Las altas capacidades, necesidad educativa que profesores aún no identifican
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Las altas capacidades, necesidad educativa que profesores aún no identifican

Sorprendidos, incrédulos y con poca información sobre la condición de sus hijos, padres de chicos con altas capacidades aterrizan en ese mundo.

Fotografías: Juan Reyes y Shutterstock.

Es un territorio desconocido aún en el Ecuador. Pocos profesores reconocen rasgos de superdotación en sus aulas.

Algunos niños son enviados a evaluaciones psicopedagógicas con la sospecha de trastorno por déficit de atención (TDAH) pues se distraen al aburrirse con contenidos que captan más rápido que el resto. A ciertas madres les piden no “adelantar” a sus hijos, cuando descubren que leen y escriben antes o si notan un interés por temas que se tratan más tarde.

“Las altas capacidades son la necesidad educativa especial olvidada, una asignatura pendiente incluso en la formación del profesor”, apunta Ximena Vélez, investigadora de la Universidad del Azuay.

La catedrática cita un artículo que publicó en 2017: en carreras de Educación se siguen dos créditos sobre manejo de necesidades educativas especiales, de sesenta.

Eso preocupa, ya que desde 2002 la atención a las altas capacidades figura en el Reglamento de Educación Especial; se refrescó en 2012, tras la Ley de Educación; en 2016 se reguló la detección, y en 2020 se expidió un instructivo.

Ximena, madre de un niño de nueve años y una hija de veintisiete, con altas capacidades, trabaja en la identificación de estos chicos.

El Ministerio de Educación registra diecisiete alumnos con dotación superior o altas capacidades; en ocho de ellos se aplicó la medida curricular excepcional (aceleración, salto de niveles) en el período 2019-2020, y en nueve, en 2020-2021. En el sistema hay 4,4 millones de estudiantes en el país.

Los docentes —comenta— creen que se trata de superniños, con alto desempeño y madurez en todo; que son genios, que manejan muchos datos, que si les preguntan una fecha contestarán, que se saben de memoria la guía telefónica…

La Organización Mundial de la Salud (OMS) y especialistas dicen que entre el 2 y 5 % de un aula puede tener esa condición.

En 2019 Álvarez y cuatro investigadoras más publicaron un artículo sobre la prevalencia en el Ecuador, con una muestra de 2021 niños de segundo, cuarto y sexto de básica. 6,2 % fue identificado con altas capacidades. Hallaron más en los primeros años, lo que podría indicar que muchos talentos se pierden en el camino.

La fundadora y Rafael

Katia Albuja habla de los primeros años de vida de su hijo mayor, Rafael Grijalva, de veintitrés, con la habilidad que tenemos algunas madres para recordar esos detalles, como si se tratara de escenas de la serie que terminamos de ver el día anterior.

Rafael tenía seis meses de vida cuando dijo su primera palabra: “gorro”, señalando a uno que llevaba su abuelito, coronel de la Fuerza Aérea. Para el año y medio se comunicaba con muchas palabras y caminaba. Su madre, abogada, lo llevó a una guardería. Y en los primeros días el pequeño se quejó: “En ese lugar no me quieren. Nadie me habla”.

Katia sonrió, sin saber cómo explicarle que, a esa edad, en general los bebés no se expresan como él. A los cinco intentaba que un vecino comprendiera que, si jugaban a la batalla de Waterloo, los soldados azules (franceses) debían perder, frente a los rojos (ingleses).

En el preescolar la maestra detectó algo diferente en Rafa y recomendó una evaluación psicopedagógica.

En un centro del ministerio se determinó que tenía un cociente intelectual (CI) superior. Y así Katia confirmó sus sospechas. Su hijo, según describe, era como un pequeño Sheldon, personaje de Big Bang Theory, con un humor ácido y sarcástico; contextura delgada, pero con una fortaleza verbal que hacía que quienes lo acosaban lloraran cuando se refería a ellos.

A Rafael lo expulsaron a causa de sus discursos, para protestar porque un niño le abría la mochila y le regaba yogur sobre cuadernos y libros.

En 2009, en una nota publicada por la revista Familia, Katia habló sobre cómo es traer al mundo a un genio. Luego en el Metro, denunció que hay planteles donde piden que los alumnos superdotados se vayan porque no tienen personal para trabajar con ellos.

Esta madre adelantándose a lo que podría enfrentar su hijo, en 2005 constituyó la Fundación Ecuatoriana para Alumnos Superdotados y Talentosos . En ese año también se unió a la Federación Iberoamericana del Consejo Mundial para Niños Superdotados y Talentosos.

Ahora Katia sonríe recordando tantas experiencias, pasando por el cierre de la Escuela Nueva América, donde Rafael podía pasar de un nivel a otro, en materias de su interés; y el ingreso y graduación en el colegio fiscal Dillon.

Desde España, Rafael, donde estudia a la par Arqueología e Historia, habla de los mitos: “No tenemos capacidades sobrehumanas para hacer cálculos, por ejemplo. Hay chicos muy prometedores como Daniel Honciuc, con trece años, estudia en la Universidad de Toronto. Pero cada uno se desempeña en el área de su interés. No en todo. Yo soy torpe en lo motriz, algo descuidado”.

En el Dillon —anota— se enfrentó al mundo real, con muchos alumnos, pero destacó, no en calificaciones porque la contabilidad le parecía aburrida. “Mi inteligencia emocional está en el promedio. Pero, admite, sí tenemos que lidiar mucho más con la frustración”.

El pequeño Noah

Desde los nueve meses, Noah Ortega —quien cumplirá seis años el 24 de agosto— llamó la atención de su familia. En un solo día ubicó sin ayuda figuras geométricas de un juego con colores y números.

A los dos meses de estar en la guardería, con un año, lo pasaron al grupo de los de dos, iba muy adelantado en inglés.

Noah. En un solo día ubicó sin ayuda figuras geométricas de un juego con colores y números.

Para entonces hablaba claro, reconocía y dibujaba los números. Cuando tenía un año y ocho meses, su madre Francys conducía y de pronto él leyó una valla publicitaria.

Se detuvo y le mostró más frases, para confirmar si en realidad leía. Le envío un video a su esposo, Rolando, diciéndole: “Mira, está leyendo”.

Luego Noah siguió con los números, llegaba al treinta, al 101… Y preguntó si el dos, cuatro, seis… eran pares, y lo mismo con impares.

En una evaluación, a los dos años, una psicóloga le diagnosticó Asperger. “No estuvimos de acuerdo, era el niño más sociable; vivimos en un conjunto cerrado y se la pasaba jugando con los vecinos”.

Al poco tiempo dieron con Fanny Alencastro, quien ha dedicado su vida al trabajo con chicos superdotados. Esto luego de que su hijo, hoy un brillante abogado, fuera identificado con altas capacidades.

En media hora —recuerda la madre— Fanny estaba segura de que Noah, entonces de tres años, tenía altas capacidades profundas. Lo evaluó y en su informe concluyó que su CI era alto y recomendó una aceleración de dos años, un salto de dos niveles educativos.

En el The Highlands School Quito, donde estudia, hicieron el cambio de modo progresivo. Así en este año lectivo que terminó avanzó tres niveles, hasta cuarto de básica.

En septiembre próximo, en el ciclo lectivo 2021-2022, empezará en quinto de básica.

Para Francy, la mamá de Noah, las “aceleraciones” han sido indispensables. Al empezar la educación telemática, por la pandemia, en 2020, estaba en prekínder y le decía que no quería clases aburridas.

Esta madre reconoce que los niños como Noah tienen disincronías, falta de sincronización en el desarrollo intelectual, social, afectivo, físico y motor. A veces parecería de diez años —comenta— pero de pronto puede tener una rabieta de un niño de menos de tres años.

La Consejería Estudiantil (DECE) le ha ayudado con ajustes, por ejemplo, si sus compañeros requieren veinte sumas, a él le envían una de tarea. Sus profesores saben que Noah aprende y trabaja en función de lo que le resulta interesante, de retos.

Camila y Sofía

Camila y Sofía, de trece y diez años, son dos caras de una misma moneda: la superdotación. Ambas hermanas fueron identificadas hace dos años.

Todo debido a que la menor era vista en su antigua escuela como una niña distraída.

Camila y Sofía. Ambas hermanas, son dos caras de una misma moneda: la superdotación.

Sofía se aburría en las clases, pedía varias veces permiso para ir al baño, solo quería desconectarse. Su madre, Cristina Utreras, le preguntaba si tenía deberes, ya que en el chat de padres había preguntas sobre cómo resolverlos, y la niña respondía que ya los hizo en el bus escolar, camino a casa.

En el colegio le recomendaron una evaluación, para descartar TDAH. A veces perdía objetos, como chompas del uniforme, que en general llegaba tan sucias “como si hubiera estado en la guerra”.

Cuando le dijeron que su CI era más alto que el promedio, sus padres pidieron que se evaluara también a su hermana mayor, quien resultó con un registro más alto.

“Niños como mis hijas tienen un potencial gigantesco, si no se les desafía o se les lleva al siguiente nivel, se van a quedar donde están, con la ley del menor esfuerzo”, reflexiona.

Por eso siguió la recomendación de pedir la aceleración. Sofía estaba en cuarto de básica y fue ubicada en sexto. Camila avanzó del séptimo al noveno.

En este último tramo del ciclo las colocaron en octavo y primero de bachillerato, respectivamente.

Camila al principio no quería; es una niña muy equilibrada, organizada y con una gran capacidad de concentración. Su hermana menor puede a veces hacer berrinches. Ambas tienen contención emocional, la mayor hace yoga; la pequeña acude a reuniones para manejar la frustración, la ira, etc.

Lo académico no concentra su vida; ambas tocan el piano, son parte de clubes extracurriculares. Sofía participó en olimpiadas matemáticas.

Con el colegio han tenido reuniones mensuales para hacer seguimiento a sus avances. Cristina agradece la apertura para escuchar y apoyar las necesidades educativas de sus hijas; han abierto espacios para que reciban clases extras, personalizadas, y han aplicado ajustes curriculares para que sigan a su ritmo. Los ha ayudado la intervención del ministerio y de la Unidad de Apoyo a la Inclusión (UDAI).

Genios, que han hecho historia

En el mundo hay varios nombres de personajes, a quienes nunca les identificaron altas capacidades, ya sea porque en su época no había esos exámenes o por falta de acceso a las evaluaciones. Pero se presume que tuvieron esa característica debido a que dieron un paso más allá, hasta llegar a la genialidad.

Ejemplos: Wolfgang Amadeus Mozart, el gran músico austriaco, a quien se le ha llamado niño prodigio; y Albert Einstein, físico alemán. Ellos han probado que son verdaderos genios, debido a su obra, a su producción en diversos ámbitos. Son, además, personas que han sabido superar circunstancias difíciles con gran resiliencia. La abogada y ex primera dama, Michelle Obama, y el creador y fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, también están en el grupo. La primera estuvo en un curso de aceleración para niños con superdotación; y el segundo en un Centro para la Juventud con Talento. En Estados Unidos es más común que los niños y adolescentes sean identificados, a través de pruebas, y que se les ubique según su necesidad educativa.

Otro personaje que hizo historia, superando su condición física, provocada por la esclerosis, es el astrofísico Stephen Hawking.

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