Cien años de la revista más leída del mundo

Reader’s Digest: si lo traducimos al español, quedaría como “Resumen del lector”. No era, por supuesto, un nombre con gancho, así que cuando una de las revistas más longevas de la historia se editó por primera vez en español la bautizaron como Selecciones. ¿Quién podría olvidar este fenómeno editorial que nos dio tan buenos momentos y se convirtió en objeto cotidiano de culto, con secciones como “La risa, remedio infalible”, “Enriquezca su vocabulario”, “Gajes del oficio” o “Citas citables”?

Este año se cumple el centenario de esta mítica publicación estadounidense que dio nombre a un formato de revistas —el digest—, pensado para ser llevado en el bolsillo y que, como tantos otros grandes inventos, nació en un sótano: el de la casa de los De Witt Wallace. Un matrimonio neoyorquino con una biografía modélica muy a lo “sueño americano”, que ideó un magazín mensual para reunir las noticias de mayor interés y que, como todo buen proyecto, recibió el rechazo inicial de grandes grupos editoriales.

Reader’s Digest comenzó en el Nueva York de los años veinte, en los sótanos de un edificio del
Greenwich Village, propiedad de un visionario matrimonio, William De Witt (1889-1981) y Lila Wallace (1889-1984), que idearon un concepto de publicación hasta entonces desconocido: una revista familiar de tamaño bolsillo y de periodicidad mensual en la que tuviera cabida una selección condensada de los treinta mejores artículos aparecidos en otras publicaciones.
La pareja difundió en las páginas de la revista Reader’s Digest más historias y transmitió más información que quizá otro ser humano en la historia. Fotografías: Shutterstock.

La revista vio la luz con un presupuesto de 4500 dólares provenientes de suscripciones particulares. Quince años después facturaba un millón de dólares y dos décadas más tarde se consagraba como el mayor éxito editorial del siglo XX: no era solo la revista más leída del momento —fue traducida a más de treinta idiomas, incluido el braille— sino también la segunda publicación más vendida del planeta, solo después de la Biblia.

El sueño americano

Del sargento William De Witt Wallace (1889) se contaba que fue alcanzado por fragmentos de metralla en la nariz, cuello, pulmón y abdomen durante la Primera Guerra Mundial. También se decía que, dada la gravedad de las heridas, su convalecencia en un hospital francés fue larga y dolorosa, pero jamás monótona: se pasaba el día seleccionando artículos, copiándolos o tomando notas.

Cuando fue devuelto a la vida civil en Estados Unidos, continuó con su trabajo en la biblioteca de su natal St. Paul y con su afición coleccionista. De entre todos los artículos que había compilado, eligió 31 —uno por cada día del mes— y los mandó a imprimir a dos columnas, en un formato compacto de 14 x 21 cm. Con la criatura recién salida de la rotativa, inició un largo peregrinaje de rechazos editoriales.

El 5 de febrero de 1922 se publica el número 1 de Reader’s Digest. La revista contenía treinta artículos resumidos y seleccionados de otras revistas. La suscripción anual era de tres dólares.

Ningún editor estaba dispuesto a invertir en una idea que consideraban buena, pero un tanto ingenua. No pensaba lo mismo su novia, Lila Acheson: lo que para otros era ingenuo, a sus ojos, era ingenioso. En 1922 De Witt y Acheson no solo firmaron los papeles de matrimonio, sino también los de su sociedad llamada The Reader’s Digest Association: el 52 % de las acciones era de él y el 48 % de ella.

El escepticismo de los editores fue el empujón final para dar su gran salto al vacío: captar lectores por cuenta propia. William ya había escrito un buen número de cartas a potenciales abonados antes de casarse con Lila, aunque fue a raíz de su unión que el método tomó cuerpo y, a cuatro manos, enviaron más de cinco mil misivas solicitando un aporte de tres dólares a cambio de una suscripción anual con garantía de reembolso. El dinero recaudado, tras al acto de fe de sus 1500 primeros suscriptores, les fue suficiente para lanzar las dos primeras ediciones.

En la portada del número cero, fechado en febrero de 1922, se leía: “Treinta y un artículos cada mes de revistas líderes: cada artículo de valor e interés perdurables en forma resumida y compacta”. El índice de la primera página desgranaba una variedad de títulos sobre política, salud, cultura, humor o ciencia. El artículo de apertura se titulaba “Cómo mantenerse joven mentalmente”. Ni un solo anuncio publicitario en sus 64 páginas.

La época dorada

La circulación de la revista creció vertiginosamente, pasando de 1500 ejemplares en 1922 a doscientos mil en 1929, en plena Gran Depresión. Tres años después, cuando se incluyeron las primeras colaboraciones exclusivas, la revista duplicaba el número de páginas y las suscripciones superaban los trescientos mil.

La edición en español de Reader’s Digest apareció en diciembre de 1940, editada por la empresa Selecciones del Reader’s Digest S. A., en La Habana, Cuba

En 1938 apareció la primera edición internacional en Reino Unido y en diciembre de 1940 se editó en Nueva York el número inaugural en español. Cuatro años más tarde se estableció una sede en Cuba, desde donde se editó y distribuyó Selecciones para el resto de Iberoamérica. La acogida que tuvo entre las familias latinoamericanas obligó a la compañía a diversificar las ediciones: mientras que la Selecciones de La Habana se distribuía en las Antillas, Centroamérica y España; otra edición, impresa en Argentina, se extendía por toda Sudamérica.

En 1960 y tras el estallido revolucionario cubano, las oficinas de The Reader’s Digest Association se mudaron a Buenos Aires, donde Selecciones experimentó una nueva diversificación regional: apareció la versión mexicana, la andina, impresa en Santiago de Chile y distribuida en el Ecuador, Colombia, Perú y Venezuela; la centroamericana, editada en Costa Rica; y la versión rioplatense que cubrió el sur del continente.

Además de marcar un hito de ventas en la industria editorial —hubo tiradas de hasta treinta millones de ejemplares—, la Digest marcó otros tantos en la historia de la prensa mundial. El más sonado ocurrió en 1952, cuando se publicaron una serie de artículos llamados “Cáncer en una cajetilla” en los que se alertaba, por primera vez en un mass media, sobre los peligros del tabaco para la salud pública.

En 1991 Reader’s Digest fue parodiada como Reading Digest en un episodio de Los Simpson.

Su lucha antitabaco se extendió durante veinte años y, según la web oficial de la revista, fue decisiva para que, en 1971, Estados Unidos prohibiera la publicidad de tabaco en radio y televisión. La laureada serie Mad Men (2007) ficcionó esta controversia en su primer episodio “El humo ciega tus ojos”.

En 1991 fue parodiada como “Reading Digest” en un episodio de Los Simpson, en el 98 se imprimió el ejemplar diez mil millones, y en 2008 traspasó una de las pocas fronteras que se le resistían: China. Lo hizo con el nombre de Phuzi Reader’s Digest.

Los hilos del poder

Aunque Wallace la concibió como una revista ecléctica e imparcial —“periodismo blando”, para algunos—, la Digest fue duramente criticada por mantener una línea editorial que reflejaba en exceso el punto de vista conservador de sus creadores. “Inicialmente —escribe la periodista Joanne Sharp en un artículo para la CNN la revista simpatizaba con la Revolución rusa juzgándola como un movimiento válido contra la sociedad europea aristocrática y antidemocrática”; aunque al poco tiempo identificó a la Rusia comunista como algo bastante más peligroso que el fascismo.

Para el año 2008 traspasó una de las pocas fronteras que se le resistían: China. Lo hizo con el nombre de Phuzi Reader’s Digest.

La revista reforzó la imagen de Estados Unidos y la URSS como polos opuestos y hasta el artículo más banal era aprovechado para sacar punta al conflicto y sopesar los valores “diametralmente” distintos de ambas sociedades. Se ganó a pulso la reputación de voz líder del anticomunismo y, en algunos círculos, de pasquín gubernamental.

Lo narra Peter Canning en su libro Soñadores americanos: los Wallace y Reader’s Digest, una historia desde dentro: “durante los años de la Guerra Fría, la revista se convirtió en fútbol político. Wallace había dejado que la CIA y el FBI la utilizaran a su antojo, y cuando Ed Thompson, un editor más liberal, trató de reconvertirla en una verdadera fuerza por la verdad, los cuchillos ya se habían desenvainado en Washington”.

Las acusaciones de control de las fuerzas de inteligencia salpicaron también a las ediciones latinoamericanas. Según el análisis presentado en 2014 por la historiadora argentina Lisa Ubelaker, en el seminario Red de historia de los medios, la cultura propuesta por Selecciones fomentaba el proyecto hegemónico del Gobierno. El Departamento de Estado ofreció a los De Wallace un subsidio para la expansión en América Latina con el objetivo de fomentar relaciones políticas y comerciales e impulsar una clase media internacional, inspirada en la clase media norteamericana. Un ejemplo claro: en un anuncio de 1961 se pregonaba que la revista era leída por “veintiún millones de familias, la mayoría cultas y de buena posición”.

Se trataba, pues, de una marca de clase que funcionaba como perfecta transmisora de los valores del american way of life (el estilo de vida estadounidense), gracias a ese formato amigable, “en el que los lineamientos políticos se hallaban licuados entre consejos para la buena salud y curiosidades varias”, como coincide la investigadora María Alejandra Sotelo en un ensayo publicado por Acta Académica y en el que concluye: “Muchas otras de sus contemporáneas de carácter más agresivo no enraizaron con la profundidad con que lo hizo Selecciones, que fue vista como uno de los mejores embajadores para el modelo de vida americano en Latinoamérica”.

La caída

Selecciones logró penetrar tan bien en nuestra vida cotidiana que, con aquel discurso arquetípico, aquella filosofía de andar por casa, aquellos chistes de humor algo dudoso, aquellas historias de optimismo y superación (había una broma interna en la revista que decía que, si la gente no lloraba dos veces con una edición, significaba que no era buena) nos reveló algo que, si no lo era, se asemejaba mucho al ideal de felicidad de la segunda mitad del siglo XX.

Una felicidad con fecha de expiración. Algunos sitúan el origen del declive de Reader’s Digest en una paradoja: si en los sesenta alcanzó su cénit, también inició un silencioso descenso empujado por los movimientos contraculturales de la década. A principios de los ochenta y con la muerte sin herederos de sus fundadores, los ojos carroñeros de multimillonarios como Laurence Rockefeller se posaron en la revista y anularon cualquier vestigio de “candidez” de los primeros tiempos. La disolución de la URSS en 1989 también contribuyó a su manera, pues dejó a la Digest sin un objetivo de ataque.

La estocada final la dio el nuevo milenio con el auge de medios globales dirigidos a nichos específicos y el tsunami de la industria digital. La editorial Reader’s Digest Association (RDA), incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos y de hacer frente a una deuda billonaria, se declaró en bancarrota el 24 de agosto de 2009. La revista fue rescatada por varios fondos de inversión, aunque volvió a fracasar en 2012.

Desde 2013 se publica como parte del conglomerado editorial Trusted Media Brands con un enfoque renovado y meramente digital. No hace falta recordar que ya no es el superventas de hace cuatro décadas, pero sí que Reader’s Digest es una de las pocas publicaciones con un siglo de existencia, que puede presumir de haber articulado un proceso histórico y globalizador como nunca antes lo había hecho ningún medio masivo y haber creado un vínculo de identidad, añorado por varias generaciones en todo el mundo.

Muñoz trae Selecciones al Ecuador

En 1933 Alfonso Muñoz era todavía un muchacho cuando pidió a Benjamín Carrión que lo llevara con él a México, donde Carrión iba como embajador. A ambos no los unía sino su origen lojano.

Ya en su destino, Muñoz realizó varios oficios. Y, en tal condición, conoció a mucha gente importante, con la que Carrión se reunía en su casa y a la que Muñoz atendía con solícita simpatía.

Cuando Carrión regresaba tras terminar su misión, Muñoz le pidió que lo ayudara en los trámites de migración, pues él quería quedarse en México. Y, efectivamente, se quedó. Le sirvieron los contactos que había hecho, consiguió un puesto en una revista porque era dueño de un talento y una tenacidad infinitas.

Viajó a California y consiguió la distribución de la revista Selecciones para toda la costa del Pacífico, desde México hasta el Ecuador. Labró una fortuna considerable y en Quito instaló la Librería Selecciones, de Muñoz Hermanos, que tuvo larga y fructífera existencia.

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