A flor de piel
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A flor de piel

Por Milagros Aguirre.

Ilustración: Adn Montalvo E.
Edición 467-Abril 2020.

Un domingo tarde, buscando alguna lectura, me encuentro en mi biblioteca con A flor de piel, una novela de Javier Moro (Planeta, 2015). No sé cómo llegó ese libro a mi estantería, pero sé que los libros se dejan leer cuando es el momento. No antes ni después. Y este en particular se dejó ver en plena pandemia, como para mostrar lo afortunados que somos de vivir en el siglo XXI, cuando tenemos las vacunas en frasquitos perfectamente desinfectados y que, con apenas un leve pinchazo, podemos protegernos de poliomelitis, tosferina, meningitis, difteria, viruela, sarampión, hepatitis B, malaria o fiebre amarilla, gripe o influenza, tétanos, rabia y ahora, covid.

En el relato de Javier Moro, que se remonta a principios del siglo XIX, la vacuna debía transportarse en la pústula misma de la viruela y, mediante un corte, se colocaba en el brazo de quien la recibía. Los investigadores de entonces descubrieron que la viruela de la vaca era menos letal que la humana y empezaron a implantar la materia de sus pústulas en las personas. ¡Cosas del diablo!, decían sus detractores hace doscientos años, que argumentaban que con este método se alteraban las especies, la perfecta obra de Dios. Igual que hoy, con las teorías del cambio en el ADN o que la vacuna que se nos viene es “cosa de Satán”. En serio. No es broma.

Antes de la vacuna (que se llama así por lo de las vacas), el tratamiento que los médicos usaban era la variolización, es decir, juntar a personas sanas con aquellas que sobrevivían de la viruela para así inmunizarlas y que el contagio fuera menos letal. La historia que cuenta Moro es alucinante: una expedición humanitaria que incluía a veintidós niños huérfanos, a quienes llamaban “pobres de solemnidad”, cuyos cuerpos mismos serían transporte del virus que serviría para inmunizar a miles de personas en el continente americano: sus frágiles vidas para salvar a la humanidad. Entonces, en el siglo XIX, las recomendaciones eran las mismas que en la pandemia de hoy: higiene, distancia, aire libre. Solo que las condiciones de salubridad no eran ni remotamente parecidas a las de hoy. Peor, las condiciones para el desarrollo de la ciencia.

“Las epidemias han tenido más influencia que los gobiernos en el devenir de nuestra historia”, escribía George Bernard Shaw. Su frase está en el epígrafe de A flor de piel. Y sí: poblaciones enteras han desaparecido como consecuencia de pestes, plagas y epidemias. La que nos tocó vivir es una más de las enfermedades que se han presentado en la historia de la humanidad y que se combaten con las vacunas, pero también con la concurrencia de muchos, con la solidaridad y la empatía. Lástima que olvidemos esos capítulos de la historia que nos harían actuar de forma más preventiva y menos improvisada. Tropezar varias veces con la misma piedra parece ser parte de la naturaleza humana.

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