2020.
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

2020.

Por Salvador Izquierdo.

Ilustración: Diego Corrales.

Edición 452 – enero 2020.

Firma---Salvador

Me gusta la palabra inicio con sus tres íes saltando y silbando alegremente. Un inicio, sea del año o de una relación o de un viaje, es el momento del énfasis; el momento en que se subraya la realidad de esa experiencia que aún no tiene forma definida. 2020 está lleno de vaticinios: golpes de suerte, derrotas, desastres…pero, mientras dure esta columna, sostengámonos en aquello que no es proyección ni alarde, sostengámonos en lo inevitable de estar comenzando algo, sin más, reflexionando en torno al origen.

Uno de los mitos más conocidos es el de Prometeo. Cada inicio de semestre, me organizo para que una nueva cohorte de estudiantes lea el Prometeo encadenado en voz alta. Así empiezo a conocerlos, y ellos a mí; la actividad nos da la excusa para estar “trabajando” ya sobre el lenguaje y la comunicación, temas de nuestro curso, al mismo tiempo que, espero,  se añada un bonus al syllabus de la materia.

El mito en cuestión, como muchos saben, cuenta que el titán Prometeo robó el fuego de sus sobrinos, los dioses del Olimpo, para dárselo a los seres humanos. Esto presupone una intervención divina al centro de nuestro inicio como especie, pero también plantea un montón de temas adicionales. La obra de Esquilo, por ejemplo, dice que Zeus pensaba aniquilarnos y reemplazarnos por otra raza. Y se elabora sobre cómo era esta versión previa del ser humano. Según el mito, antes de entrar en contacto con Prometeo, éramos monstruos sin ninguna aptitud. Ni ver ni escuchar sabíamos, pensar estaba lejos de nuestras posibilidades y ni siquiera éramos capaces de llevar a cabo las funciones biológicas más básicas. Imagínense eso. Vivíamos bajo la tierra, sin sol. Todo lo cual pone en perspectiva la decisión que había tomado Zeus. Destruir eso no significaba gran cosa. A la final, ¿a quién le podrían importar unos entes que “todo lo mezclaban al azar”?

Al mismo tiempo, el gesto prometeico está ligado al hecho de dejar de ser eso que fuimos antes de conocer el fuego. Pero el fuego parece ser un símbolo de una gran cantidad de conocimientos que vinieron con la superación de ese estado de inadaptabilidad. Es decir, no fue solo un fuego físico lo que Prometeo entregó a la humanidad, iniciando así esta larga historia que sigue corriendo, sino una serie de destrezas clave, descritas al detalle en la obra de Esquilo: la astrología, la aritmética, la escritura, la agricultura, la ingeniería, la medicina y la mántica. Pero la enseñanza principal vino incluso antes de estas destrezas, pues, por encima de todo, Prometeo enseñó al ser humano acerca de su propia mortalidad. Lo hizo cuidadosamente, evitando que esta revelación, devastadora bajo cualquier lógica, arruinara el ánimo con el que las criaturas mortales iniciaban su existencia. ¿Cómo lo hizo? ¿En qué consistió esta delicadeza de su parte? “Hice anidar en ellos esperanzas ciegas”, dice el titán en el drama antiguo.

Esperanzas ciegas, lo único que tenemos para enfrentar la dura realidad de que algún momento moriremos. Un dato que resultó indispensable para iniciar la humanidad. Si es que íbamos a despertar y vivir sobre la superficie, teníamos que saberlo. Antes, cuando no distinguíamos el día de la noche, igual moríamos, pero sin saberlo, moríamos sin saber nada.

La esperanza y la ceguera permitieron a los griegos de la Antigüedad enfrentar el día a día. Abrió la posibilidad para que aprovecharan el tiempo que tenían disponible, a pesar de que sabían lo que sabían; les permitió crear, precisamente porque sabían lo que sabían; les permitió hacer, enfrentándose al fuego. Ahora sí, ¡feliz año nuevo!

* Muchas de las ideas que aparecen en esta columna fueron esbozadas originalmente en un ensayo escrito en 1991 por el filósofo griego Cornelius Castoriadis.

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

En este mes

La reivindicación de Sabato

Por Daniela Mejía Fotografía: Jaime Olivos | Cortesía Edición 456 – mayo 2020. Cada sábado, mediante visitas guiadas por su casa, dos de los descendientes

En este mes

Yourcenar la posibilidad de una isla

Por Diego Pérez OrdóñezFotografía: Shutterstock | cortesíaEdición 456 – mayo 2020. La tradición de aislamiento creativo tiene antecedentes notables. Vienen a la mente dos casos,

Columnistas

Las horas o la (mala) conciencia del tiempo

Gonzalo Maldonado Albán Son pocos los filmes que alcanzan la calidad artística de las obras literarias que los inspiraron. Pienso, por ejemplo, en El padrino,

Tecnología

Hiperconectados

Por Xavier Gómez MuñozEdición 456 – mayo 2020Fotografía: Shutterstock | Xavier Gómez M. Tres escenas: 1. Suena el celular y empieza a titilar esa luz

En este mes

Mi pequeño Pony

Por Juan Fernando AndradeEdición 456 – mayo 2020. Ciertos cinéfilos de carrera recomiendan ir al cine sin saber nada de la cinta que se va

En este mes

Gustave Flaubert

Hace 140 años murió el escritor de la palabra justa. Muy a pesar de sí mismo, Flaubert fue maestro e inspirador, figura cimera del realismo

También te puede interesar

Ana Cristina Franco

SRI

Por Ana Cristina Franco Esas tres letras hacen que mi espina dorsal se descomponga. Cuando las escucho, me entrego al zapping, enciendo un cigarrillo o

Mónica Varea

Finísimos los zapatos

Por Mónica Varea Lo mío con Santi fue amor a primera vista, a él sí le tomó un par de años. Apenas lo vi morí

Ana Cristina Franco

Crónica de la Tierra

Por Ana Cristina Franco Cuando tenía siete años pensaba que un día mis padres me llamarían al cuarto y me dirían “tenemos que hablar contigo”.

Columnistas

Es hora de apagar la luz.

Por Mónica Varea. Ilustración Sol Díaz. Edición 428 – enero 2018. “La casa, ya es otra casa, el árbol ya no es aquel…”, resuena la