A la izquierda de la izquierda.
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A la izquierda de la izquierda.

Por Jorge Ortiz.

Edición 451 – diciembre 2019.

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Rosa Luxemburgo, en 1907, en el Congreso de la Internacional Socialista de Stuttgart.

Eran años de radicalismo, intransigencia y violencia. Los ánimos no estaban para moderaciones ni consensos. La Primera Guerra Mundial, con sus diez —o más— millones de muertos, había dejado revueltos los espíritus. Y la Revolución Rusa de 1917, con los bolcheviques imponiendo una dictadura proletaria, había engendrado en medio planeta unos afanes irresistibles de transformación y cambio como no se habían visto antes. Todos, incluso las clases medias, se movían hacia la izquierda. Pero ella, la ‘Rosa Roja’, siempre se colocaba más allá: a la izquierda de la izquierda.

Incluso Lenin, quien se aprestaba a implantar el primer régimen socialista del mundo, renegaba de esas posiciones extremas: “Es un error trágico adoptar la teoría como artículo de fe cuando lo que se necesita es combatir ese izquierdismo que es la enfermedad infantil del comunismo”. Palabras que a ella, Rosa Luxemburgo, no la movieron un ápice de su posición, siempre combativa y radical: “El justo medio no puede mantenerse en ninguna revolución, que debe avanzar de modo rápido, tumultuoso y resuelto, rompiendo toda barrera con mano de hierro”.

Ese extremismo, que tantos adversarios le valió, fue también lo que la hizo visible desde su irrupción en la política, allá por 1886, cuando tan sólo tenía quince años (había nacido en 1871 cerca de Lublin, en Polonia) y se había afiliado al partido ‘Proletariat’.

Todavía estaba en el colegio cuando ya participó en una huelga general que derivó en violencia y vandalismo, por lo que cuatro de sus camaradas fueron condenados a muerte. Eso no detuvo a Rosa, que siguió dedicada sin tregua a la agitación y la conspiración, por lo que pronto fue fichada por la policía. Para no ser arrestada, en 1889 se refugió en Suiza.

Para entonces, Rosa Luxemburgo ya era un personaje conocido, incluso respetado, en los círculos marxistas de Europa. “Ante cualquier auditorio parecía crecer gracias a una voz cálida y vibrante, un ingenio mortífero y argumentos de amplio alcance”, según la descripción de G. H. D. Cole en su Historia del Pensamiento Socialista. Fue mediante ese talento oratorio, sumado a una dedicación inagotable a la política, como se sobrepuso a sus limitaciones físicas (tenía una pierna notablemente más corta que la otra, lo que siempre le impidió caminar con estabilidad y soltura) y se convirtió en una líder admirada y emulada en esos primeros años turbulentos y de mal presagio del siglo XX.

En 1901 Rosa ya vivía en Alemania, convencida —como muchos militantes de la izquierda radical— de que, en cumplimiento de la profecía de Marx, la revolución socialista mundial empezaría en un país industrializado, con un proletariado urbano que tuviera conciencia de clase, es decir en Alemania o Inglaterra. En Berlín intensificó sus empeños de subversión y propaganda, en libros, cátedras y partidos, lo que se reflejó en prisiones y peligros. Con todo lo cual, por supuesto, su leyenda creció.

Desde la Liga Espartaquista, antecedente del Partido Comunista, se opuso con gran temple a la Primera Guerra Mundial, llamando incluso a los soldados a desertar en masa. Cuando la revolución estalló donde menos se la esperaba, en la agrícola y atrasada Rusia, Rosa Luxemburgo sostuvo que el sistema de soviets de obreros, campesinos y soldados no era aplicable en todos los países, lo que no le gustó a Lenin, aunque coincidió con él en que “el militarismo es la fase imperial del capitalismo”. La ‘Rosa Roja’ ya era una referencia nítida del socialismo revolucionario y una de sus fuentes teóricas.

Pero su extremismo la perdió. En 1919, hace un siglo, los comunistas intentaron dar un golpe de Estado contra el gobierno socialdemócrata surgido de la revolución de noviembre de 1918. Y si bien Rosa se opuso al levantamiento, su fama de radical ya estaba demasiado extendida. (Sus camaradas decían que oyendo sus arengas feroces “no podíamos evitar mirarnos de cuando en cuando los zapatos, temiendo verlos chapotear en sangre de un momento a otro”.) Y, claro, las sospechas recayeron sobre ella.

Los ‘freikorps’, unos grupos paramilitares rudos y bien armados, fueron llamados a sofocar la revuelta. Y lo hicieron sin escrúpulos: retomaron Berlín en seis días y mataron a cientos de insurrectos. La ‘Rosa Roja’ también cayó: fue arrestada, golpeada, rematada a balazos y arrojada al río. Jamás hubo la certeza de que el cuerpo rescatado de las aguas cuatro meses más tarde fuera en efecto el suyo…

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