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EDICIÓN 500

Sociedad

Más modernos, pero también más desiguales

Título: Interior del Mercado Sur, Guayaquil. Fotógrafo: NN. Fecha: ca. 1907 - 1920. Técnica/soporte: Negativo-placa de vidrio/Vidrio Dimensiones: 13,00 x 18,00 cm. Colección o titularidad: Ministerio de Cultura y Patrimonio. Repositorio digital: Archivo de Fotografía Patrimonial - INPC

4 décadas en la “edad del burro”

por Mónica Almeida

Los ecuatorianos nos hemos modernizado, sin embargo, persisten las desigualdades sociales que se convierten en un lastre para el desarrollo.

¿Qué nos pasó en estos cuarenta años en los que los ecuatorianos fuimos creciendo con la revista Mundo Diners? En ese entonces comenzaba la década del ochenta, celebrábamos la independencia de la bota militar e, irremediablemente pobres, nos enfrentábamos al fin del primer boom petrolero. ¿Nos hemos convertido en un(a) señor(a) de las cuatro décadas? ¿O seguimos anclados a la llamada “edad del burro”, estirando los años de la adolescencia testaruda e irresponsable? ¿Cuáles son los hitos que nos marcaron en lo social? ¿O deberíamos hablar de fracasos? ¿O de una sociedad en movimiento?

Cuatro décadas reflejadas en 500 números de una revista autocalificada positiva, que muestra nuestro lado bueno para que seamos “un poquito mejores”. Una publicación que nos invita a despertar otras sensibilidades, a viajar por el mundo, a deleitarnos con obras de arte o a sumergirnos en un buen libro.

Lo obvio es que en esta tercera década del siglo XXI somos más numerosos, posiblemente alcanzaremos los diecisiete millones, con mayores recursos. El producto interno bruto (PIB) per cápita ha aumentado de 2936 dólares en 1980 a 4199 en 2022. Hemos optado por vivir en ciudades con buena conexión a internet, ya no estamos tan jóvenes como antes, tenemos menos hijos y nos divorciamos más a menudo, pero padecemos problemas de corazón y de nutrición. La desnutrición crónica infantil afecta al 27,2 % de los menores de dos años. En definitiva, modernos —de alguna manera— y sedentarios.

En los ochenta el principal problema de los ocho millones de ecuatorianos era la mortalidad infantil por enfermedades infecciosas, producto de las pésimas condiciones sanitarias. Uno de cada dos no tenía agua potable, mucho menos alcantarillado. Este último sigue siendo una desventaja hasta hoy: 34,2 % de la población no cuentan con este servicio. Los alcaldes prefieren inaugurar un paso peatonal o un parque, es más barato y son obras que se ven.

Ahora que hemos logrado extender la esperanza de vida por encima de los 77 años, resulta que tenemos sobrepeso y nos morimos porque las arterias del corazón se nos atrofian. Para el médico y salubrista Francisco Xavier Solórzano, este es uno de los bemoles de la tecnología, por el sedentarismo y los cambios en el estilo de la alimentación.

“Los jóvenes están pegados a una pantalla. Hemos llegado a extremos donde la tecnología ha empezado a producir cambios de comportamiento nocivos para la salud. El sedentarismo nos lleva a enfermedades crónicas como la diabetes y las enfermedades cardiovasculares”, advierte el especialista al destacar que el cáncer es el último componente del trío predominante de enfermedades mortales. Es decir, sin contar con las muertes violentas, los accidentes de tránsito o los suicidios juveniles.

La excepción de este trío fueron los años de la pandemia de la covid-19 por la que el planeta se paralizó en marzo de 2020. Guayaquil fue la ciudad más devastada. Nadie sabe cuántos perdimos ni cuántos perderemos en el futuro. El saldo oficial sería de unas 44 795 personas. No obstante, si se analizan las muertes en exceso, la cifra aumenta considerablemente debido a la crisis hospitalaria generalizada de esos años. En 2020 este número llegó a 46 656 y en 2021 a 35 353, es decir que la pandemia se nos llevó unos 82 000 ecuatorianos.

Solórzano considera que seguimos viviendo las secuelas físicas y sicológicas del coronavirus. El recuerdo de esos muertos lo llevamos muy hondo, es una marca que exhibimos en la frente. Nos hemos recuperado lentamente de la pandemia, pero a fines del año pasado, unos unos 4,6 millones de ecuatorianos vivían en condiciones de pobreza.

La migración es un tatuaje

La migración ha dejado de ser individual para dar paso a grupos familiares, incluso con personas vulnerablesy enfermas.
La migración ha dejado de ser individual para dar paso a grupos familiares, incluso con personas vulnerablesy enfermas.
® SHUTTERSTOCK.

En nuestros brazos llevamos tatuajes, profundos y coloridos porque se marcaron con tinta sangre. En el derecho —o izquierdo, no importa— está el de la crisis bancaria y el congelamiento de fondos de 1999, año fatídico que nos desangró la esperanza. Escupimos decenas de miles de los nuestros, los migrantes que se fueron a otro país buscando un futuro mejor. Se calcula que en esta ola migratoria se habrían radicado unos 110 000 en Europa y otros 200 000 en Estados Unidos.

Las estadísticas solo nos dan una idea de aquellos que salieron estampando su pasaporte, es lo que se llama saldo migratorio. Los que se fueron a pie o en barcos pesqueros no se contabilizan. Entre los años 1999 y 2000, el saldo llegó a 175 000 ecuatorianos, es decir, los que salieron y ya no regresaron. “Fue un pico sin precedentes”, asegura la investigadora María Mercedes Eguiguren, para quien la migración es una constante en la sociedad ecuatoriana desde los años 1970. Del campo a la ciudad, de la ciudad hacia el exterior, “somos un país en movimiento”, añade.

La migración ha hecho que se nos ausculte como sociedad y se rompan algunos mitos. Eguiguren subraya tres: las familias migrantes no se rompen, están separadas físicamente pero los vínculos perduran, los ecuatorianos —desconfiados por naturaleza— nos volvemos más solidarios en el exterior y los que salen no son los más pobres ni deciden irse al último momento.

“La emigración no es como un grifo de agua que se abre y se cierra, existe una planificación detrás, se necesita dinero y contactos, y hay que analizarla históricamente porque va atada a la economía del país”, advierte. Por ello, los otros picos se dieron a partir de 2014, cuando se agotaba el segundo boom petrolero, y de 2022 cuando el mundo reabrió sus puertas luego de la pandemia. Este año el saldo migratorio llegó a 113 931 ecuatorianos. Si bien los que se fueron a fines del siglo XX llegaron a España en su mayoría, el destino preferido sigue siendo Estados Unidos.

El dólar es un salvavidas envenenado

Quienes se quedaron sobrevivieron como pudieron a la crisis, a punta de sudor y esfuerzo, hasta que el dólar se consolidó como un salvavidas envenenado. Esa es el ancla a la que estamos aferrados: la moneda que nos iguala a un añorado primer mundo porque no se devalúa, aunque nos roba competitividad. Nos hace atractivos para el narcolavado, pero sobre todo nos da las certezas que nos niegan nuestros políticos. Y al menos esa camisa de fuerza es la que nos ha protegido de los Gobiernos manirrotos que ya no pueden imprimir billetes para satisfacer sus delirios.

Para el antropólogo Andrés Guerrero, la pérdida de la competitividad es la peor consecuencia de esta moneda “dura”. Muchos agricultores han dejado de sembrar porque sus productos ya no son competitivos y han sido reemplazados por aquellos que se importan desde Perú o Colombia. A su vez, las remesas de los migrantes, que en 2022 llegaron a 4743 millones de dólares, “mantienen un cierto nivel de vida y casi siempre se destinan al consumo”.

En el otro brazo llevamos el tatuaje de los terremotos de 1987 y 2016, los peores embates que nos ha dado la naturaleza desde el retorno democrático de 1979. El 5 de marzo de 1987 se produjeron dos sismos por encima de los seis puntos. Murieron unas mil personas, más que nada por los deslaves de las laderas del volcán Reventador. Las pérdidas económicas ascendieron a 1000 millones de dólares porque se rompió el oleoducto y dejamos de exportar petróleo durante cinco meses.

El otro terremoto ocurrió la noche del 16 de abril de 2016, las placas se movieron en Pedernales y la sacudida alcanzó una magnitud de 7,8 grados. Esmeraldas y Manabí fueron las más afectadas y los muertos llegaron a 700. Nosotros nos creíamos tan modernos con las lindas carreteras y los letreros sobre la patria. El grito de la tierra nos desnudó de golpe y todavía no podemos cubrir nuestras vergüenzas porque la corrupción también se volvió incontrolable.

La naturaleza siempre nos ha recordado su presencia, ya sea con los fenómenos de El Niño de 1982 y de 1997, la tragedia de la Josefina, las erupciones de hongos blancos o nubes negras y flujos piroclásticos de varios de los volcanes que nos han visto nacer y nos acompañan desde siempre.

No logramos vencer la desigualdad

La única desigualdad que se ha logrado mejorar es la inclusión de niñas en las aulas escolares rurales y urbanas pobres.
La única desigualdad que se ha logrado mejorar es la inclusión de niñas en las aulas escolares rurales y urbanas pobres.
® SHUTTERSTOCK.

Nuestra mayor flaqueza es la desigualdad, no nos deja despegar porque también está relacionada con el racismo. Las cifras que dan cuenta de avances en salud y educación son el promedio nacional que oculta las diferencias socioeconómicas y regionales, que se ahondan en un país que parecería que da la espalda al campo. Hay áreas donde las tasas de mortalidad y de desnutrición infantiles son el doble de los índices de las zonas urbanas, explica Solórzano. “Como sociedad estamos fallando porque hay una exclusión de esos grupos que deberían ser prioritarios”, añade.

El educador Juan Samaniego coincide con Solórzano y habla de “una tremenda inequidad” en calidad y acceso a la educación. Si bien la cobertura educativa ha aumentado considerablemente, en especial para la instrucción básica, en las escuelas rurales, generalmente unidocentes, el panorama es desolador. Además, el hito de la cobertura se estrella contra el fracaso en la calidad. En un último reporte del Banco Mundial sobre lo que llama “pobreza de aprendizajes”, el Ecuador se sitúa entre los malos alumnos. El 65 % de niños de diez años no puede leer ni comprender un texto simple, tampoco realizar operaciones matemáticas básicas. Como comparación, el porcentaje en Colombia es de 51 y en Perú de 44.

Una de las razones para estas malas calificaciones, según Samaniego, es el énfasis en el control por los aspectos administrativos del sistema y el poco apoyo pedagógico que se brinda a los maestros. Resume la tragedia con lo que llama el Triángulo de las Bermudas: arreglo un poco las aulas, reparto textos escolares y doy una capacitación rápida. “El enfoque del Triángulo ha subsistido mientras se ha exacerbado la soledad pedagógica del maestro”, anota. De todas maneras, Samaniego realza como uno de los logros de estas cuatro décadas la educación bilingüe.

Solórzano pone el dedo en la llaga “el sistema educativo no ha podido crear pensamiento crítico, me refiero a libertad de pensamiento y a la capacidad de discernir, tenemos alfabetos funcionales”.

Uno de los mayores retos que enfrentamos como país es proporcionar mayores oportunidades para los jóvenes. El drama, asegura Samaniego, es no haber roto la lógica de entrar a primer grado y salir de bachilleres, no hemos creado otro tipo de formación ocupacional para las decenas de miles de chicos que no pueden ingresar a la universidad porque no existen suficientes pupitres. Calcula que cada año, grosso modo, se quedan 200 000 sin poder entrar a la universidad. Los colegios técnicos y las escuelas de oficios no llenan el vacío que acarreamos.

El bachillerato y la universidad son la esperanza de movilidad social. Un cambio que se aceleró a partir de la reforma agraria de los sesenta y setenta, explica Guerrero, para quien, en dos o tres generaciones, los ecuatorianos han podido ascender a profesionales, comerciantes o empresarios. Sus bisabuelos eran los “indios propios” de las haciendas serranas, ellos constituyen hoy una clase media profesional que ocupa altos cargos en el Estado y participa en las juntas parroquiales o barriales.

Es indudable que el levantamiento indígena de 1990 nos marcó, nos quitó una venda que no queríamos dejar caer. La primera alcaldía de Auki Tituaña en Cotacachi, en 1996, fijó un hito.

Tanto Solórzano como Samaniego insisten que es necesario reflexionar sobre las desigualdades en salud y educación para encontrar un enfoque global y aplicar una política a largo plazo. Se trata de mejorar la inversión de los recursos. Para Samaniego “en Quito funcionan los ministerios del Estado que no interactúan entre ellos cuando la realidad es integral. Desde la burocracia se ven las cosas segmentadas en lugar de generar respuestas integrales”. En la misma línea, Solórzano destaca que cada administración llega y hace borrón y cuenta nueva. Desde el retorno democrático, solo el doctor Plutarco Naranjo cumplió los cuatro años como ministro de Salud, recuerda.

El salubrista pone énfasis en que la inversión en infraestructura no se tradujo en una mejor atención debido a errores de planificación y a la corrupción. Un ejemplo: después de todo lo construido no pudimos ponernos al día con el ritmo de crecimiento poblacional, el índice de camas hospitalarias por habitante es menor al de 1980: 1,3 frente a 1,9.

El gran levantamiento indígena del noventa renovó los tradicionales espacios políticos y sociales absolutamente excluyentes.
El gran levantamiento indígena del noventa renovó los tradicionales espacios políticos y sociales absolutamente excluyentes.
® DOLORES OCHOA / LEVANTAMIENTO INDÍGENA 1999.

El esfuerzo y la esperanza de salir adelante nos sostienen. Caminamos por tierras movedizas porque no hemos podido cuidar nuestro medioambiente. La edad del burro nos hace irresponsables: talamos bosques, contaminamos ríos y nos encanta despilfarrar los ingresos petroleros. “Tenemos un modelo de acumulación de riqueza que funciona por depredación ecológica, esa variable no entra en el cálculo económico”, puntualiza Guerrero, quien lamenta que no hayamos podido dar un salto tecnológico considerable durante el segundo boom petrolero. Sin embargo, su mayor preocupación es que la rápida urbanización del país está destruyendo las mejores tierras cultivables tanto en la Sierra como en la Costa.

Nuestro corazón late intensamente por la selección de fútbol, la camiseta tricolor es lo que, al parecer, nos une por encima de nuestras diferencias regionales (seguimos siendo bicéfalos). No obstante, los realmente grandes, porque han ganado las medallas de oro, marcharon, pedalearon su bicicleta y levantaron pesas en solitario. Son nuestros héroes visibles. Nos recuerdan que aún no somos capaces de funcionar en equipo.

Somos más femeninos. La inserción de la mujer en todos los campos profesionales y en la política es otro de los grandes logros de estas cuatro décadas. Aún no podemos hablar de igualdad completa porque básicamente ellos ganan más que ellas. Es un tema pendiente.

¿Cómo llegaremos al número 600 de la revista Mundo Diners en el año 2032? ¿Habremos superado la edad del burro? ¿En qué espejo nos vamos a reflejar?

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Acerca de Mónica Almeida

Periodista independiente con más de 35 años de trayectoria. Becaria del programa Journalistes en Europe, en París, y de la Nieman Foundation for Journalism at Harvard University. Realizó la mayor parte de su carrera en el periódico El Universo. Está asociada a las plataformas periodísticas Connectas, Clip e ICIJ, con esta última formó parte del grupo mundial de periodistas que publicó las series Panama Papers y Pandora Papers. Coautora de los libros El séptimo Rafael (2017), Migrantes de otro mundo (2021) y La revolución malograda (2023).
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