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Alimentación y agendas políticas

por Santiago Rosero

postada libro vertical

Entrevista a Juan José Borrell, analista geopolítico argentino, autor del libro Geopolítica y alimentos: el desafío de la seguridad alimentaria frente a la competencia internacional por los recursos naturales (2019).

Juan jose Borrell 1

—¿Qué ha provocado que el tema del suministro de alimentos se haya instalado en la agenda de la geopolítica internacional?

—Lo que últimamente ha hecho que los alimentos tengan una resonancia muy fuerte es la reciente guerra entre Rusia y Ucrania. Ucrania es un gran exportador de maíz y otras commodities agrícolas por los puertos en el mar Negro y, al verse dificultada esa exportación y elevarse los precios para los países importadores, se generaron ciertas alertas, pero gracias a acuerdos diplomáticos se desbloquearon esos puertos y eso trajo cierta calma.

Desde una temporalidad más amplia, la importancia de los alimentos tiene como punto de inflexión la disparada de precios en 2007 y 2008. Preocupaciones como si el daño de los ecosistemas iba a vulnerar el suministro de alimentos en el futuro, o qué efectos va a tener el crecimiento de la población mundial, hizo que las grandes potencias incluyeran a los alimentos en sus agendas estratégicas.

En un plazo más largo todavía, los alimentos cobran importancia entre principios y mediados del siglo XX cuando, después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y Gran Bretaña impulsan una mejora de la alimentación de su propia población e incentivan como política exterior la llamada revolución verde, y crean organismos especializados, como la FAO, que se encargan de estudiar el fenómeno alimentario en los pueblos de lo que ellos denominaron tercer mundo. Es en ese momento en que el hambre, que siempre existió, cobra relevancia como asunto internacional mayúsculo.

—¿Las potencias son los Estados o las megacorporaciones agroalimentarias?

—En la hispanosfera tenemos tendencia a ver separadamente el sector público del sector privado, pero en todas las potencias estos dos sectores trabajan conjuntamente. Por ejemplo, en Estados Unidos, Cargill, la Fundación Rockefeller, Monsanto trabajan con el Departamento de Estado. Lo mismo ocurre con los actores europeos con gran relevancia agroalimentaria, y tenemos el caso de China, donde no existe la propiedad privada, todas las corporaciones pertenecen al Estado.

—¿A esa relación se refiere su concepto de poder estructural agroalimentario?

—A lo que me refiero es a una arquitectura que tiene la capacidad de imponer el precio de los grandes commodities agrícolas, de manejar los flujos del comercio internacional, de condicionar cómo producir y qué producir, qué comer, y todo está muy vinculado a la revolución verde, proceso de industrialización de la agricultura que empezó en 1943 y se expandió después de la Segunda Guerra Mundial. Países como Estados Unidos, China, Brasil o Argentina marcan el ritmo del sistema agroalimentario internacional; el caso de Brasil y Argentina es particular porque son grandes productores, pero sin incidencia en ese sistema porque tienen una posición subordinada, es decir, no controlan las patentes de las semillas ni los modelos de producción ni la infraestructura ni los precios.

—Ha dicho que los paradigmas agroindustrial y agroecológico son extremos. ¿Eso significa que la agroecología no es una opción real que podría hacerle contrapeso a la agroindustria?

—Cuando digo que son dos extremos quiero decir que hay muchos grises en el medio. El problema es cuando caemos en la falsa dialéctica de agroindustria contaminante versus agroecología ambientalista a ultranza. Creo que hay opciones intermedias, porque lo que nuestros países necesitan no es aumentar la producción, sino rever cómo producimos y cómo la población accede a esos alimentos. Una de las grandes falacias es que hay hambre en Hispanoamérica porque no producimos suficientes alimentos, y no es cierto, somos grandes productores de alimentos. El problema es que la población vulnerable no accede al suministro. Lo importante es diseñar modelos tomando los mejores elementos de cada uno de esos extremos, pero de acuerdo a las propias tradiciones y costumbres de los pueblos y no desde recetas que bajan de grandes entidades internacionales.

—¿La soberanía alimentaria constituye una utopía?

—El concepto de utopía es la organización de una sociedad económico-política de pleno bienestar. Lo que entiendo es que para que eso se dé deben estar incluidos todos los actores en la toma de decisiones. Son los Estados los que deberían tener la potestad de la soberanía. El problema está en si yo me reúno en una especie de asamblea de actores que no tienen ninguna incidencia política y nos declaramos soberanos. Eso es utópico en el sentido de que es irrealizable. Si las instituciones políticas no garantizan la soberanía, lo otro queda en una declamación, en una bandera.

—¿Qué implica para el mundo el aumento en la ingesta de proteína animal de la población china?

—Para China una dieta altamente proteica implica lo que el Premio Nobel de Economía Robert William Fogel llamó un salto en el capital fisiológico. Cuando las poblaciones occidentales, a finales del siglo XIX y principios del XX, lograron una dieta de ese tipo, redujeron la mortalidad, aumentaron la esperanza de vida, la estatura, el coeficiente intelectual, la fuerza física. En ese proceso están China y varios países de Extremo Oriente. Las implicaciones de eso dependen de dónde usted se posicione. Si está en el sector empresarial de Hispanoamérica, verá una oportunidad de negocio. Si se posiciona desde el cuidado del ambiente y la soberanía, sabrá que esa producción implica destinar una gran cantidad de recursos para la crianza de ganado cuando hay población local que no puede acceder a esa proteína. La pregunta es si deberían priorizarse los intereses de las potencias o la alimentación de nuestra propia población.

—Un estudio de Naciones Unidas señala que 735 millones de personas padecieron hambre en el mundo en 2023. ¿Cómo se explica esto cuando se supone que los sistemas de producción de alimentos son cada vez más eficientes?

—El concepto de eficiencia está medido en rentabilidad y cantidad de producción. Como bien planteaba otro Premio Nobel de Economía, Amartya Sen, el acceso a la alimentación no está condicionado por la cantidad de alimentos. Puede haber un país con gran producción de alimentos donde la población no tiene los medios económicos para acceder a ellos. Este esquema explica por qué en un país como Argentina, que es un gran productor, parte de su población padece inseguridad alimentaria. Un caso opuesto es Japón, con un territorio que no tiene la capacidad para producir suficientes alimentos para sus casi cien millones de habitantes que, sin embargo, no sufre inseguridad alimentaria porque tiene políticas para traer de afuera ese suministro.

—Esto anularía el argumento de que para alimentar a la creciente población del planeta es necesario producir cada vez más comida.

—Exactamente. No es un problema de cantidad de comida, sino de acceso. Esta es una falacia economicista de origen malthusiano. Thomas Malthus planteaba que el hambre se podía explicar por la falta de alimentos para una población excesiva. Eso fue rebatido justamente por Amartya Sen, que demostró que en lugares donde hubo hambrunas históricas había una plétora de alimentos, pero el problema era que la gente que moría de hambre no accedía a ellos. La producción de alimentos en los últimos cincuenta años se ha quintuplicado.

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Acerca de Santiago Rosero

Santiago Rosero es periodista y chef. Es autor del libro de crónicas El fotógrafo de las tinieblas, y de Amasar, la historia de la panadería Cyrano. Como cocinero ha trabajado en Nueva York y París. Es fundador de los proyectos Idónea - Rescate de alimentos, y Fermento - Laboratorio Cultural y Gastronómico.
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