Alabado sea el Museo del Alabado
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Alabado sea el Museo del Alabado

Por Milagros Aguirre A.

Fotografía: cortesía Casa del Alabado.

Edición 465 – febrero 2021.

Cabeza zoomórfica, Cultura La Tolita, 350 a. C. – 350 d. C.

Ahí donde el corazón de la ciudad late más fuerte, en el Centro Histórico de Quito, a unas pocas casas de la plaza de San Fran­cisco, en la calle Cuenca, se halla la Casa del Alabado, una hermosa mansión colonial cuya construcción está fechada en 1671. En ella se guarda una colección de cerca de cinco mil piezas de las culturas Valdivia, Chorrera, Machalilla, Tolita, Jama Coaque, Bahía, Guangala, Omagua (Napo), Mayo Chinchipe.

El Museo de Arte Precolombino Casa del Alabado se inauguró en enero de 2010, luego de varios años de trabajo de un equi­po de coleccionistas, arqueólogos, inves­tigadores, arquitectos, museógrafos, fotó­grafos, que se fueron sumando al proyecto. El museo nació como iniciativa privada cuando dos coleccionistas —Daniel Klein y Mario Ribadeneira— decidieron poner ese patrimonio al servicio de la ciudad.

A sus piezas arqueológicas se sumaron las que una vez fueron parte de la colec­ción Cruz-De Perón. Las piezas son parte del inventario del patrimonio material del país, y constituyen una muestra completa y asombrosa de la riqueza precolombina, que integra cerámica y metalurgia, obje­tos tanto rituales como utilitarios, piezas zoomorfas y antropomorfas, en un mon­taje cuyo protagonismo se lleva el arte y la belleza de cada objeto.

La Casa del Alabado, que debió ser una antigua residencia de familias aco­modadas de Quito y que luego fue, como muchas de las casas del Centro Histórico, casa rentera, conventillo de tiendas y bo­degas temporales para guardar los pro­ductos con los que se abastecen los mer­cados, fue restaurada por el arquitecto Luis López. Hoy en día es una de las casas mejor conservadas del centro y testigo de los cambios urbanísticos de la ciudad.

La casa tiene tres patios: el principal se conserva con un zaguán, luego están el patio del arrayán y el patio del higo, los que se vuelven descansos durante el recorrido por las nueve salas de exhibi­ción, donde las piezas arqueológicas han sido dispuestas no en orden cronológico ni histórico, ni según el origen geográfico de los hallazgos. Más bien se trata de una propuesta conceptual que pone énfasis en el enorme valor estético y arqueológico de piezas datadas entre 7000 a. C. y la llegada de los españoles alrededor de 1530 d. C. Un montaje contemporáneo que se pro­pone mirar con otros ojos el tesoro preco­lombino del Ecuador.

Por ello, la exposición está concebida de acuerdo a los mundos precolombinos: el inframundo, o mundo de los ancestros; el mundo primordial; los mundos parale­los; el axis mundi (o la conexión entre el mundo terrenal y el mundo espiritual); el mundo social (élites y poder); y el mun­do espiritual o mundo de los chamanes. Además, hay una sala de miniaturas y otra con piezas que son íconos de la colección.

La mayor parte está conformada por piezas cerámicas de uso ritual, ceremonial y cotidiano. Las culturas costeras como Valdivia, Chorrera y Jama Coaque son las mejor representadas, aunque a estas se suman piezas significativas de otras veinte culturas que poblaron el Ecuador antiguo antes de la invasión del Imperio inca hacia 1440 d. C.

Vasija antropomórfica, Cultura Jama Coaque, 500 a. C. – 1650 d. C.
Vasija antropomórfica, Cultura La Tolita, 350 a. C. – 350 d. C.

Esas figuras tan modernas

El recorrido para el visitante empieza en un ambiente oscuro y frío que represen­ta al inframundo y en el que se exhiben va­rias figuras talladas en piedra de la cultura Valdivia; y termina en un hermoso jardín vertical donde la luz y la abundancia de vida son metáforas de ese mundo espiritual pleno en el que se destacan algunas piezas zoomorfas de la cerámica manteña.

Entre las piezas más sorprendentes es­tán los chamanes pertenecientes a la cul­tura Jama Coaque (500 a. C.-1530 d. C.), representados en trance, en comunicación con el mundo de los espíritus. Asimismo, sus guerreros y hombres de poder, diseña­dos con detalle y maestría por delicadas manos alfareras. Estos personajes asom­brosos, sentados en bancos o en posición flor de loto, con adornos en su cuerpo, con bastón de mando, collares y narigue­ras, lucen imponentes y misteriosos.

También llaman la atención las piezas zoomorfas (venados, monos, sapos) de la cultura Chorrera (900 a. C-350 d. C), cuya cerámica roja y su superficie lustrosa y brillante dejan ver un trabajo pulcro y una técnica impecable, vestigios de una sociedad muy compleja, organizada y perfeccionista, con un avanzado nivel de desarrollo.

Además, la colección incluye un buen número de piezas sonoras como silbatos, ocarinas, estatuillas y botellas, así como una singular colección de herramientas para trabajo en metal: cinceles, pinzas, pulidores…

Los objetos que admiramos revelan las prácticas espirituales, sociales y políticas de los grupos culturales que habitaron el diverso territorio que hoy es el Ecuador, desde la costa pacífica a las montañas an­dinas y la Amazonía, cuyas piezas preco­lombinas son las menos conocidas y de las que el Alabado tiene bellos ejemplos en las urnas funerarias de los antiguos omaguas.

Visitar el museo es viajar al pasado con lentes contemporáneos y asombrarse de cuán actuales parecen, por ejemplo, los dise­ños gráficos de los platos de la cultura Carchi o las formas tan limpias de algunas valdivias.

Radiante, Cultura Carchi, 750 a. C. – 1550 d. C.
Figura antropomórfica (sahumador), Cultura Manteño Huancavilca, 1100 d. C. – 1520 d. C.

Investigación y difusión

Una de las particularidades del museo es el trabajo barrial. La idea de que el barrio re­conozca, y se reconozca, en la gestión cultural y en la custodia del patrimonio, ha sido esencial. Lucía Durán, actual directora, cuenta que artesanos, hacedores de los oficios patrimoniales del Centro Histó­rico (bordadoras, talladores, sombrere­ros y otros), con quienes el museo había desarrollado un trabajo de proximidad a lo largo de los años, se encuentran hoy, como consecuencia de la pandemia, en una situación de vulnerabilidad.

“Nos hemos propuesto apoyar su tra­bajo y buscar canales para que sus saberes y productos sean conocidos y apreciados. Creamos la campaña Regala Patrimonio, que pone en contacto a la ciudadanía con estas tradiciones tan importantes de nuestra cultura popular y trabajamos en generar un repositorio digital de saberes patrimoniales del Centro Histórico”, dice la directora.

El Alabado reabrió sus puertas en octubre, luego de varios meses de con­finamiento por la pandemia. Para la re­apertura, “se establecieron cuidadosos protocolos de bioseguridad y esquemas de visita bajo reserva, así como un aforo limitado y mediaciones que han permiti­do brindar a los públicos una visita segura e interesante”.

Además, señala Lucía Durán, “toma­mos la decisión de no virtualizar la colec­ción, tal como lo hicieron muchos museos en el mundo, sino que trabajamos en digi­talizar nuestros contenidos de investigación para divulgar de manera mucho más am­plia y diversa el patrimonio precolombino. Generamos una plataforma educativa sin precedentes en el país, que cuenta con recursos pedagógicos digitales. Educa­labado es un proyecto transversal que contiene recursos digitales desarrollados específicamente para los distintos niveles del sistema escolar. Ofrece experiencias educativas digitales o presenciales con nuestros mediadores y una formación es­pecializada para docentes en el país”.

Cada exhibición es producto de un trabajo de investigación interdisciplinar y de alianzas con universidades e inves­tigadores de varios países. Los resultados de estas investigaciones usualmente se divulgan en catálogos temáticos, foros y encuentros.

Así, la Casa del Alabado se ha consti­tuido en un espacio cultural activo en la ciudad, que propone, mediante sus exhi­biciones temporales y agenda cultural, ar­ticulaciones entre el arte contemporáneo y los artefactos del pasado; entre aquello que conocemos y queremos saber del pasado y el pensamiento actual, siempre en diálogo con artistas, académicos, gestores cultura­les, creadores e investigadores, según co­menta su directora.

El museo continuará hasta abril con Sonidos y danzantes: una experiencia con­templativa y sensorial, exhibición que ex­plora la relación entre los universos sono­ros y rituales en el mundo precolombino, echando una mirada actual hacia las so­ciedades originarias del Ecuador a través del prisma de las tecnologías, la capacidad de creación y producción de objetos sono­ros en el pasado y la danza como territorio del sonido.

Botella silbato, Cultura Jama Coaque, 500 a. C. – 1650 d. C.

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