2018.
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

2018.

Por María Fernanda Ampuero.

Ilustración Maggiorini.

Edición 428 – enero 2018.

Firma---Ma-Fda-Ampuero-1El otro día me invitaron a un colegio a hablar con los estudiantes sobre mi trabajo. La charla fue más interesante para mí que para ellos: sus preguntas eran un desafío a mi desparpajo para hablar, a mi honestidad bruta —el director esta­ba sentado a mi lado y a cada rato se estiraba el cuello de la camisa como si le apretara muchí­simo— y tenía que pensar mucho mucho para no decir alguna impertinencia que hiciera que el pobre director se asfixiara. Pero dije, claro que dije, “si saben cómo me pongo, para qué me invitan”. Hablé de libertad, de buscar tu propia felicidad, de quererse a una misma, del respeto, de los derechos de las mujeres, en fin, ya saben, mis batallas de hace tanto tiempo.

Al final de la charla, una de las chicas se me acercó y me tocó el hombro. Me giré y ahí estaba yo: María Fernanda de quince años, detrás de sus —mis— lentes feísimos que papá nos com­pró en La Bahía. Me pregunto por qué no me sorprendió más verme a mí misma con el unifor­me del colegio, tan dulce y cándida, tan llena de fe en todo, con esas cosas que yo fui tantísimo, y que la vida, los años, me han ido quitando a patadas. Pues ahí estaba ella —yo— diciéndome cuánto le había gustado mi charla y que le dijera cómo hacer lo que una quiere, sin importar lo que piensen los demás. La miré y se le sonrojaron mis mejillas regordetas y sonrió con mi sonrisa cuando le dije que era igualita a mí a esa edad.

¿Alguna vez se han encontrado con ustedes mismos cuando eran jóvenes? Es una experien­cia muy extraña y, sin duda, escasa. Pero ese día, sería un martes, me pasó. ¿Y qué haces cuando esto te pasa? Pues darle un abrazo a la pequeña, ¿qué más vas a hacer? Abrazarla mucho y con mucho amor. Sabes lo que está viviendo y sabes lo que todavía le queda por vivir y entonces no puedes no intentar acunarla el mayor tiempo posible en tus —sus— brazos de mayor y decirle que todo va a estar bien. Cuando ya empezaba a ser rara la duración del abrazo de la señora escritora a la jovencita estudiante la solté y al se­pararnos vi que lloraba. Se había emocionado, sí, esa María Fernanda es de emocionarse con las cosas del corazón y, para qué negarlo, esta también.

Me dijo que le gustaba escribir, pero que le daba vergüenza enseñar sus cosas a la gente y que lo más probable es que no lo hiciera bien —María Fernanda siempre fue insegura— y que, además, las otras chicas iban a estudiar Publici­dad y Medicina y cosas útiles, mientras que ella estaba estancada en eso de llenar cuadernos con sus pensamientos, haciendo poemitas para su perra —la mención a Nena, que murió a mis die­ciocho, casi me tumba al suelo— y cuentos de princesas y príncipes. Pero que era su sueño, eso dijo, poder ser escritora. Corrió a su puesto y tra­jo el cuaderno —mi cuaderno rojo de La Refor­ma— lleno de historias y poemas y dibujos, que reconocí inmediatamente. Quise arrebatárselo, traérmelo a mi casa, releerlo, abrazarlo, pero algo me dijo que eso sería ir contra las reglas. Ese cuaderno era de ella y no mío.

Me leyó en voz alta un poemita que yo no recordaba, pero que era exactamente como ima­ginaba: romántico, soñador, acaramelado. Así era. Así es la niña que está frente a mí leyendo su poema con un poco de orgullo y un poco de vergüenza. Lo termina y me mira con la desespe­ración de un perrito hambriento, parece a punto de gemir. “¿Le gustó?” —María Fernanda me trata de usted—. Le respondo que mucho, que me gustó mucho y ella sonríe y brilla como si le hubiera nacido una estrella dentro. También re­cuerdo esa luz y me pregunto si ya se ha acaba­do: una estrella muerta en un ser negro como el cosmos. ¿Habrá cómo volver a encenderla?

Quiero volver a sentirme así, ser ella por un segundo y sé que, en cambio, ella quiere ser yo, que la escritura sea su forma de vida, que pueda viajar por sitios sorprendentes, que viva lejos, en una ciudad con librerías. Estamos frente a frente envidiándonos como dos bobas.

Entonces me insiste que le cuente el secre­to para poder dedicarse a esto, a pesar de su —mi— padre y de las risas de las compañeras y de las preguntas de que de qué vas a vivir por­que de escribir no se vive, pero, sobre todo, para poder dedicarse a esto, a pesar de ella misma y su inseguridad. “Lo vas a hacer, te lo prometo”, le digo mirándola a sus ojos miopes detrás de los lentes —dios, cómo odiaba esos lentes—, y ella otra vez se ilumina como un astro y me da otro abrazo y le doy otro abrazo y sé que ambas estamos conmovidísimas.

Antes de irme me pregunta qué voy a hacer este 2018, así, en general, y trago espeso porque no tengo ninguna esperanza en que el cambio de calendario cambie lo que traigo dentro y en­tonces comprendo que lo que quiere que le diga es algo acorde con lo apasionante de mi vida. Y entonces comprendo que no puedo fallarle, a ella no, tal vez a mí sí, pero a ella no.

—Seré feliz —le digo.

Y sonríe y responde: —Entonces yo también lo seré.

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

Columnistas

La Palma dibujada

Por Diego Pérez Ordóñez Hay ocasiones en que la literatura puede jugar a reemplazar la geografía. En esos momentos la pluma y los mecanismos de

Literatura

La literatura del yo

Por Daniela Mejía. Fotografías: Facundo Barisani y Madreselva Editorial. Edición 457 – junio 2020. Belén López Peiró es una de las escritoras argentinas contemporáneas más

En este mes

Mientras embalo mi librería

Por Karina Sánchez. Fotografía: cortesía. Edición 457 – junio 2020. Tolstói, en el centro-norte de la capital, ha sido muchas cosas durante los últimos diez

Columnistas

Camarones Ingapirca

Por Gonzalo Dávila Trueba Ilustración: Camilo Pazmiño Edición 457-Junio 2020 A los cocineros de vez en cuando se nos corre alguna teja de la cabeza.

En este mes

El hombre que fue otros

Por José Luis Barrera Edición 457 – junio 2020 Un nombre a la medida Incluso antes de trasladarse a Francia, la madre de Roman Kacew

En este mes

¿Eficaz como un insecto?

Por Juan Sebastián Martínez. Edición 457 – junio 2020. Para leer todo lo que se ha escrito acerca de la vida y obra de Franz

También te puede interesar

Mónica Varea

Top less

Por Mónica Varea Me encanta la música tropical, adoro la cumbia, el merengue, la salsa y hasta el chachachá, (al reguetón no lo nombro porque

Columnistas

Birus

Por Huilo Ruales Ilustración: Miguel Andrade Edición 457-Junio 2020 Finales de invierno, 2020 Hola, Birus, le digo al abrirle la claraboya por donde accede a

María Fernanda Ampuero

Carrie en la noche de graduación

Por María Fernanda Ampuero   El piloto anuncia que estamos próximos a aterrizar. Súbitamente, al escuchar esas tres palabritas —Aeropuerto de Guayaquil— mi cuerpo sufre

Columnistas

LABAKA, LA BATALLA PERDIDA.

Por Milagros Aguirre. Ilustración ADN Montalvo E. Edición 422 – julio 2017. Julio, 1987. Imposible olvidar esa fecha. Hace treinta años murió, clavado con lanzas,

Columnistas

Amiquemeimporta 500 mg.

Por Milagros Aguirre. Ilustración: ADN Montalvo E. Edición 433 – junio 2018. Alguien me recetó esa pastilla. No, gracias. No quiero ni un miligramo de

Columnistas

Érase una vez la burocracia.

Por Huilo Ruales. Ilustración Miguel Andrade. Edición 427 – diciembre 2017. La madre de familia del departamento de Archivo era la Esthercita. Y no solamente