el padre Robayo, que fue el fundador del Conservatorio en Ambato, se fijó en mí y prácticamente de la oreja me llevó a estudiar en el Conservatorio.

¿Terminaste agricultura?

Estudiaba durante el día y por las noches iba al Conservatorio.

¿Tus padres estaban de acuerdo?

Ellos siempre me dejaron hacer lo que quería.

¿Hay en tu familia antecedentes musicales?

Bueno, todo el mundo canta y toca guitarra, pero no hay ningún músico profesional.

¿Concluiste tus estudios en el Conservatorio?

Sí, un año antes de terminar el colegio. Pero desde que estudiaba en el Conservatorio me di cuenta de que tenía que salir a estudiar afuera y durante toda mi etapa estudiantil busqué becas. Viajaba a Quito y recorría embajadas y consulados, donde dejaba mis aplicaciones. Hasta que, cuando estaba en el quinto año, logré una beca para la Unión Soviética, pero el día anterior al viaje me llegó la noticia de que no podía salir porque esa beca la habían dado a otra persona. ¡Eso fue terrible! Pasé por uno de los momentos más tristes de mi vida. Sin embargo seguí en la lucha y al año siguiente obtuve nuevamente la beca.

¿Fue tu primer viaje internacional, aparte de los que hiciste a Colombia?

Cuando me gradué de bachiller mi padre me quiso regalar un anillo de oro de esos enormes y hacerme una fiesta de grado. Yo le dije que en lugar de eso quería irme de viaje. Entonces me mandó a México, junto con los compañeros de universidad de mi hermano mayor.

¿Cómo te impactó Rusia?

Vi todo muy oscuro, porque comenzaba el otoño. Había mucho frío, viento. De esos primeros días en Moscú simplemente recuerdo la oscuridad. Era algo medio tenebroso. Y, además, influenciado por el catolicismo de mi madre, iba con miedo del comunismo.

¿Y el idioma?

Ni jota. Pero eso allá lo tenían muy bien calculado y el primer año lo dediqué, prioritariamente, al aprendizaje del ruso y a la preparación para entrar al lugar en que tenía que estudiar.

¿Que era cuál?

El pre-conservatorio. Ten en cuenta que venía de Ambato. Entonces, me destinaron a un colegio. Yo tenía dieciocho años y mis compañeros trece y, además, una gran formación. Para mí era un trauma ver mi retraso, que no obedecía a mi culpa. Pero seguí.

¿Había otros ecuatorianos contigo?

Cinco, de los cuales terminamos dos: Carlos Juris y yo.

¿Cuántos años estuviste en el pre-conservatorio?

Tres. Tenía que estar cuatro, pero, como solo me dedicaba al estudio, hice dos años en uno.

¿Y después?

La idea era que, una vez terminado el pre-conservatorio, regresara al Ecuador. Pero hice los trámites para que la beca se prolongara y entré al Conservatorio.

¿Dónde vivías?

En una residencia, que era lo único posible entonces. Era una vida dura, pero cuando uno es estudiante nada le importa, no se fija en la adversidad. Nos daban una cantidad de dinero que alcanzaba justo para el mes y, a veces, los últimos días tenía que conformarme solo con una taza de té y unas galletas.

¿Cuándo entraste al Conservatorio?

En 1979. Y estuve seis años. En el pre-conservatorio hice dirección coral, porque mis profesores vieron cualidades en el movimiento de mis manos. En el Conservatorio Tchaikoswky me señalaron la carrera de dirección de orquesta. El título que obtuve fue el de Director de orquesta sinfónica y ópera.

¿Hiciste prácticas mientras estudiabas?

Esa era una de las maravillas de ese país. En la Facultad teníamos a nuestra disposición una orquesta sinfónica para ensayar. Todo estaba al servicio de una causa que, en ese caso, era la educación. En los últimos años yo tenía tres horas a la semana para dirigir la orquesta. Y en los últimos años teníamos una compañía de ópera a nuestra disposición.

¿Cómo fue tu tesis?

A la par que preparaba un concierto completo con solista, tuve que dirigir una ópera.

¿Tu vida giraba solo en torno al estudio?

Los primeros años en el pre-conservatorio, sí. Después, ya en el Conservatorio, diversifiqué mis intereses. Comencé a estudiar alemán e italiano. Y, por otro lado, a partir del segundo año de Conservatorio pedía adelantar mis exámenes un mes, algo que te permitían solo si tu nivel de rendimiento era alto. Entonces me iba a trabajar a Suecia y durante ese mes ganaba un dinero que luego me lo gastaba viajando durante el resto de las vacaciones.

¿En qué trabajabas?

En un hospital siquiátrico.

¿Cómo paciente…?

Casi. (Risas) Lavaba, pintaba paredes, barría. Lo que me pagaban me parecía una suma enorme. El último año me tocó limpiar la morgue y eso sí fue fuerte. La ventaja era que al lado de la morgue había una capilla con un órgano que yo tocaba al final del día. Era una cosa increíble, surrealista.

Después de tu graduación ¿has vuelto a Rusia?

Sí, y he podido comprobar que las cosas han cambiado para mal. Comenzando porque los estudiantes de dirección ya no tienen orquesta, sino solo un piano. La disciplina férrea de antes se ha tornado en desorden. Yo entraba al Conservatorio con la misma mística que a una iglesia, todo brillaba. Ahora todo está roto, sucio, desordenado. De la falta de libertad que había antes pasaron al libertinaje.

¿También notaste eso en el resto de la sociedad?

En todo. Rusia necesitaba cambios, pero se fueron al extremo opuesto. Y eso es lamentable. Antes la gente quería salir para encontrar la libertad, y ahora quieren salir para escapar del horror.

¿Tu educación en Rusia cambió tus creencias?

Sigo siendo creyente, aunque poco practicante. Y en la cuestión política, estudié marxismo, historia del comunismo, economía. Esas herramientas me sirvieron para que me diera cuenta de dónde estaba y de las fallas del sistema. Había una materia que se llamaba ateismo, donde se exponían los argumentos más infantiles para negar la existencia de Dios. Por ejemplo, se usaba la frase de Gagarin, quien, cuando fue al espacio, dijo que aunque estaba en el cielo no había visto a Dios y que por lo tanto Dios no existía. Los rusos siempre tuvieron la religiosidad muy adentro y en la época socialista simplemente la ocultaban.

¿Cuándo regresaste al Ecuador?

En 1985. Había hecho contactos para quedarme trabajando en Finlandia, cuando una noche recibí una llamada de la Junta Directiva de la Orquesta Sinfónica Nacional para que viniera a dirigir la orquesta. No dudé ni un segundo en aceptar. Dos meses después estuve aquí.

¿Cómo encontraste a la orquesta?

En muy malas condiciones. Había ciertos músicos excelentes como Luciano Carrera, Lucien Ladet, Carlos Bonilla Chávez, el maestro Salgado. Pero había otros de nivel medio y bajo. La orquesta tenía una actividad floja, con un repertorio que se repetía. Yo venía de otro medio y rompí ese ritmo.

¿Tuviste resistencia?

Sí, porque había cometido, según algunos, tres pecados capitales: ser demasiado joven (tenía 29 años), no ser extranjero (a Gerardo Guevara, por el mismo motivo, antes le hicieron la vida a cuadritos) y, por último, ser chagra. ¡Terrible!

¿En total, cuánto duraste?

Dieciséis años, en esa primera etapa. Hice muchas cosas que quería, pero otras no pude.

De las que quisiste, ¿cuáles puedes citar?

Primero, profesionalizar la orquesta. Logré que la orquesta cambiara su ritmo de trabajo modificando el repertorio, y comenzara a estrenar obras, lo cual fue vital. En cada concierto semanal por lo menos se estrenaba una obra. También comencé a hacer música contemporánea, lo cual concitó interés. Y es que una orquesta tiene que estar en capacidad de mostrar al público todas las tendencias. Y eso se hizo.

¿Contaste con apoyo económico?

Lamentablemente no. Los primeros años viví con un sueldo igual de miserable que el de los músicos. Pero, en contrapartida, estaba feliz haciendo las cosas. A partir de los años noventas la cosa comenzó a volverse dramática y, obviamente, la orquesta no podía resistir más. En el 99 la cuestión se tornó insoportable. En el 2001, insostenible. 

¿Y entonces?

Desde diez años antes había tenido contacto con la Orquesta Sinfónica de Costa Rica, a la que había dirigido, como invitado, varias veces. Y se dio la casualidad de que en el 2001, cuando había decidido salir de la Sinfónica Nacional, me volvieron a invitar allá. Estuve tres años, hasta que Costa Rica cayó en una crisis parecida a la nuestra. En el 2004 retorné a la Sinfónica Nacional, pero en el 2006 la abandoné nuevamente.

¿Por qué?

Actualmente el problema ya no es económico, sino de otra índole. Los músicos están bien pagados, pero cayeron en la rutina, de donde es muy difícil sacarlos. El Ministerio de Educación me pidió que hiciera una renovación en la orquesta, pero aquello no se logró por el poder seudo sindical, imposible de mover. Ante eso, preferí salir. Hay una desidia que sobrecoge. Se ha impuesto en la orquesta una democracia mal entendida: se pretende que sea la voluntad de los músicos la que se imponga y eso, en una entidad artística, es imposible. Cuando la cabeza dice algo y eso se tiene que discutir entre todos, viene la anarquía. La estructura de una organización artística tiene que ser, necesariamente, vertical.

¿Tienes alma de dictador?

Sí. Pienso que un director tiene que ser un dictador. Pero, claro, para eso primero tiene que estar musicalmente capacitado.

¿Tú eres un dictador con un carácter suave?

Soy muy abierto, pero no puedo permitir la indisciplina. Y menos aún si uno no tiene el apoyo de una entidad para que se pueda infligir un castigo a esa indisciplina. Este año un músico de la orquesta detuvo un ensayo de una directora invitada con el pretexto de que tenían reunión del sindicato. ¡Impensable! ¿Te imaginas lo que es eso? Esas cosas a uno le destrozan.

¿Qué perspectivas tienes?

En Costa Rica voy a tener una orquesta que quiere hacer bien las cosas, una orquesta a la que ya conozco, conformada por muchos músicos excelentes. Es un trabajo absolutamente profesional, serio. Y, además, voy a seguir colaborando en las actividades del Teatro Sucre, con un calendario de eventos que me permitirá venir a meter el hombro en toda esta obra tan prometedora.

¿Qué haces cuando no haces música?

Leo, más que nada literatura. Los fines de semana voy a algún lugar donde haya verde. Tengo una pequeña finca en Baños y la visito con frecuencia.

¿Tienes una vida austera?

Absolutamente. El dinero que guardo lo invierto en viajes. He tenido la suerte de recorrer buena parte del mundo.

¿Has podido vivir de la música?

Sí. He tomado mi trabajo con mucha responsabilidad, entregado absolutamente a la orquesta.

¿A qué directores admiras?

A Gemadi Rozhdestvensky, con quien tuve la suerte de estudiar. Ahora está retirado y muy viejito. También he admirado a Georg Solti, a Otto Klemperer y a Claudio Abbado.

¿Qué condiciones debe tener un director?

Hay algunas innatas, pero la mayoría se adquieren. Es un trabajo muy largo y, además, hay que conocer los instrumentos, saber cómo se tocan. Es obligatorio tocar piano, un instrumento vital para el director porque, al ser armónico, sirve para leer las partituras. Y luego están las cuestiones técnicas de dirección. Las manos hablan. Con los gestos de las manos haces que los músicos entiendan muchas cosas. Para eso se estudia.

¿Hay directores más teatrales que otros?

Claro. Un director teatral que me gustó mucho fue Berstein. Y hay otros muy austeros en sus gestos, como Klemperer, quien en un ensayo se cayó al foso y se dañó la columna. Desde entonces dirigió sentado, con mínimos gestos en las manos y con el movimiento de los ojos. ¡Qué maestría!

¿Es indispensable que el director memorice la partitura?

Se dice que el director no debe tener la cabeza en la partitura, sino la partitura en la cabeza. No lo hago cuando estoy con solistas o con cantantes, porque de pronto se equivocan o se comen dos compases; entonces, ahí es mejor tener a la vista la partitura, para cualquier emergencia. Pero cuando es una obra solo para orquesta, prefiero tener la partitura en la cabeza porque me siento más libre.

¿Has pasado a la composición?

Aunque realmente no soy compositor, he hecho mis travesuras.

¿Y las has mostrado al público?

Algunas han tenido relativo éxito. Tengo un poema sinfónico, Rumiñahui, que ha gustado mucho, tal vez por su ritmo vibrante, y se ha tocado en algunas partes del mundo. Sin embargo, no me considero un compositor.

Si tuvieras que quedarte con un instrumento, ¿cuál escogerías?

El violoncello. Me encanta su sonoridad, esa figura tan sensual, abrazas al instrumento, él está pegado a ti. Ahí hay un romance. Y además te da un sonido que va desde el profundo hasta el agudo. No llega a chillar, como el violín. El violoncello siempre canta. Creo que si me quedara sin trabajo me dedicaría a estudiar violoncello.

Etiquetas:

Artículos relacionados de libre acceso

Comparte este artículo
WhatsApp
Facebook
Twitter
LinkedIn
Email

Otros artículos de la edición impresa

Recibe contenido exclusivo de Revista Mundo Diners en tu correo