Alejandro Sawa: el auge de la derrota
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Alejandro Sawa: el auge de la derrota

Alejandro Sawa (1862-1909) con su familia en 1908.

Por José Luis Barrera

El “negro” de Rubén Darío

“¿Me impulsas a la violencia?”, así, como cuchillada, arranca una carta fechada el 14 de julio de 1908, cuyo destinatario era el poeta nicaragüense Rubén Darío.

Y el texto sigue:

Yo no soy ya el amigo herido por la desgracia que pide ayuda al que consideraba como un gran amigo suyo: soy un acreedor que presenta la cuenta de su trabajo. Desde el mes de abril hasta el mes de agosto de 1905 yo he escrito por encargo tuyo hasta ocho cartas (de las cuales conservo en mi poder seis) que han aparecido con tu firma en el periódico de Buenos Aires La Nación.
No me has pagado por esos trabajos, como recordarás, sino setenta y cinco pesetas en dos veces. Estos artículos, por su extensión, por ser yo el autor de ellos y por la importancia del periódico donde se publicaron, valen cien pesetas cada uno, aplicándoles una evaluación modesta.
No te extrañe que en caso de insolvencia por tu parte lleve el asunto en los Tribunales y dé cuenta a La Nación y a tu Gobierno de lo que me pasa. Yo lo haré todo y lo intentaré todo por rectificar esas anomalías de tu conducta. En cambio, puedes contar con mi más absoluto silencio a satisfacción, sin escándalo a mis reclamaciones. Serás en lo porvenir como un muerto o, mejor, como si no hubieras existido jamás.

La misiva, además, contiene la enumeración de los escritos impagos. Su autor, el hispalense Alejandro Sawa, por acción de la desgracia, ha mutado en cobrador de impuestos. Ciego y pobre, vaga por las calles de Madrid de la mano de un lazarillo, recitando poemas y maldiciones con idéntica pasión. Tiene melena larga y ondulada, barbas hirsutas y unos ojos que miran al vacío. Es un Hércules en la derrota.

—¡Iluminaciones en la sombra! —grita para el que quiere escucharlo y también para el que no.

Es nada más y nada menos que el título del libro que se empeña en publicar; está consciente de que es su última obra y cree que lo reivindicará con la historia. Es su testamento, justificación y venganza. Sawa es un hombre —quizá el último— que cree en el “arte por el arte”, y aunque ahora paga el precio con su desgracia, quiere demostrar que valió la pena.
Sí, ruega y amenaza para conseguir dinero, pero no para saciar el hambre, sino para publicar ese volumen que lo salvará.

Alejandro Sawa.

Todos los días sale de su casa en la calle del Conde Duque y salta de una taberna a otra, donde amigos y rivales de la intelectualidad española lo miran con una mezcla de admiración y espanto. Les aterran sus ropas gastadas y su expresión de furia, también sus palabras delirantes. Temen ser él y al mismo tiempo desean ser él.

Dentro de su hogar, Jeanne —Santa Juana, como Sawa llama a su mujer— aguarda con estoicismo de espartano el cobro de préstamos y deudas. Hace milagros para que en las tiendas le fíen alimentos, y lo conseguido lo distribuye tan meticulosamente que parece reproducirse. Pero Madrid es implacable y cada vez es más difícil.

Rubén Darío no contesta a su “negro” —mote infame de los escritores que trabajan para otros, escondiéndose bajo sus firmas—. En el colmo de la desesperación, el hispalense dice que está dispuesto a sacrificar sus Iluminaciones en la sombra a cambio de la tranquilidad de su hija y de Jeanne. No obstante, ella y él saben que es mentira: el libro importa más que cualquier otra cosa en el mundo y eso es un credo para ambos.

Una vez París, dos veces París

Como todo en la vida de Alejandro Sawa, sus viajes dentro y fuera de España están enlazados por los hilos de la ficción. Se sabe de ellos lo que el mismo escritor nos cuenta y tal vez un poco más gracias a sus amigos.
Así, solo se pueden hacer aproximaciones de las fechas en las que estuvo en París: la primera, no después de 1885 y solo por unas semanas; y la segunda, no antes de 1889, por seis o siete años. De cualquier modo, la razón de ambos viajes es la misma: la literatura.

En 1862 Víctor Hugo publicó Los miserables en Francia y, en España, nació Sawa. Más que una casualidad, estos dos eventos parecen estar hilvanados por los hilos de la poesía porque aquel autor será siempre una estrella polar en la vida del otro:

Su imagen entre mis altares, allí donde entre los evocadores de bellas imágenes modernas, mi Heine, mi Hugo, mi Campoamor y mi Verlaine yacen como bóvedas, altas como catedrales.

En la primera ocasión deja Madrid por el anhelo de ver al ídolo en carne y hueso. No tiene en su bolsillo sino unas pocas pesetas y en su equipaje hay más esperanzas que credenciales o atuendos. Pese a todo, triunfa: Hugo lo recibe con afecto y nace la leyenda —bien alimentada por los enemigos— de que el viejo escritor le estampó un beso al joven, provocando que este jamás volviera a bañarse.

De regresó a España, funda revistas, hace amigos y enemigos, pero sobre todo escribe: al principio, inspirado en el romanticismo francés y, luego, en el naturalismo de Émile Zola.

Sawa y sus amigos se hacen llamar Gente nueva; buscan convencer por las buenas o las malas de que se vive un nuevo período histórico en el que la literatura es sinónimo de justicia.

Pero Madrid lo asfixia, necesita una nueva dosis de Francia y, como demonio en exorcismo, abandona la ciudad una vez más.
Apenas llega a París, se trasplanta al Barrio Latino.

Para ganar dinero, trabaja en la editorial de los hermanos Garnier que se ha transformado en el refugio de los expatriados españoles. Allí, todos ordeñan un sueldo, preparando el Diccionario enciclopédico en castellano.
La estabilidad del empleo no evita que retome su vida bohemia. Va a tabernas y cafés, le llueven los amigos y los amores.

Conoce a Verlaine y se consagra a él con la misma pasión que a Víctor Hugo. Aquel poeta es un ángel caído y, como Sawa, se tambalea entre el éxito y la miseria.

En sus Iluminaciones en la sombra, el escritor de Sevilla cuenta que una vez lo invitaron a un banquete en honor de su amigo. Él no se presentó a la hora convenida, tampoco luego de dos ni de tres. Cuando todos pensaban que los había plantado, ebrio, pálido y harapiento, hizo su aparición.
—¡Señores, aquí llega la primavera! —les dijo.

Iluminaciones en la sombra, Renacimiento, 1910. primera edición, Madrid.

Por esa época, también Rubén Darío está en París. Alejandro Sawa, que ya es un nativo, lo introduce en el universo de la bohemia y ambos se vuelven inseparables.

Al nicaragüense le llama la atención ese hombre que no duda de su propio genio literario y que está dispuesto a todo por él; es claro que para el hispalense no hay término medio: o es literatura o es muerte.
Y justamente decide regresar a España después de una muerte: el 8 de enero de 1896, la mujer de Verlaine le avisa que el poeta está agonizando.
Desesperado y en medio del frío invernal, atraviesa la montaña Santa Genoveva —casi todo el V Distrito—, pero no llega a tiempo y encuentra solamente un cadáver mal amortajado.

—¡La infecta calle y el triste fin de aquel misérrimo soberano!
Jeanne —que ya se ha convertido en su mujer— y él preparan su regreso a España. No lo saben, mas aquella es la primera página del epílogo.

Iluminaciones en la sombra

La obra de Alejandro Sawa es variada, va desde la novela hasta los artículos de prensa. Sin embargo, más allá del género, la atraviesa una profunda sed de justicia y una pasión por la vida y la literatura —dos cosas que para él casi son lo mismo—.

En la ficción su estilo es naturalista, aunque por las esquinas de cada página se filtran rasgos románticos y simbolistas.

No se sabe si, por necesidad o vocación, deriva cada vez más hacia el periodismo, volviéndose un colaborador de El Liberal, El Imparcial, Heraldo de Madrid, El Globo, El País, además de varios periódicos de otras regiones fuera de la capital.

Al principio es un redactor que publica notas sin mayor ambición que la de contar un hecho, pero el instinto literario pronto le empuja hacia la crónica y al artículo de opinión.

Lejos de la concepción puritana del oficio —que los estadounidenses pondrán en boga unas décadas después—, toma distancia de la “imparcialidad” y desenfunda una espada tremenda con la que lucha en defensa de los desvalidos, restregando la miseria del país en la cara de una burguesía cómoda y obnubilada. Es anticlerical y hasta anarquista.

Escribe con tal frenesí que su salud se deteriora y queda ciego. Aun así, persiste en la escritura y deriva de la pluma a la lengua: ahora Jeanne también se convierte en secretaria.

Poco antes hace una exitosa adaptación de Los reyes en el destierro de Alphonse Daudet, no obstante, su alegría se apaga de inmediato:

Anteayer fui víctima de una expoliación, de un robo, en pleno Madrid, a las cuatro de la tarde. Un hombre que sabía de los horrores de mi situación y que yo había concluido una comedia cuya representación se disputaban dos teatros de Madrid me ofreció por la propiedad absoluta de mi trabajo (¿se puede decir que no al sayón que ofrece contra un gesto de amabilidad un momento de descanso?) treinta monedas del mismo tipo monetario de las que tentaron a Judas para consumar su inmortal infamia; treinta monedas que yo acepté con ansia, con asco.

Se siente estrangulado: “Yo no hubiera querido nacer; pero me es insoportable morir”.

Así, germina Iluminaciones en la sombra.

La obra es su historia; en ella el naturalismo, igual que en el mundo, deja paso al modernismo y anuncia una nueva era. El periodismo y el diario personal se fusionan. En cada página Sawa se desnuda como lo que es: un héroe del arte, pues sabe que su vida no significaría nada si no la hubiese consagrado a la literatura.

Termina el libro y a nadie le interesa. El artista —entonces igual que ahora— se ve obligado a intentar autofinanciarse; su cruzada lo lleva a tocar todas las puertas. Es inútil.

—¿Es que un hombre como yo puede morir así, sombríamente, un poco asesinado por todo el mundo y sin que su muerte como su vida hayan tenido mayor trascendencia que la de una mera anécdota de soledad y rebeldía?

Soledad y rebeldía

La casa miserable, la viuda, la hija y el cadáver de Sawa hundido en el más simple de los ataúdes impresionan a Valle Inclán.

Entonces, concibe el proyecto de inmortalizarlo, de cumplir su sueño aunque fuera post mortem y lo hace en Luces de bohemia, obra de teatro que, además de ser la cumbre del esperpento, es una fotografía de un escritor en el auge de su derrota.

“He llorado delante del muerto por él, por mí y por todos los pobres poetas”, le escribe Valle Inclán a Rubén Darío después del entierro.

Jeanne retoma la cruzada de su marido, consiguiendo finalmente el dinero que a su esposo le fue esquivo: cuatrocientas de las mil pesetas necesarias para un tiraje de dos mil ejemplares. Luego, envía una carta a Darío para solicitarle un prólogo. Él acepta pese a todo.

En 1910, dos años después de la muerte de su autor, la Biblioteca Renacimiento publica Iluminaciones en la sombra que contiene al poeta nicaragüense en el inicio y a Manuel Machado en el final.

En cualquier caso, las palabras de Sawa contra ese mundo que no quiso comprenderlo siguen sonando como cañonazos. Cansinos Assens, uno de sus últimos amigos, en La novela de un literato le hace decir:

Yo he sido grande… he conocido la gloria… he recibido en mi frente el beso consagrador del gran Hugo, he bebido el ajenjo con el pobre Lelian (…), he sido contertulio de la Closerie des Liles y de la Rotonda, he tratado de igual a Catulle Mendès, a Théophile Gautier, al imponente Leconte de Lisle, a parnasianos, simbolistas y decadentes, he asistido a las grandes premières, he estado en el camerino de la gran Sarah Bernhardt… Ah, he vivido en el gran mundo del arte y de la gloria y ahora, ya me ve usted, aquí, hundido en este chamizo, oscuro y fracasado como mi pobre amigo Wilde, cuando no era más que Sebastian Melmoth… sic transit gloria mundi…

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