
Alexander Calder (1898-1976) se volvió mundialmente famoso con sus móviles, pero creó también grandes esculturas ubicadas en plazas de Estados Unidos y Europa.
París, 1927. Se abre el telón. Suena la añeja música de circo: la marcha del héroe. El artista entra a escena con dos maletas negras. Su nombre está ahí, impreso en una bonita caligrafía blanca: Calder. El hombre se pone de rodillas, abre las maletas y, como si fuera un acto de magia, saca de uno en uno a los personajes circenses miniaturas que ha dado vida: elefantes, leones, caballos, trapecistas y acróbatas, levantadores de pesas, lanzadores de cuchillos y, por supuesto, payasos.
Una vez armada la arena del circo, Calder toca un silbato y comienza la función. Juega como un niño. Es el marionetista, el que mueve los hilos y los alambres. Habla, baila y canta. Da vueltas. El payaso fuma e infla un globo, el león se sienta obedeciendo la orden del látigo del domador, los acróbatas caminan sobre alambres y dan volteretas.
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