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Al teléfono con el psicópata americano
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Al teléfono con el psicópata americano

Por Antonio Díaz Oliva

Edición 460 – septiembre 2020.
Fotografía: Shutterstock

Bret Easton Ellis (Los Ángeles, California, 1964) tenía veintiún años cuando publicó Menos que cero, su primera novela; veintiún años cuando la crítica de la época lo comparó con Salinger; veintiún años cuando todo el mundo quería ser su amigo. Ahora, 35 años después, publica Blanco, su primer libro “sin ficción”, en el que cuenta cómo fue ser Bret Easton Ellis en los ochenta y cuya versión en castellano ya está en librerías latinoamericanas.

El dolor puede ser útil porque puede motivarte, y a menudo aporta los materiales para construir grandes obras de arte, música y literatura.
Bret Easton Ellis

“Soy el escritor con peor crítica de toda mi generación”.

Bret Easton Ellis responde esta entrevista desde su casa en Beverly Hills, donde en medio de la cuarentena mundial por la covid, dice estar leyendo mucho, escribiendo más de lo normal, y viendo televisión por las noches con Todd, su novio, parte importante de Blanco, su último libro, donde hace una suerte de retrospectiva de su carrera así como también ensaya sobre lo que denomina “la dictadura del neopuritanismo”.

En las páginas de Blanco está su infancia en Los Ángeles, su amor por el cine estadounidense de los años setenta, su adolescencia como estrella literaria precoz, su adultez y la controversia de American Psycho; y ahí está, también, aquel capítulo en que escribe: “Hemos entrado en una peligrosa suerte de totalitarismo que en realidad aborrece la libre expresión y castiga a la gente por mostrarse tal cual es”.

Para entender a Bret Easton Ellis hay que retroceder a 1985, el año en que Ellis publicó una breve novela sobre niños ricos con tristeza en los suburbios de Los Ángeles. Se titulaba Menos que cero y se volvió el libro del momento, pese a apenas alcanzar las ciento cincuenta páginas. Era una novela sobre fiestas interminables, clubes de rock, líneas de cocaína, luces de neón y MTV. Menos que cero convertiría a Ellis en una estrella literaria precoz que Andy Warhol felicitaba por su cumpleaños y que se drogaba con Jean-Michel Basquiat y Robert Downey Jr.

Y claro: la carrera de Bret Easton Ellis podría haber contado con un solo libro. O sea, Ellis como un escritor one hit wonder. Sin embargo, en 1991 vino la otra novela por la que se le recuerda: aquella sobre un ejecutivo de Wall Street, un tal Patrick Bateman, que en su tiempo libre descuartiza mujeres, chicos, animales y vagabundos. Antes de su publicación, American Psycho estaba destinada a generar controversia y polémica. Luego de que unas páginas se filtraran a la prensa la editorial prefirió perder los trescientos mil dólares de anticipo y se negó a editarlo. Otro sello rescató el manuscrito, lo publicó y Ellis pasó de ser el autor de la generación MTV al autor de la generación yuppie. La fama subió y con eso subieron los excesos. Y las amenazas de muerte. Y las acusaciones de misoginia. Y así American Psycho trepó por las listas de los más vendidos y también se volvió un libro prohibido (no se vendía a menores de edad en Alemania y Australia).

Desde entonces —y luego de otros tres libros que incluyen modelos terroristas— Bret Easton Ellis no ha desaparecido del radar mediático. Claro: de vez en cuando su nombre aparece en un titular y casi siempre por alguna opinión polémica. O porque un lunático tenía por ahí una copia de American Psycho antes de salir a matar gente. En estos últimos años ha sido por Blanco, donde ataca la hipersensibilidad millennial y lo políticamente correcto en la era de las redes sociales.

“Ok, déjame repetir eso”, dice Ellis al teléfono, al comienzo de esta entrevista, cuando le pregunto cómo ve su propia carrera literaria a los 56 años. “Soy el escritor con peor crítica de mi generación. Pero también del que más se escribe y comenta”.

—En Blanco cuentas cuando en los ochenta, ya famoso, descubres que había dos Bret Easton Ellis. Estaba el que salía en las revistas y los diarios. Y luego estaba la persona privada que se asombraba al leer sobre “ese otro Bret Easton Ellis” que se iba de fiestas. ¿No te parece que hoy, con las redes sociales, la línea entre la figura pública y la persona privada se confunden?

—Puede ser. En cualquier caso, lo pasé muy bien en esos años. Ya sabes, me gustaba que escribieran sobre mí. Incluso si a veces mentían o distorsionaban la información. Había fotografías mías en revistas y de pronto mis libros vendían más y la gente quería conocerme… y drogarse conmigo. Es difícil imaginar que hoy una novela, como lo fue Menos que cero, haga famoso a alguien.

—Igual, esa exposición mediática en algún momento te explotó en la cara…

—Claro. El problema es que luego hay un punto en el que es menos divertido y te das cuenta de que la persona de la que hablan no eres realmente tú. Y de a poco sientes una falta de control. Sientes que esa persona te está reemplazando. Así que luego vino un período con demasiada ansiedad. Sentía un ataque de pánico diario. Porque estaba fuera de mi control. Los medios eran dueños de mi figura pública. De ese “otro Bret Easton Ellis”.

—¿Crees que ahora se puede controlar con las redes sociales?

—Ahora se puede. Ahora la gente toma decisiones conscientes para que estos avatares o estas sombras de personalidad, o lo que sea, se conviertan en sus figuras públicas. Pese a eso, uno igual está a merced de los medios de comunicación. Algo se puede hacer con las redes sociales sobre “la narrativa” que los medios imponen. Pero no demasiado.

—En el libro hablas de Facebook y la filosofía del “Like”. Hoy todo el mundo desea ser querido. Pero también está el odio, ¿no? El odio también consigue “likes” y vende. Muchos hacen carrera política con base en el odio.

—Sí, y son conscientes de eso. Pero el odio tiene que ver con llamar la atención. Y creo que es parte de la razón por la que estoy hablando contigo. Mira: luego de 35 años de haber publicado mi primer libro todavía doy entrevistas. Desde el principio de mi carrera hay gente que me quiere y gente que me odia.

—¿Y eso te molesta? Cuando publicaste American Psycho ganaste mucho odio.

—No. No me molesta. Al contrario. Uno necesita eso. Hay muchos escritores de mi generación que publicaron libros con maravillosas críticas, pero que ahora no los veo por ningún lado. Tantos autores que han caído del radar. Yo en cambio publico un libro cada diez años y sigo, como una luz verde parpadeando, en el radar.

—Varios escritores han usado el odio a su favor. Normal Mailer, por ejemplo.

—Mailer, claro, y tantos otros escritores con carreras muy controvertidas que se les recuerda. ¿Por qué? Porque los odiaron. Porque uno debe tener admiradores, pero también detractores. Eso te mantiene vivo. Y yo sé que raramente la carrera de un escritor, ya sabes, no se esfuma. Todos los escritores desaparecen. Esa es la gran tragedia universal. El tiempo lo borra todo. Pero si escribes con la intención de mantenerte vigente, y si por 35 años lo has conseguido, el odio tiene que ser parte de eso.

—En Blanco escribes sobre el odio en redes sociales y sobre Donald Trump. Dices que la izquierda estadounidense se ha vuelto histérica en la era Trump.

—Mira, es muy extraño, todo esto de Trump me ha obligado a darme cuenta de que soy un poco optimista y de que quiero intentar mejorar algunas cosas. Y he estado hablando de esto con mi novio mucho tiempo porque… mira, mi novio es un demócrata, pero odia a Hillary Clinton. Odia a muchos en el mismo partido demócrata. Odia que Bernie Sanders no haya sido elegido. Odia los canales de televisión. A los diarios. A Joe Biden. Básicamente odia todo y, por eso, el odio es el sentimiento que controla su vida. ¿Y sabes qué? A mí no me importa Donald Trump. Digo, no quiero prestarle tanta atención y amargarme.

—En Blanco dices que estamos en una época en que la balanza de arte versus ideología está ladeada hacia el lado incorrecto. Hay demasiado ideología, dices.

—Yo creo que el arte trasciende la ideología. Y mi problema con la ideología es que tensa las cosas, incluso las oscurece. La ideología no deja que la estética respire. A mí solo me interesa el talento y la dedicación artesana que tienen ciertos autores de libros, canciones o películas. Un artista puede decir muchas cosas comprometidas, políticas, correctas, pero el talento no se puede silenciar.

—Blanco es tu primer libro “sin ficción”. Y es como una puerta de entrada a tu carrera porque revisitas varios momentos clave de tu vida: cuando publicaste Menos que cero, la polémica sobre American Psycho, depresión, drogas, etc. Sin embargo, no son tus memorias.

—No, Blanco nunca iba a ser mis memorias. El plan era que tuviera dos hilos principales. Uno sobre el estado de las cosas en el mundo del espectáculo y las artes y sobre la moral de nuestros tiempos. Y el otro hilo era sobre mí. Sobre cómo me convertí en adulto a la par que mi carrera de escritor se desarrollaba y surgían las polémicas.

—¿Por qué no quisiste escribir tus memorias? Material tienes.

—No me interesa. En Blanco solo uso aspectos de mi vida para intensificar o iluminar el arco narrativo de mi carrera. El arco que explica cómo y dónde comencé, y cómo terminé en el tipo de escritor que soy hoy. Pero Blanco realmente se trata de la libertad de expresión. Es sobre ser criado de una manera en la que la libertad de expresión es primordial y, por lo tanto, el lenguaje es primordial, y qué hacer con eso en nuestros tiempos.

—Es un libro con muchas opiniones y discusiones que, sin embargo, se lee rápido.

—Quería que fuera un libro que se leyera, no sé, en cuatro horas en un avión. Algo rápido. No quería que fuera un gran tomo pesado.

—A propósito de libros que se leen rápido. ¿Qué te parece la autora irlandesa Sally Rooney?, ¿te interesa?, ¿la has leído?

—Uf. Intenté leer sus libros y vi la adaptación de Gente normal y todo me pareció MUY aburrido. Sentí que no había tensión. Todo plano. Me pasó con las primeras páginas de la novela y con la serie. Nada. Es como el intento de un libro antes que un libro.

—Mucha gente dijo lo mismo de Menos que cero en su momento…

—Ja, mira, te lo voy a poner de esta manera: Bret Easton Ellis deja el teléfono de lado y grita hacia su casa: “Alexa, escríbeme un libro”. Frente a esto su asistente virtual Alexa (un dispositivo con forma de parlante y controlado por voz que muchos tienen en sus casas) le responde robóticamente: “Hola Bret, ¿qué tipo de libro quieres que escriba?” Y Ellis, entre risas, dice: “No, Alexa, para”, antes de volver a la entrevista. “Me pareció que Sally Rooney escribió el libro de esa forma”.

Su obra habría sido traducida al menos a veintisiete idiomas.​ Sus novelas están escritas en un lenguaje claro, sintáctica y semánticamente fácil de seguir, con frases cortas, diálogos eficaces y rápidos y descripciones normalmente bien trabajadas. Sus obras definen perfectamente la corriente literaria de la Generación X.

—En varios ensayos de Blanco dices que ir al cine es como algo sagrado. No fuiste criado religiosamente, pero encontraste un refugio espiritual en las salas de cine. ¿Qué va a pasar con eso, con el ritual de ir al cine, luego de la covid?

—Bueno, he estado viendo las películas que se supone se estrenarían este 2020… ¿y qué puedo decir? Si esto significa el fin de cintas tan malas como estas, puede que sea todo para mejor. Jajajá. O sea, gracias a Dios que puedo verlas en la cama con un tequila en la mano. Creo que el año pasado fue una anomalía. Hubo muchas buenas películas en 2019. La de Quentin Tarantino, Mujercitas, Parasite, etc. ¿Pero sabes qué? El año pasado hubo buenas películas porque la gente quería un espectáculo y esas películas ofrecían un espectáculo. Y punto.

—Ok, pero muchas de las películas que mencionas en Blanco, por lo menos aquellas que te marcaron en los años setenta, son historias con un espesor artístico antes que comercial. Y, como dices en tu libro, películas como esas van a pasar directo a Netflix. Si es que no desaparecer.

—No creo que la gente realmente quiera ver un drama sobre una familia triste. Creo que el cine arte o independiente se acabó. Mira a Todd, mi novio. Todd tiene treinta y algo de años, y nada de esto le importa. No le importa ir al cine. Una sala no significa nada para él. No entiende por qué me emociona eso. Y yo, de todas maneras, voy dos veces a la semana, a veces con amigos míos. Nos encontramos y disfrutamos de la experiencia de ir al cine y entrar al auditorio, que a menudo está vacío porque hoy nadie va al cine. Y es una experiencia, incluso si la película no es buena. Entones sí, supongo que podrías decir que es “religioso” para mí. Es como ir a la iglesia. Pero como digo en Blanco el punto es que yo fui formateado de esa forma. Fue mi aprendizaje cuando crecí en los setenta, cuando veía películas excelentes todas las semanas.

—No puedo terminar la entrevista sin preguntarte qué estás leyendo.

—Varias cosas. Leí una novela de Philip Roth sobre el polio. Némesis. Me encantó y me recordó lo bueno y simple que era Roth. También una novela de Edmund White, La hermosa habitación está vacía. La tuve por 35 años en mi biblioteca y recién ahora la leo; y creo que es la novela gay definitiva. Y recién comencé las memorias de Elton John.

—¿Te han gustado? Creo que la película de Elton John es la última en la que me salí del cine.

—Oh, te entiendo. Era pésima. Como una versión blanqueada de la vida de Elton John, aunque una versión aceptada por él. Lo raro es que esta biografía también está aceptada por él y tiene momentos más drogadictos, eróticos y erráticos. Muchas veces queda como un imbécil. Pero es más honesto que esa película. Bueno, mira, es lo que te dije: la única forma de saber si eres reconocido es saber que alguien te odia. Ah, también estoy con las memorias de Woody Allen.

—¿Y qué tal? La editorial que originalmente iba a publicar ese libro finalmente se negó por la polémica. Es lo mismo que sucedió con American Psycho.

—Es una estupidez lo que ha sucedido con Woody Allen. O sea, estoy seguro de que escribió mucho sobre Mia Farrow y tuvo que deshacerse de esas partes. Y el hecho de que este libro no haya sido publicado, pese a que un editor lo aceptó, es simplemente estúpido. En todo caso Allen es completamente inocente.

—Bueno, pero, ¿qué te parece el libro?

—Oh, me ha fascinado. Lo único que me ha defraudado es que no habla mucho de las filmaciones de películas. Dice que en ninguna hay problemas en el set. Que todo es calculado. Muy minimalista. Incluso se disculpa y dice que no tiene nada interesante que contar sobre esto. Pero, en general, me encanta la voz de Woody Allen.

—Bueno, Bret, gracias por tu tiempo.

—Oh, Dios, de nada. A estas alturas es lo único que me queda.

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