Edición 431 - abril 2018.
El primer libro que tuve, mío de verdad, fue El fantasma de Canterville de Oscar Wilde. No era una enciclopedia o un texto escolar ni era uno de esas colecciones de cuentos infantiles que ya estaban en mi casa como ya estaba en mi casa mi hermano mayor: era un libro.
El fantasma de Canterville fue muy especial por dos razones: porque fue la primera vez que me sentí dueña de la palabra y su continente, porque había una historia que iba a ser contada solo a mí, y también porque era la primera vez que yo experimentaría la lectura no obligatoria, o sea, el deleite de leer por leer.
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