Actos de fe
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Actos de fe

actos de fe

Por María Fernanda Ampuero

“La fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve” (Heb, 11:1)

Cuando me preguntan por mis creencias religiosas, yo suelo responder con ese estatus de Facebook destinado a si tienes pareja: “es complicado”. Algunos amigos católicos me reprochan la blandura, la indefinición y que me hubiera trepado en un sube y baja que cada vez está más cerca de la tierra que del cielo. Me repiten y repiten que no se puede vivir sin fe y menos cuando en este país, España, el futuro pinta negro y afilado como unas fauces. “Sobre todo ahora que todo se hunde a tu alrededor, ¿cómo no vas a creer?”, me dicen. Pero un momento, ¿quién les ha dicho que yo vivo sin fe?

Tengo fe en mi marido. Cuando me dice que va a tomar algo con Nacho, creo que va a tomar algo con Nacho y no al departamento rojo de una rubia de 22 años o a La Isla del Tesoro, Mundo Maravilloso, Scandalo o algún lugar frecuentado por señores que le han dicho a su mujer que van a tomar algo con Nacho. Es decir, tengo fe en él. Tanta, que estoy convencida de que si quisiera ir a Scandalo me lo diría. Tanta, que imagino que si la rubia ardiente intentara coquetearle, él le hablaría de cuánto me quiere. Tanta, que creo que se moriría antes de serme infiel. ¿Díganme si eso no es un acto de fe tan gigantesco como el del que creyó que se abriría el mar a su paso o que el agua se haría vino?

Tengo fe en las personas que nos venden lo que comemos. Creo que las cosas que traigo a mi casa y que alimentarán a mi familia no tienen químicos, pesticidas, venenos; creo que mis frutas, legumbres y verduras —dolorosamente más caras que las “normales”— no son transgénicas y que un pequeño agricultor las cultiva con cariño, que no es explotado por una multinacional y que cobra lo que tiene que cobrar por su trabajo. Creo que la panela con la que endulzamos el té viene de una cooperativa de trabajo del Ecuador y que por el arroz que pongo en mi mesa pagaron con justicia a unos agricultores tailandeses. Es decir, tengo fe en la etiqueta “comercio justo” y en la etiqueta “orgánico”. No tengo pruebas, pero creo. ¿No es así como funciona la fe?

Tengo fe en el agua que bebo. Todos los días, a cada rato, realizo el ciego acto de fe de meter en mi cuerpo agua que no sé a ciencia cierta si está limpia, si tiene tóxicos, rastros fecales o si sobre ella han derramado uranio. Tengo fe y creo que estoy bebiendo agua y nada más que agua.

Tengo fe en los médicos. Cuando me hacen abrir la boca y ven en mi garganta algo que yo no veo, o cuando tocan mis pechos para palpar algo que yo no palpo o cuando miran en una pantalla una serie de curvas y manchas que representan mi interior y que yo no sabría entender, me pongo en sus manos con fe ciega.

Tengo fe en la gente que me ama. El amor, igual que lo divino, no se ve, pero las muestras de su poder y de su grandeza están en todos lados. Por eso tengo fe en mi mamá: creo que sus caricias y su voz tienen un poder gigantesco, mágico, sobrenatural; en que es capaz de transformar la nada en alma y dar vida a lo que no la tiene. También creo que “una palabra suya bastará para sanarme”.

Tengo fe en España —que no es ni nunca será sus gobernantes— y en la gente que la habita. Creo que nos esperan cosas mejores, creo que volverá la paz y que subiremos de las mazmorras a habitar nuevamente las luminosas habitaciones de este país.

Tengo una fe casi infantil en algo que no veo, pero que creo que existe: el futuro. De otro modo, amigos míos que me reprochan mi descreimiento, no podría ni levantarme de la cama cada mañana. Pero me levanto —acto de fe— a pesar de todo, me levanto y escribo y busco nuevos proyectos y sé que el empleo es casi inexistente, pero sigo ahí, tocando puertas, haciendo planes, imaginando que todo esto —la crisis, la desesperación— pasará y el día de mañana tendremos trabajo y una casita propia, con su jardín, su perro y un niño precioso parecido a mi marido revoloteando por ahí.

Si eso no se llama fe, que baje dios y lo vea.

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