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Alexander Calder: circo, móviles y grandes esculturas

por Milagros Aguirre

“El hombre”, escultura de Calder, parque Jean-Drapeau, Montreal, Canadá, 1967.
“El hombre”, escultura, parque Jean-Drapeau, Montreal, Canadá, 1967. Fotografía: Alamy Photo Stock.

Alexander Calder (1898-1976) se volvió mundialmente famoso con sus móviles, pero creó también grandes esculturas ubicadas en plazas de Estados Unidos y Europa.

París, 1927. Se abre el telón. Suena la añeja música de circo: la marcha del héroe. El artista entra a escena con dos maletas negras. Su nombre está ahí, impreso en una bonita caligrafía blanca: Calder. El hombre se pone de rodillas, abre las maletas y, como si fuera un acto de magia, saca de uno en uno a los personajes circenses miniaturas que ha dado vida: elefantes, leones, caballos, trapecistas y acróbatas, levantadores de pesas, lanzadores de cuchillos y, por supuesto, payasos.

Una vez armada la arena del circo, Calder toca un silbato y comienza la función. Juega como un niño. Es el marionetista, el que mueve los hilos y los alambres. Habla, baila y canta. Da vueltas. El payaso fuma e infla un globo, el león se sienta obedeciendo la orden del látigo del domador, los acróbatas caminan sobre alambres y dan volteretas.

El Circo de Calder tuvo su fama: los parisinos iban a su estudio a ver las funciones. El artista había dado vida, con material reciclado —alambres, trapos, madera, hilo, latas, pedazos de objetos que se encontraba por ahí— a un modelo de circo con al menos 55 actores para su espectáculo. Él les daba movimiento y también voz, mientras su esposa Luisa ponía la aguja de la vitrola sobre el disco para crear la atmósfera cálida, alegre y de fantasía.

¿El público? Nada menos que Piet Mondrian, Jean Cocteau, Joan Miró, Le Corbusier, Fernand Léger, Arp, Man Ray, Marcel Duchamp, entre otros.

El circo tuvo tanto éxito que lo presentó en varias ciudades y durante décadas: desde 1926 hasta que murió en Nueva York, en 1976.

Hoy, el famoso Circo de Calder, compuesto por setenta figuras y casi cien accesorios: redes, banderas, alfombras y lámparas, así como más de treinta instrumentos musicales, discos y matracas, está en el Whitney Museum of American Art (fue el propio Calder quien lo entregó), como una de las piezas más preciadas del artista porque fue la precursora de sus esculturas y móviles, y porque puede definirse como el “arte total”: la obra que cobra vida de la mano del creador como performer.

Los padrinos del móvil

Calder nació en 1898 con el arte en su sangre. Su madre era pintora, y su padre y su abuelo escultores. De niño hacía sus propios juguetes. Y nunca dejó de hacerlos. Sus primeras esculturas fueron un perro y un pato. Pero sus padres, siendo artistas, no lo apoyaron en ese camino y, más bien, le impulsaron a que estudiara en la universidad. El niño que construía y que no paraba de crear se convirtió en ingeniero mecánico.

Su vena artística pudo más y la ingeniería mecánica lo ayudó (de ahí la mecánica de los personajes del circo) en la creación de sus obras de arte.

“¿Por qué el arte debe ser estático? Al mirar una obra abstracta, ya sea una escultura o una pintura, vemos un conjunto excitante de planos, esferas, núcleos, sin significado alguno. Sería perfecta, pero siempre es inmóvil. El siguiente paso en la escultura es el movimiento”, dijo en 1932.

Calder: “Finny fish”, 1948.
“Finny fish”, 1948. Fotografía: Alamy Photo Stock.

Alexander Calder es conocido como el inventor del móvil, es decir, un tipo de escultura en alambre que, suspendida, va dando forma a otras formas, se alimenta del viento y produce luces y sombras mientras se mueve. Fue Duchamp quien dio ese nombre a las obras que Calder estaba creando. Móvil tiene que ver, tanto con el movimiento como con el motivo.

Sus móviles eran una combinación de arte y física, de arte e ingeniería. Dicen que Calder se impresionó mucho con la obra abstracta de Mondrian, tanto que en su mente creativa pudo ver los colores y las formas de esas obras en movimiento. De ahí nació su propuesta artística más abstracta, cuando las figuras y los colores que vio en Mondrian cobraban vida en su taller.

Las figuras se movían gracias al impulso de motores. Luego liberará a sus esculturas del motor y dejará que el viento se encargue de darles movimiento. Para Calder un movimiento natural, libre e imprevisible daba mayor sensación de vida. “Cuando todo sale bien, un móvil es una poesía que baila con la alegría de la vida y sus sorpresas”, diría.

Los móviles eólicos están inspirados en la naturaleza. Sus figuras crean sombras, se mueven como péndulos, están suspendidas. El viento completa la obra no solo con las formas danzarinas, sino también con el sonido que se produce de aquella sinergia. En móviles como “White Frame” (1934) y “Black Box” (1935), el azar y la espontaneidad comienzan a jugar un papel más importante.

El paso a los stabiles

Calder trabajó con metal como uno de sus materiales fundamentales, pero también con madera y alambre, con lo que creó sus Constelaciones en 1940.

Luego utilizaría materiales industriales en sus estructuras cada vez más elaboradas y complejas, incluyendo piezas planas de metal que a veces doblaba y pintaba.

“Flamingo”, escultura de Calder, plaza Federal, Chicago, Estados Unidos, 1974.
“Flamingo”, escultura, plaza Federal, Chicago, Estados Unidos, 1974. Fotografía: Alamy Photo Stock.

Sus formas abstractas crecieron y se convirtieron en obras de tamaño monumental. Los stabiles fueron lo contrario de los móviles: su obra monumental ya no se movía; se trataba de planchas metálicas unidas más bien con tornillos. Sin embargo, conservarían su gracia, su ligereza, sus formas ondulantes y los colores puros y brillantes.

Las grandes esculturas de la década de los sesenta son imponentes. Entre las más importantes están “Alta velocidad” (1969), escultura de acero pintado, de 13 m × 9,1 m × 16 m, colocada en Grand Rapids, Michigan. Y “Flamenco” (1974) de 16 metros de alto, ubicada en la plaza Federal de Chicago.

Si bien estas obras no se mueven (por eso stabiles o estables), el espectador debe caminar alrededor de ellas para poder apreciarlas.

Calder exploró distintas técnicas y materiales. Además de la escultura, probó la escenografía, la ilustración y el dibujo (gouache, témpera) aunque nunca se consideró pintor. La orfebrería también fue su afición. Inició de niño haciendo adornos para las muñecas de su hermana y a lo largo de su vida hizo cerca de dos mil piezas de bronce, oro y plata, cerámica, cristal y madera.

El estilo de su joyería fue variando en función de las corrientes estéticas del siglo XX. Las primeras tienen un toque africano y primitivo, que era lo que estaba de moda coleccionar a principios de siglo. En los años treinta se unió al surrealismo: las joyas aumentan de tamaño y comienzan a parecerse a sus móviles. Eran diseños únicos y se popularizaron entre las celebridades de la época.

Calder: “Olympic iliad”, Seattle, Estados Unidos, 1974-1976.
“Olympic iliad”, Seattle, Estados Unidos, 1974-1976. Fotografía: Alamy Photo Stock.

La luna y los aviones

Blanco y negro, rojo, azul y amarillo, los colores primarios fueron suficientes para la obra de Calder. Para él los colores secundarios le restaban a la obra, interferían, distraían al espectador y no hacían sino confundir. Así que no los usó.

Al color se suma el sonido que experimentó en los primeros móviles y que dio sentido a una serie de gongs realizados a fines de los años cuarenta, en la que un percusor y un plato producen sonidos sorprendentes.

En alguna entrevista dijo que fue en un barco en Centroamérica donde vio la luna y, como una revelación, decidió que su vida sería el arte y no la ingeniería. O más bien, que pondría sus conocimientos de ingeniería mecánica al servicio del arte. Por eso siempre le agradeció a la luna y al universo, en sus cuadros y esculturas. Y en los años sesenta se dejó seducir por la luna, el sol y las estrellas.

Un poco más cerca, pero en los cielos, Calder pintó un avión. Sí. En 1973 la compañía Braniff International Airways le pidió que decorara un avión de pasajeros Douglas DC-8 con su estilo distintivo. Dada su experiencia como ingeniero y su interés en el movimiento, Calder aceptó la oferta. Conocido como Flying Colors, este avión despegó por primera vez en 1973 y dio servicio principalmente a Sudamérica. Dos años después, diseñó otro avión para la aerolínea, Flying Colors of the United States.

Calder: “Flying colors”, avión Braniff decorado por Calder, 1973.
“Flying colors”, avión Braniff decorado por Calder, 1973. Fotografía: Alamy Photo Stock.

En síntesis, este precursor del arte cinético es uno de los artistas más importantes del siglo XX. Revolucionó el concepto de la escultura moderna y situó su obra en un importante lugar del arte abstracto junto a grandes como Mondrian, Miró, Duchamp y otros de la época.

Su obra está en los más importantes museos de arte contemporáneo del mundo: MoMA de Nueva York, Reina Sofía, Guggenheim de Bilbao. Y sus grandes esculturas se hallan en Estados Unidos y Europa. En Latinoamérica se puede encontrar obra suya en la Universidad Nacional de Caracas.

Además, la Fundación Calder trabaja en un proyecto llamado Jardín Calder, en Filadelfia, donde estará, en un espacio público, parte de la obra monumental del artista, sus móviles y stabiles. Está previsto que se inaugure en 2024. Ahí también sus trabajos sonreirán con el viento.

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Acerca de Milagros Aguirre

Periodista y editora, autora de varios libros sobre la Amazonía. Actualmente, Editora General de Abya Yala y columnista de Mundo Diners y La Barra Espaciadora.
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