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Los diez secretos mejor guardados de la reserva Mena Caamaño

por Javier López Narváez

“El florón”, Marcia Vásconez. Reserva Mena Caamaño.
“El florón”, Marcia Vásconez. Museo Municipal Alberto Mena Caamaño / David Ruiz.

La reserva de arte Mena Caamaño es una de las más importantes del país. Bajo la tutela del Centro Cultural Metropolitano de Quito, guarda 4080 bienes, valorados en más de quince millones de dólares, de acuerdo con el último inventario.

Prepárese para viajar en el tiempo. Se ve que le gusta la idea. Será breve. Apenas una visita guiada a la reserva de arte Mena Caamaño. En el camino usted recibirá diez recuerdos, diez anécdotas, diez memorias. Once, si se cuenta el punto cero donde todo empieza. El Centro Cultural Metropolitano, una puerta verde, un taller de restauración.

Ahora camina de frente. El tiempo se detiene. Se ahoga el ruido cotidiano. Usted avanza siguiendo el rastro de estas palabras que le permitirán mirar lo invisible. A los invisibles. La ruta inicia en el siglo XIX, luego pasa por el XX y llega hasta la era precolombina. Ubíquese en el umbral. Ahora sabe que, cuando atraviese el siguiente párrafo, no podrá salir hasta que todo termine. Bienvenido.

Punto de partida: la reserva

En 1956 el filántropo quiteño Alberto Mena Caamaño y su esposa, Isabel Hierro, donaron a la ciudad de Quito unas seiscientas piezas, entre esculturas, pinturas y armas del siglo XIX. La escritura pública estableció su avalúo en cuatro millones de sucres.

Con el tiempo, la colección primigenia de lo que hoy es la reserva Mena Caamaño fue creciendo. En 1957 Miguel Ángel Álvarez entregó las obras coloniales más importantes. Los cristos y las esculturas son donaciones de mujeres. Se recuerdan nombres como Patricia Donoso, Lourdes de Lupera y María Elisa Fabara.

Dos anécdotas de Quito: “El florón” y un cuadro de Stornaiolo

Centro Cultural Metropolitano. Usted sube al último piso y ubica un acceso verde en la terraza del edificio. La puerta se abre y lo recibe Francisco Hidalgo, el custodio de la reserva. Lo conduce al taller de restauración, un espacio enorme con una mesa central donde está trabajando la restauradora Patricia Rodríguez. Ella reconstruye una de las esquinas de “El florón”, la escultura original con la que la artista guarandeña Marcia Vásconez ganó el Salón Mariano Aguilera en 1986.

¿Lo recuerda? Si usted vive en Quito, habrá visto cientos de veces la reproducción monumental de “El florón” que se ubicó en el parque Benjamín Carrión en 1992. Sí, justo frente donde ahora está la parada del trole que lleva el mismo nombre de la escultura. El original mide apenas 44 x 57 cm. Es mucho más delicado y estilizado. La cerámica monocroma le otorga una elegancia única.

“Los jubilados”, Luigi Stornaiolo. Reserva Mena Caamaño.
“Los jubilados”, Luigi Stornaiolo. Fotografías: Armando Prado.

Colgado en una de las paredes laterales, espera su turno “La referencia de la realidad es la caricatura” de Luigi Stornaiolo. Otra anécdota de Quito.

Recordará usted la polémica del año pasado, cuando las monjas concepcionistas mandaron a borrar el mural “Los jubilados”, que reproducía un fragmento de “La referencia…” sobre una pared del convento que da a la plaza de Los Capellanes.

El original de Stornaiolo es un óleo sobre tela de 40 x 49 cm. El cuadro retrata la escena de un grupo de jubilados matando el tiempo en alguna plaza del Centro Histórico. A la izquierda tres sentados sobre una banca de cemento. A la derecha dos conversan de pie. Fíjese en los detalles. ¿Ve a los dos mendigos ocultos entre los árboles? Esa mirada, la de los invisibles, es la que le da profundidad a la escena.

Espejo de obsidiana, Período Precerámico. Reserva Mena Caamaño.
Espejo de obsidiana, Período Precerámico.

Un espejo precolombino

Más abajo está la reserva arqueológica. Es una sala llena de objetos precolombinos. Piezas de las culturas Chorrera, Tolita, Carchi. Más de mil torteros de la cultura Manteña; una suerte de mullos de piedra tallados con símbolos que quizás configuran un antiguo sistema de comunicación.

Y ahí está el espejo de obsidiana más grande del Ecuador. Es una circunferencia pulida de 30 cm de diámetro y un grosor de 2,5 cm del Período Precerámico. La superficie lisa entera es de un negro aclarado, sobre la que se refleja la imagen de quien la mira.

El bastón de Alfaro y el cráneo de Sucre

Mientras avanza al siguiente nivel, sepa que el año pasado, durante cinco meses, un equipo de investigadores, historiadores y arqueólogos llevó a cabo el levantamiento de fichas técnicas individuales para la actualización de inventarios y avalúo de la colección.

Bastón de Eloy Alfaro, siglo XIX. Reserva Mena Caamaño.
Bastón de Eloy Alfaro, siglo XIX.

Ellos establecieron que el bastón-estoque, que llegó con los objetos cotidianos del siglo XIX, había sido propiedad del general Eloy Alfaro. Es aquel bastón de madera cubierto por anillos metálicos. En su interior se esconde la hoja de una espada fabricada en Toledo, España, en 1898.

¿Sabía que el mismo Alfaro, en el año 1900, dio con los restos del mariscal Sucre? Se habían perdido en el convento del Carmen Bajo. El general ordenó exhumarlos y los llevó a la catedral de Quito.

“Cráneo de Sucre”, Joaquín Pinto. Reserva Mena Caamaño.
“Cráneo de Sucre”, Joaquín Pinto.

En lugar de fotografiar el suceso, la Policía contó con el pincel de Joaquín Pinto para registrarlo. De modo que aquí reposa un lienzo de 30 x 23 cm con el retrato al óleo del cráneo de Sucre. Le falta la mandíbula superior y se observa un orificio en el lóbulo temporal, que sería el de la bala que le cegó la vida. La pintura está autenticada con los sellos de la Intendencia y las firmas de la autoridad policial en el reverso.

Dos cuadros de Pinto y la duda de su hija Josefina

¿Se fijó en la pulcritud de la técnica de Pinto? Es la misma de sus cuadros, los más importantes del costumbrismo ecuatoriano de fines del siglo XIX. Su obra nos ayuda a entender al ciudadano común. Él no pinta a la aristocracia ni obras religiosas. Retrata el diario vivir del Quito de su tiempo.

Observe, por ejemplo, el “Orejas de palo”. Un indígena ciego caminando descalzo en medio de la plaza, con un barril de agua sobre sus espaldas. En las pinturas de los siglos XVII y XVIII las representaciones de los aguateros eran sencillas, de lado junto a alguna fuente. La de Pinto tiene más. Señala la pobreza. Algo de denuncia. Un cambio en la narrativa pictórica de la época.

Junto al “Orejas de palo” está “Cara-ajos”. Quizá la obra más conocida del pintor. El mestizaje en toda su expresión. Un rostro, un grito y una cabeza coronada con ajos.

Ahora fíjese en el cuadro de más abajo. Ese más bien bucólico con un pastor sentado en medio del bosque, custodiado por un ser albino que parece venir de la luna. Es “El sueño de Endimión”, firmado por J. Pinto. Los expertos aún tratan de establecer si es una obra de Joaquín o de su hija Josefina. No se puede afirmar con certeza, pero la pincelada y la temática llevan a suponer lo segundo. ¿Usted qué opina? Si lo confirman, ayudaría a visibilizar el arte femenino del Ecuador.

Anécdota de Eduardo Kingman

Ahora está en la sala destinada al resguardo del arte contemporáneo. Aquí reposan casi todas las obras premiadas del Salón Mariano Aguilera. ¿Sabía que Eduardo Kingman lo ganó dos veces? Primero lo rechazaron, en 1935, porque no tenía la estética con la que se entendía el arte en aquel momento. Kingman ya estaba trabajando el indigenismo con una consigna clara de denuncia social desde una perspectiva de izquierda.

“Yo, el prójimo”, Eduardo Kingman. Reserva Mena Caamaño.
“Yo, el prójimo”, Eduardo Kingman.

Tuvo que pasar un año para que su cuadro fuera aceptado y premiado. Y terminó de consolidarse cuando volvió a ganar en 1958 con la obra “Yo, el prójimo”.

Última parada: los invisibles

Antes de salir, debería mirar lo que está colgado en la pared del fondo. Observe el detalle. Fluidos corporales de cinco indigentes dibujan la silueta de una Guayaquil lejana. Es una sombra que se proyecta horizontal sobre cinco segmentos de cartón. Una ciudad de edificios dibujada con el sudor de cuerpos excluidos, como una gran metáfora del sistema.

Mire los cartones de frente. ¿Ya dio con la silueta? No es fácil reconocer el dibujo. Las grasas que lo componen se han ido diluyendo con el tiempo. Por eso la obra está protegida detrás de una película de plástico.

La pieza se llama “Regeneración urbana” del guayaquileño Juan Pablo Toral. Provocadora, ¿cierto? Para hacerla, el artista compró los cartones en los que dormían cinco habitantes de las calles de Guayaquil. Pagó dos dólares por cada uno, y fotografió el rostro de los mendigos en el parque Centenario. Con ella ganó el Mariano Aguilera en 2004.

“Regeneración urbana”, Juan Pablo Toral. Reserva Mena Caamaño.
“Regeneración urbana”, Juan Pablo Toral. Fotografía: Internet archivo Juan Pablo Toral.

Todavía no se vaya. ¿Verdad que Pinto, Kingman y Toral hablan de lo mismo desde épocas distintas? Porque dibujar una urbe con la grasa corporal de los mendigos, sobre un soporte de cartón, no deja de ser denuncia social. Un intento por mostrar a los invisibles.

Antes de irse, le regalo una pregunta: ¿quiénes son los invisibles?

El aguatero de Pinto. La esposa de Mena Caamaño. Los rostros que observan callados en el cuadro de Stornaiolo. Las coleccionistas quiteñas. Josefina Pinto. El reflejo que nos devuelve una obsidiana pulida hace cientos de años cuando la miran de frente.

Si de algo sirve pintar la vida y pulir las piedras ha de ser para congelar el tiempo en contra del olvido. Pensando en esto, llévese los nombres de los cinco indigentes a los que Toral compró sus cartones: Santo Bailón, César Andrade, Miguel Delgado, Luis Menoscal, José Gavilanes.

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Acerca de Javier López Narváez

Periodista, cantautor e ilusionista. Su pasión es contar historias, ya sea en una canción o en una crónica. Perfeccionista inconforme, con más de 10 años haciendo periodismo cultural para diferentes medios escritos; escarba en las historias para encontrar la esencia mágica que se esconde en cada una de ellas.
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