Alfredo Noriega lleva a Julian Assange al mundo de la novela rosa y del melodrama 

En El australiano y yo, el escritor ecuatoriano Alfredo Noriega ficciona el primer año de estadía de Julian Assange, el hacker más famoso del siglo XXI, en la Embajada del Ecuador en Londres. La novela es una ventana literaria que invita a reflexionar sobre la construcción de la identidad ecuatoriana, la paternidad y el paternalismo.

Noriega publicó su novela de ficción sobre Assange.
Fotografía: Isadora Re.

Inicios de marzo de 2023. En Cardiff el invierno está cerca de terminar. Alfredo Noriega (Quito,1962) está en el estudio de su casa, una habitación de paredes blancas pobladas de libros. En la imagen que aparece en la pantalla del computador asoma con saco de lana y chaleco acolchado. Allá son las 20:30 y el frío cala los huesos. Acá, en Quito, son las 15:00 y llueve de forma copiosa.

Cuando Noriega escucha el reporte del clima su rostro se ilumina. Dice que aún recuerda con claridad esas tardes grises y llenas de lluvia del Quito de su adolescencia. A pesar de que vive en Europa casi cuarenta años, su epicentro literario siempre ha sido esta ciudad clavada en medio de los Andes.

Por eso llama la atención que en El australiano y yo, su nueva novela publicada por la editorial Cactus Pink, ese epicentro se haya trasladado de Quito a Londres. El lugar específico es la Embajada del Ecuador, donde un día de junio de 2012 llegó un huésped inesperado, que alteró la cotidianidad de todos los funcionarios, el hacker Julian Assange.

En esta mezcla de thriller, melodrama y novela rosa, Noriega ficciona el primer año de Assange en la Embajada del Ecuador en Londres. Lo hace alejándose de los entuertos políticos y poniendo el foco en las complejidades de la vida cotidiana y en las relaciones con los funcionarios ecuatorianos. Sobre todo, con el segundo secretario, un quiteño de treinta años lleno de claroscuros.

—Su obra está poblada de personajes anónimos y marginales, ¿qué lo impulsó a escribir una novela sobre alguien tan mediático como Julian Assange?

—Siempre me han interesado las relaciones políticas internacionales; sobre todo, cuando están involucrados personajes que generan tensiones entre países como en el caso de Assange. También influyó mi curiosidad por explorar esos encuentros entre personas con identidades y visiones distintas de la vida, porque es algo que he experimentado de cerca, desde que vivo en Europa. Me pareció sugestivo ficcionar el encierro que vivió este personaje del primer mundo, en la embajada de un país que está fuera de las dinámicas de las naciones con más poder. Para mí fue clave Final de partida, la obra en la que Samuel Beckett habla de cómo el encierro transforma a las personas. Eso fue antes de que comenzara la pandemia.

—Julian Assange está en las antípodas de todos sus personajes, pero sobre todo del médico legista que protagoniza su novela De que nada se sabe, que luego fue adaptada al cine por Víctor Arregui.

—Antes de escribir esta novela terminé con mi trilogía sobre Quito y me pareció que Assange y esta historia en la embajada me permitirían ir para otro lado con mi literatura. También está el hecho de que vivo entre París, Bruselas y Cardiff desde hace varios años, y sentí que esta historia era más cercana a este mundo. Mi esposa (Nia Lewis) es británica y cuando Assange entró en la embajada en Londres mi suegro nos llamó para contarnos que el nombre del país estaba en todas las portadas de todos los periódicos y noticieros de Inglaterra. Por otra parte, en ese momento mi hermano (Ramiro Noriega) era agregado cultural de la Embajada del Ecuador en París. Me contó algunos datos alrededor de la noticia y me dijo que tenía que escribir una novela.

—Imagino que, antes de convertir a Assange en uno de sus personajes, hizo la tarea e investigó sobre su vida.

—Leí tres libros, docenas de artículos de prensa y vi varias entrevistas. Ahí descubrí que Assange había tenido una infancia compleja. Una de las cosas que más me llamó la atención es que, cuando era pequeño, su padre biológico desapareció y fue criado por su padrastro. Luego, él también los abandonó y ahí comenzó el desmadre. Su mamá se juntó con un tipo que era muy malo, así que al poco tiempo ella y sus dos hijos huyeron por toda Australia. Asimismo, me sorprendió que su vida haya dado un giro a los catorce años, cuando le dieron su primer computador, ahí comenzó su carrera de hacker. No me identifiqué con él, pero su historia me sirvió para acordarme de la persona que fui de joven. A diferencia de Assange he vivido una vida que ha tenido sus dramas y tragedias, pero que ha sido superapacible. Él, en cambio, desde pequeño perdió esa vida y se convirtió en alguien obsesivo y egocéntrico que vive en los extremos.

—¿Y qué averiguó de su larga estadía en la Embajada del Ecuador en Londres?

—Siempre me han interesado cosas que en apariencia son banales, entre ellas saber qué come o dónde duerme una persona. Si vemos con detenimiento, somos esas cosas que hacemos en la vida cotidiana: dormir, comer, mear y cagar. Para mí son superimportantes y entiendo que para muchas personas también. Me parece durísimo cuando cortas con esa serie de actividades de forma abrupta. Creo que los siete años que Assange estuvo en la Embajada del Ecuador en Londres fueron una especie de purgatorio, donde sufrió un descalabro psicológico y físico radical. Lo interesante ahí es que, a pesar de esta realidad, se casó, tuvo dos hijos, un gato y recibió visitas de todas partes. Yo sé que a muchas personas les interesa sus relaciones políticas y su trabajo en WikiLeaks, pero para mí lo atractivo siempre fueron esas relaciones humanas que él puso en tensión en esa embajada.

—En este contexto aparece el segundo secretario de la Embajada del Ecuador en Londres. Este sí un clásico personaje de su literatura: quiteño de clase media, con aires de superioridad y lleno de conflictos internos.

—Claro, con este personaje te das cuenta de que en mi literatura hay ciertas constantes. Lo atractivo es que para mí esas constantes son inagotables. Lo sé porque vengo de esa clase media quiteña, mojigata y con una fuerte formación religiosa, mundos que me han dado mucho pero que también me han llenado de contradicciones.

—Hablando de constantes en su obra, uno de los conflictos que vive este personaje es la ausencia paterna.

—Este personaje y el de Assange tienen en común que no fueron criados por sus padres biológicos y ambos los recuerdan en medio de estas circunstancias rocambolescas que viven dentro de la embajada. Aunque sean dos mundos totalmente opuestos, ellos saben que eso los une de alguna forma.

—En la novela están presentes los conflictos alrededor de la paternidad, pero también los del paternalismo, un problema vigente en la sociedad ecuatoriana.

"El australiano y yo" una novela de Julian Assange.

—El paternalismo es algo que sigue presente en todas las sociedades con desigualdades sociales muy fuertes. También existe un fuerte paternalismo entre los países desarrollados y los subdesarrollados. Dos de los problemas más graves de la sociedad ecuatoriana siguen siendo estas falsas ideas de superioridad y ese trato paternalista que hay en la esfera pública pero también en la privada. Es algo que viví mucho con mi abuelo, un tipo chévere y lindo, pero superclasista y paternalista. A eso súmale que estuve en un colegio de curas. Una de las heridas que me quedó fue esa de las relaciones de desprecio y de ninguneo, que están presentes en las relaciones de poder dentro de la novela. Para mí quien representa mejor esta realidad es el personaje del embajador.

—En su obra, incluida su nueva novela, sus personajes también tienen conflictos alrededor de esta idea de identidad nacional, en retrospectiva, ¿Assange no es la mejor parodia en este debate?

—Lo más probable es que sí. Me fui del Ecuador teniendo una visión de mí bastante peculiar y cuando llegué a Francia me di cuenta de ciertas cosas. Desde entonces, mi identidad ha estado en constante movimiento. No es algo cerrado, sino que siempre está mutando. Assange, de alguna manera, revela todos esos conflictos. Hay que recordar que le dieron la nacionalidad ecuatoriana y después también se la quitaron, las dos fueron decisiones políticas. Lo mismo acaban de hacer con el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, algo absurdo y sin sentido. Todo esto porque hay gente que se cree que está por encima de los demás. Finalmente, una de las cosas que hace la presencia del personaje de Assange en esta novela es dimensionar las virtudes y defectos de los ecuatorianos con los que se relaciona dentro de la embajada.

—Una de las novedades en esta historia es que tiene mucho melodrama y novela rosa, ¿por qué?

—Creo que es importante recalcar que la literatura latinoamericana es de alguna manera pura fusión. En la literatura francesa, que conozco bien, los autores se remiten a un solo género y ahí se quedan. Es fácil saber quién escribe novelas policiacas, novelas negras o ciencia ficción. Por eso, cuando vas a entregar tu libro a una editorial tienes que escoger bien el género para que lo publiquen. Yo creo que nosotros tenemos la suerte de que no estamos tan restringidos en esta materia. En mi nueva novela aposté por mundos que tienden más al humor, el sarcasmo y la ironía. Y para la vida sexual y amatoria de los personajes me inspiré en las telenovelas, sobre todo, de Corín Tellado, pero siempre guardando mi estilo.

—Un estilo que también está marcado por el lenguaje coloquial de sus personajes.

—He leído mucho sobre el universalismo literario, pero soy de las personas que defiende lo local como universal. Estoy convencido que el español ecuatoriano, del cual estoy alejado desde hace décadas, tiene una belleza muy fuerte que hay que explotar. Obviamente, me cuido de que lo coloquial no impida la lectura. Españoles, peruanos y argentinos que han leído mis novelas nunca me han dicho que no entienden lo que se dice en ellas. Para mí esta reivindicación no es un acto político sino literario. Además, tengo un español un poco arcaico y eso es lo rico de la literatura, porque te permite transgredir espacios y tiempos.

—¿Y también hacer omisiones, como nunca mencionar el nombre de Assange?

—Desde que comencé esta novela me convencí de que la historia tenía que conservar su lado ficcional. Me encantan Javier Cercas y Emmanuel Carrère, autores que escriben novelas hiperrealistas, pero no soy ellos. Por eso decidí que el personaje no se llame Julian Assange sino El australiano. Eso me dio libertad total para jugar con esta idea de que el lector siempre se esté preguntando si lo que lee es verdad o no. Nada de lo anecdótico de esta novela ocurrió así, pero al mismo tiempo todo termina siendo cierto y ahí está la riqueza de la literatura.

Lo otro son los epítetos que usa el segundo secretario para no mencionar el nombre del embajador. Esto se remite a una escena que aparece al inicio, en la que el segundo insulta al primero y este se queda callado, cuando por dentro quería decirle hasta de lo que se iba a morir. Para escribir los epítetos me acordé de mi tía abuela, Obdulia, una mujer extraordinaria que insultaba a todo el mundo. Finalmente, lo que hace este personaje es lo que muchos de nosotros quisiéramos decir en muchas circunstancias de la vida y que al final nos tragamos.

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