Alfredo Fuentes: al rescate de las tradiciones
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Alfredo Fuentes: al rescate de las tradiciones

Por Rodrigo Villacís Molina

 Bastante joven, Alfredo Fuentes Roldán hizo sus primeros pinitos en El Comercio, colaborando con temas sobre folclore y fiestas populares. Esas notas resultaron interesantes, pero su autor no se manifestó muy prolífero, porque se ocupó más bien, con el paso del tiempo, de su profesión de abogado, de la cátedra en colegios y universidades, y del ejercicio de funciones públicas, en el IESS. Pero algún momento, años noventa, publicó un libro de tradiciones de Quito, que las había venido escribiendo, no a ratos perdidos, sino a ratos ganados. Esas páginas llamaron la atención porque diferían en ciertos casos de las versiones que venían pasando de generación en generación. A ese tomo relativamente breve siguieron tres más, publicados siempre por Abya-Yala. Hasta que ahora acaba de ser presentado, por esa misma editorial, un volumen de 700 páginas, bajo el título de Quito, tradiciones, que recoge los anteriores. Quizás con algunas breves variantes.

Al respecto charlamos con Alfredo en su departamento, desde el cual se ve la ciudad vieja a partir de la avenida Colón. Él, que ya ha cumplido los 88 años de edad, tiene una manera medio solemne de hablar, y es un buen conversador. Por eso, y sabiendo que fue uno de los alumnos fundadores de la Universidad Católica, se me ocurre pedirle primero que se refiera a ese pasado suyo, personal.

En efecto, mi matrícula en aquella naciente universidad, año 1946, fue de las primeras. Por tanto, soy uno de los fundadores; fuimos 54, entre los que estaban también el futuro arzobispo Juan Larrea Holguín, Jorge Salvador y Renán Flores. Ellos ya fallecieron; yo soy un sobreviviente. Egresamos, seis años después, solo veintiuno. Tuvimos grandes maestros como Manuel Elicio Flor, José María Pérez Echanique, Camilo Ponce Enríquez. No se podía pedir más como profesores. Pero con las nuevas exigencias, esa universidad no habría pasado, porque la “infraestructura” se reducía a una antigua casa familiar (calle Bolívar 343), de dos plantas y dos patios; en el de atrás estaban los cuartos del portero, y las aulas y oficinas eran las que habían sido residencia de don Rafael Bucheli, quien dejó esa propiedad, como donación, a la arquidiócesis de Quito, para la educación católica.

—La única universidad particular, ¿no?

—Claro, porque en el Ecuador de esos años no había sino tres universidades, las de Quito, Guayaquil y Cuenca; todas públicas. La Católica nació gracias a un decreto del presidente Velasco Ibarra, que autorizaba la fundación de universidades particulares. Eso puso en acción al entonces arzobispo de Quito, Carlos María de la Torre, y a personalidades del conservadurismo como Jacinto Jijón y Caamaño, Enrique Arízaga, Ruperto Alarcón. El proyecto, que había venido elaborándose, se afirmó y sus gestores designaron al padre Aurelio Espinosa Pólit, esa eminencia, como rector, y al doctor Julio Tobar Donoso como decano de Jurisprudencia y Ciencias Sociales, que fue la primera facultad. Se produjeron reacciones de los sectores liberales y de izquierda, pero las cosas estaban dadas y no hubo marcha atrás. Nació así un centro de investigación científica de la realidad nacional.

—¿Un modelo diferente al de la Universidad Central?

—Sí, sobre todo en términos de disciplina: por eso, algunos decían que parecía un colegio de monjas. Pero en palabras del padre Aurelio, se quería continuar la antigua Universidad de San Gregorio. Entrábamos a las siete en punto de la mañana y salíamos a la una de la tarde; se corría lista y se podía perder el año por faltas. Algunos alumnos, entre los que me incluí, decidimos dedicar las tardes a alguna actividad cultural; lo que ahora diríamos, extracurricular. Entonces le pedimos al padre Aurelio que nos diera un curso de redacción, y él accedió. ¡Imagínese! De modo que tuvimos la suerte de unas clases extraordinarias de literatura con ese benemérito sabio; pero también de historia del arte, de estética, con el padre José María Vargas, de historia con Carlos Manuel Larrea y en general de humanismo en el más amplio sentido, con diversos maestros. Fueron dos años extraordinarios.

—Ese viene a ser, entonces, el origen de esa vocación que le ha llevado a otros campos más allá del derecho, y que es adonde queremos llegar.

—Sí señor.

—Al margen de la historia oficial, de la cual usted también se ha ocupado, esto de las tradiciones, que ha abordado de una manera particular, en cierto modo alejado de lo tradicional, para ensayar un juego de palabras. Usted no repite, más bien investiga, y de ahí resultan a veces contradicciones con lo que registran otros libros…

—Así es. Ahí entra el historiador, que debe ser riguroso en lo que escribe. Por supuesto que eso exige más trabajo, investigación, cotejo de datos, porque es fácil dar oídos y repetir, quizás con otras palabras, lo que nos vienen contando, y que puede ser bonito, pero no veraz.

—Eso ha interesado a los lectores, su rigor, su apego a los hechos, sin dejarse tentar por la ficción.

—Y a los editores, gente muy generosa, que me ha ayudado bastante.

—¿Cómo contactó con ellos?

—Alguien que conocía que yo tenía algo escrito y que había aparecido en suplementos dominicales, en los años setenta u ochenta, me dijo que sería bueno recoger esas páginas para publicarlas. Y me convenció. Entonces hablé con los personeros de Abya-Yala y, después de revisar mis textos, se ofrecieron a editarlos. Así lo han venido haciendo hasta ahora, que acaban de publicarlos en un solo volumen que comprende 107 temas.

—¿Recuerda el primer texto que publicó en la prensa?

—Me parece que fue algo sobre fiestas populares, por mi interés de entonces en el folclore. Tal vez sobre Corpus o sobre la novena del Niño…

—Habiendo estudiado Derecho, ¿qué lo orientó o reorientó, más bien, en esta dirección?

—Yo, amén del ejercicio pedagógico y como funcionario del Seguro Social, ejercí la abogacía. Tuve mi despacho.

—¿Entonces?

—Ya vimos que en la universidad, en mis tiempos de estudiante, dedicamos algunos compañeros a aprender esa maravilla de las ciencias sociales, de la antropología, etc. Esto es, descubriendo otro mundo con la guía de los maestros a los que ya aludimos.

—¿Alguien en especial?

—El padre Vargas, con esa manera tan especial de conversar con sus alumnos. ¡Cómo manejaba él las fechas y los nombres, y toda esa información que guardaba en su memoria! Así pues, fui entrando poco a poco en ese mundo. Y luego, en casa, en las reuniones familiares, escuchando de los mayores tantas cosas que me parecían fantásticas. Todo eso me impactó y me despertó a ese universo.

—Ya que alude a la familia, ¿algo de su padre?

—Mi padre fue notario, y eso podría haberme orientado en tal dirección; pero no fue así. Sin embargo, trabajé con él en la notaría, y lo hice con gusto, cuando las matrices se redactaban a mano…

—Otro mundo…

—En cambio mi abuela me contaba y me contaba cosas del pasado. Yo gozaba oyendo las peripecias de la vida y los cuentos, leyendas, tradiciones, con las que entretenía al nieto.

—Era lo habitual, ¿no?, antes de la televisión y de la digitalización de la sociedad.

—Claro, todas las noches teníamos por costumbre reunirnos con ella, después de la merienda, mis hermanas, yo, el mayor, y dos o tres personas que trabajaban en casa. Lo hacíamos en la cocina, sentados ahí, todavía al calor del fogón de leña. Entonces la abuela nos tenía absortos con sus relatos. Era algo mágico, de lo cual yo disfrutaba, aunque también había “miedos”, que hacía que nos preguntáramos: ¿y ahora cómo nos vamos de aquí al dormitorio? Pero igual. Y más tarde, mucho más tarde, porque ella vivió hasta cuando yo estuve ya en la universidad, la abuela me impulsó también a escribir. Me decía: “escribe, escribe porque puedes olvidarte”, y yo seguí su consejo.

—De alguna manera, esto empata con sus inquietudes, digamos literarias, en la universidad…

—Así es, porque entonces organizamos un grupo con las pretensiones de “academia literaria”. Nos reuníamos semanalmente y leíamos nuestros primeros versos; publicamos un periódico al que titulamos Despertar, hicimos actos públicos, como lectura de poemas. Tiempo más tarde salió de allí el Grupo Presencia, animado por Francisco Paredes, Ricardo Crespo, Gonzalo Pesantez y Francisco Granizo, que publicó una revista con el mismo título.

—¿Qué recuerda de esa “academia”?

—Que en las reuniones en que nos criticábamos unos a otros, llegábamos a exageraciones, y a veces se producían griteríos enormes. Éramos muy estrictos y nada valía… Y creo que teníamos razón, nada valía.

—Tradiciones, leyendas, mitos, ¿en qué se diferencian?

—Son ramas de un árbol muy frondoso. En el principio más lejano, está el mito, una fantasía que responde a una necesidad del hombre; después está la leyenda, algo más elaborado, que se transmite, como una cadena, de generación en generación, y por último, tenemos la tradición, con una carga real, que, como ya se ha dicho, a mí me ha exigido investigar, en función de su veracidad.

—Aunque a veces la imaginación se le cuela también por ahí…

—Así es, por exigencias literarias. Son concesiones inevitables.

—En su caso hay algo de eso en la tradición de Pampite, por ejemplo, y por el contrario, considero que en el caso del padre Almeida se apega más a la verdad histórica, sobre la base de una adecuada investigación. Son solo dos ejemplos.

—Así es. Pero se ha puesto usted a pensar en el caso del pan que antes, aunque uno ni se imagina, no había aquí; no había pan, hasta que vino un fraile con el trigo. ¿Qué le parece ese cuento que es una historia? Porque podemos comprobarlo documentadamente.

—Entonces usted ha escudriñado, digámoslo así, las tradiciones, para dar con su origen, con su verdad. Y habiéndola rescatado, se ha “permitido” contradecir ciertas leyendas que pasaban por tradiciones.

—Sí, porque me he preguntado: ¿de dónde viene esto?, ¿cómo nace?, ¿quién lo dice? Y entonces he ido a los archivos, en busca de fechas, de nombres, de documentos…

—Pero como sus versiones en ciertos casos son diferentes a las fijadas por el tiempo, deben de haberle salido al paso más de un contradictor.

—¡Cómo no!; porque hay gente que se siente herida porque yo estoy cambiando algunas cosas que se daban por ciertas de tanto oírlas, y que eran parte de su memoria más entrañable. Me preguntan que de dónde saco yo eso que escribo. De lo que dicen los documentos, pues, les contesto. ¿de dónde más?

—Pero el caso es que hay personas doctas que han revisado y leído los mismos documentos, mas sus versiones son diferentes a las suyas…

—Eso también es así, y no se trata solo de personas doctas, sino, en algunos casos, ilustres; por lo cual no vamos a dar nombres, pues inclusive ya no están con nosotros. Pero tengo que contradecirles, porque ocurre que, o no leyeron bien, o nos ofrecen versiones que les parecieron más interesantes, más bonitas o más amenas. O sea que las adobaron para el gusto popular. Pero esto, pienso yo, no podía seguir así. ¿Y usted?

—También.

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